Dedicado a mi hermano Héctor Luis “Toby” Correa, mi primera puerta de entrada a Soda Stereo.
Hoy, 4 de septiembre se cumplen doce años de la muerte de Gustavo Cerati. Confieso que, cuando llegué a Argentina, ya conocía su nombre y, por supuesto, el de Soda Stereo y había escuchado algunas de sus canciones más populares, pero no llevaba esa música incorporada como quienes nacieron y crecieron aquí. Con el tiempo me pasó algo curioso: algunas canciones empezaron a dejar de ser “música argentina” para convertirse también en parte de mi identidad.
Hay cosas de un país que uno aprende en los libros y otras que aprende simplemente viviendo. Con la música me ocurrió lo segundo. Las canciones aparecen en musicadas, en la radio, en un taxi, en una conversación, en un bar, en la voz de un amigo. Al principio uno reconoce el tema. Después reconoce una frase. Más tarde descubre que conoce el estribillo entero. Y un día, sin darse cuenta, aquella música ya forma parte de su propio jardín emocional.
Supongo que por ahí anda eso que Charly García convirtió en canción con un título perfecto: Inconsciente colectivo. Hay músicas que terminan instalándose en la memoria común de una generación, una ciudad o un país. Basta escuchar unos pocos acordes para que aparezcan recuerdos que muchas veces ni siquiera son estrictamente musicales. La canción funciona como una llave; ya hablé de eso hace poco.
Cerati ocupa indudablemente uno de esos lugares en el imaginario argentino. Y quizá por eso su historia me produce además una conexión muy particular con Venezuela.
El 15 de mayo de 2010 dio en Caracas, en la Universidad Simón Bolívar, el que sería, sin saberlo, el último concierto de su vida, en el marco de la gira Fuerza Natural. Poco después del espectáculo comenzó a sentirse mal, tuvo dificultades para hablar y fue trasladado al Centro Médico Docente La Trinidad.
Los médicos determinaron que había sufrido un accidente cerebrovascular isquémico, producido por una interrupción del flujo sanguíneo hacia una parte del cerebro. Se informó entonces de una afasia de expresión y, ante el agravamiento de su estado y el aumento de la presión intracraneana, debió ser operado. El 7 de junio fue trasladado en un avión sanitario a Buenos Aires.
Los estudios realizados en Argentina mostraron un extenso daño en el hemisferio cerebral izquierdo y compromiso del tronco cerebral como consecuencia de la hipertensión intracraneana. Cerati no volvió a recuperar la conciencia. Permaneció internado durante más de cuatro años, primero en el Instituto FLENI y luego en la clínica ALCLA, hasta su muerte, el 4 de septiembre de 2014, a los 55 años. El parte médico señaló como causa un paro respiratorio.
Pensándolo bien, es impresionante que aquel silencio comenzara precisamente en Caracas. No porque Venezuela tenga responsabilidad alguna en la tragedia, por supuesto. Es simplemente una de esas coincidencias que terminan uniendo lugares de la propia vida. Cerati cantó allí por última vez y yo terminaría comprendiendo años después, viviendo en Argentina, todo lo que aquella música significaba para tanta gente. Y he aprendido mucho pisando estas tierras.
Entre tantas cosas, aprendí que la música popular puede instalarse en la vida de una sociedad de una manera que ningún libro de historia consigue explicar completamente. Soda Stereo, Cerati, Charly García, Spinetta o Fito Páez no son solamente nombres de músicos. Sus canciones se mezclaron con adolescencias, amores, separaciones, viajes, crisis, fiestas, dictaduras, democracias y domingos comunes. Terminaron acompañando la vida de millones de personas. Quien llega desde afuera va comprendiendo todo eso poco a poco. O al menos a mí me ocurrió.
Canciones que antes escuchaba como espectador comenzaron a relacionarse con personas, lugares y momentos de mi propia vida. Algunas palabras empezaron a tener otro significado. Algunos artistas dejaron de ser referencias de la cultura argentina para convertirse, sencillamente, en músicos que también forman parte de lo que escucho y de aquello que se irá convirtiendo en un recuerdo.
Quizás una de las cosas más bonitas de vivir en otro país sea precisamente esa: descubrir que también podemos conocer una sociedad por lo que se canta. Tuve la oportunidad de hacer el arreglo coral —aquí en Buenos Aires— de “De música ligera”, uno de los temas más representativos de Soda Stereo, uno de los temas más representativos de Soda Stereo, y ver la emoción genuina de los cantantes argentinos fue profundamente enriquecedor.
Y tal vez por eso Cerati sigue tan presente. Sus canciones ya no necesitan de él para continuar su recorrido. Pasaron —y seguirán pasando— a la memoria de millones de personas y cada una les agrega algo propio. Una calle, una pareja, un viaje, un momento feliz o uno que preferiría olvidar. La canción sigue siendo la misma, pero nunca vuelve a significar exactamente lo mismo.
Quizás por eso hoy escucho a Cerati de una manera distinta. He aprendido muchísimo habitando estas tierras, no solo de su gente, sus costumbres o sus maneras de mirar el mundo, sino también de la música que llevan adentro. Hay canciones que uno conoce desde lejos y otras que solo termina entendiendo cuando vive donde nacieron. Y algunas, sin pedir permiso, terminan siendo parte de uno.




