Brasil, tan cerca y tan lejos

Gal Costa puede ser una magnífica puerta. Lo peligroso es que, cuando uno entra, Brasil parece no terminar nunca.

El próximo 26 de septiembre se cumplen 81 años del nacimiento de la gran cantante brasileña Gal Costa. Y mientras pensaba en escribir algo sobre ella me di cuenta de que hablar solamente de Gal sería casi imposible sin que detrás aparezca un Brasil entero: Caetano Veloso, Gilberto Gil, Maria Bethânia, Chico Buarque, Tom Jobim, Dorival Caymmi, Milton Nascimento, Djavan, la samba brasileña, el bossa nova, el movimiento Tropicália y un universo musical que parece no terminar nunca.

Para un venezolano resulta curioso. Brasil está ahí mismito. Compartimos más de dos mil kilómetros de frontera y, sin embargo, durante buena parte de mi vida lo sentí culturalmente mucho más lejos que Colombia, Cuba, Puerto Rico o República Dominicana. Quizás tenga que ver con el idioma, con las rutas históricas de intercambio y, por supuesto, con esa inmensidad amazónica que durante siglos también ha funcionado como una enorme barrera natural. Brasil es nuestro vecino, pero no necesariamente nuestro vecino musical cotidiano.

En Venezuela crecimos mirando muchísimo hacia el Caribe. Salsa, merengue, bolero, son cubano, música colombiana. Incluso llegamos hasta Nueva York. Brasil aparecía de vez en cuando con alguna bossa nova, con Jobim o hasta el mismísimo Roberto Carlos, con aquellas letras maravillosas que uno escuchaba sin comprender completamente las palabras. Después me mudé al sur y el mapa comenzó a cambiar.

Aquí entendí mejor que las fronteras geográficas no siempre coinciden con las culturales. En el nordeste argentino y el sur de Brasil, por ejemplo, aparece ese enorme territorio compartido donde viven el chamamé, la tradición guaraní, el acordeón y maneras parecidas de bailar y entender la música. El chamamé, nacido y desarrollado principalmente alrededor de Corrientes, atravesó fronteras hacia Paraguay y Brasil y hoy forma parte también de la cultura musical de regiones brasileñas. Brasil, además, no tiene una música popular. Tiene muchas.

Está la samba y todo lo que salió de él. Está el choro —urbano, instrumental, virtuoso—. Está el bossa nova, que agarró elementos de la samba, los llevó hacia otro lugar y terminó conquistando medio planeta. Están el baião y el forró del nordeste; el frevo, el maracatu, la música sertaneja, la música de las regiones amazónicas. Y después aparece esa sigla aparentemente sencilla, MPB —Música Popular Brasileira—, que termina albergando cosas tan distintas que a veces parece más una nacionalidad musical que un género. Gal Costa podía caminar por muchos de esos mundos.

Fue una de las voces fundamentales de la Tropicália junto a Caetano Veloso, Gilberto Gil y otros músicos de una generación que, en los años sesenta, decidió mezclar sin demasiado complejo lo brasileño con el rock, la psicodelia, la canción tradicional y todo lo que estuviera dando vueltas. Gal podía cantar algo delicadísimo y, un rato después, lanzar una voz áspera, abierta, casi salvaje. Esa versatilidad terminó convirtiéndola en una de las grandes intérpretes de la canción brasileña. No era una voz con emoción; era una emoción a través de una voz.

Pero hay algo de la música de Brasil que a mí, como compositor y arreglista, siempre me ha llamado particularmente la atención, cuestión que he hablado con mi amiga/hermana Lucia Montanari: su armonía. Hay canciones brasileñas que uno escucha y parecen sencillísimas. Después intenta descifrar los acordes y comienza el reto.

Tom Jobim tenía un don especial para eso. Séptimas, novenas, onceavas, acordes alterados, inversiones, bajos que caminan de manera natural, modulaciones que llegan sin avisar, progresiones locas. Todo puede ser bastante complejo sobre el papel y, sin embargo, al escucharlo parece completamente natural. No da la impresión de que la armonía esté allí para demostrar cuánto sabía el compositor. Está simplemente porque la melodía la necesitaba.

Chico Buarque tiene también esa capacidad. Y después uno escucha a Milton Nascimento, Djavan, Ivan Lins o Toninho Horta y vuelve a encontrarse con la misma pregunta: ¿cómo diablos llegaron a ese acorde? Lo maravilloso es que muchas veces ellos lo hacen sonar inevitable.

Esa naturalidad quizás sea una de las grandes virtudes de la música popular brasileña. Puede ser sofisticadísima sin ponerse corbata. Puede tener una armonía que daría material para una clase universitaria y seguir siendo una canción que alguien canta mientras cocina.

Y esa comunicación entre lo popular y lo académico viene de mucho antes. Heitor Villa-Lobos supo tomar ritmos, ambientes y materiales de la música brasileña y llevarlos a la sala de conciertos sin quitarles su identidad. Sus Chôros y sus Bachianas Brasileiras son quizás los ejemplos más evidentes: Brasil entrando en la orquesta sin pedir permiso. Bach podía conversar con una melodía popular brasileña y, en sus manos, aquello parecía perfectamente natural. Tal vez por eso en Brasil resulta más difícil aun establecer esa frontera entre música popular y música académica. Todo se nutre de manera simbiótica. Todo conversa. Y volvemos a Gal.

Porque una gran intérprete no es solamente alguien que posee una hermosa voz. También es alguien capaz de tomar todo ese enorme patrimonio y hacerlo pasar por su propia sensibilidad. Gal cantó a Caetano, Gil, Chico, Jobim, Caymmi y a muchos otros. Cada compositor traía su mundo y ella conseguía habitarlo sin dejar de ser ella. Quizás por eso quise escribir sobre Gal Costa y terminé escribiendo sobre Brasil.

Me sigue maravillando que un país que durante tantos años sentí culturalmente lejano estuviera, en realidad, tan cerca. Tuve que llegar al sur del continente para comprender mejor algunas de sus músicas y descubrir que por debajo de las fronteras existen caminos mucho más antiguos que nosotros. Y todavía sigo entrando.

A veces por una voz. Otras veces por un ritmo. Muchas veces por uno de esos acordes brasileños que uno mira, toca en el piano y piensa: “¿Y a este tipo cómo se le ocurrió esto?”.

Gal Costa puede ser una magnífica puerta. Lo peligroso es que, cuando uno entra, Brasil parece no terminar nunca. Y yo, fascinado.

juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Brasil, tan cerca y tan lejos

Juan Pablo Correa
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