Cuando pensamos en Beethoven, es fácil imaginarlo como nos lo ha entregado la historia: despeinado, malhumorado, genial, escribiendo música mientras avanzaba aquella sordera que terminó aislándolo de buena parte del mundo. Pensamos en la Quinta Sinfonía, en la Novena, en la Sonata “Claro de luna”. Cuesta un poco más imaginar al mismo hombre sentado frente a una mesa escribiendo una carta para reclamar un pago. Pero también tenía que hacerlo.
Hace poco me puse a revisar algunos archivos de la British Library (https://www.bl.uk/) y me encontré con algo que terminó interesándome casi tanto como las partituras: cartas. Cartas de Haydn, Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Schumann, Liszt, Wagner y muchos otros músicos. Algunas dirigidas a amigos, otras a editores, empresarios o colegas. La British Library conserva, por ejemplo, un volumen de correspondencia de compositores de los siglos XVIII y XIX donde aparecen juntos Haydn, Beethoven, Schubert, Paganini, Mendelssohn, Schumann, Liszt y Wagner. Y pensé que allí había otra historia de la música.
Porque nosotros conocemos las obras terminadas. Sabemos cuándo se estrenó una sinfonía, quién compuso determinada ópera o en qué año apareció una sonata. Pero detrás de todo eso había una vida cotidiana que las partituras no necesariamente nos cuentan: alquileres que pagar, clientes que no pagaban, editores que rechazaban obras, compromisos, enfermedades, viajes, favores, peleas, acreedores, agradecimientos, rabias, lo que implicaba mucha falta de dinero. Mucho dinero. Incluso esas pequeñas miserias que todos tenemos y que las biografías demasiado formales y edulcoradas muchas veces prefieren dejar afuera.
En septiembre de 1809, por ejemplo, Beethoven escribió a sus editores Breitkopf & Härtel preocupado por un pago que debía recibir. Viena atravesaba una situación económica complicada durante la ocupación francesa y él necesitaba el dinero con urgencia. El problema llegaba incluso al tipo de moneda en que debía recibirlo: la inflación estaba haciendo estragos y Beethoven llegó a devolver un pago en billetes porque habían perdido demasiado valor.
Reconozco que estas cosas me divierten porque bajan inmediatamente al genio del pedestal. Uno puede imaginar al hombre que estaba cambiando la historia de la música haciendo cálculos para saber si el dinero que acababan de pagarle todavía servía para algo. Y Beethoven negociaba.
Años después ofreció su Missa solemnis al editor Carl Friedrich Peters por mil florines. Peters estaba dispuesto a considerar aquella enorme suma, pero quería algo más a cambio: canciones, bagatelas, marchas militares y otras piezas pequeñas que fueran más fáciles de vender. Beethoven necesitaba publicar; el editor necesitaba hacer negocio. Exactamente como ocurre hoy entre un creador y quien comercializa su trabajo.
Ese detalle me encantó. Porque mientras nosotros observamos doscientos años después la Missa solemnis como una de las grandes obras de Beethoven, el editor también tenía que preguntarse algo mucho más terrenal: ¿esto se vende?
Las cartas tienen esa capacidad. Devuelven humanidad a personajes que con los siglos convertimos casi en estatuas. Y no ocurre solamente con Beethoven. En esos archivos aparecen Haydn escribiendo a su editor Artaria, Mendelssohn comunicándose con Breitkopf & Härtel, Schubert escribiendo a un amigo pocos meses antes de morir, Schumann enviando sus propias cartas y Liszt haciendo lo mismo.
De pronto dejan de ser únicamente apellidos impresos en la esquina superior de una partitura. Son personas. Y quizás por eso me interesan cada vez más los documentos cotidianos de los músicos. Una partitura nos dice lo que un compositor fue capaz de crear. Una carta puede contarnos qué estaba pasando alrededor mientras lo hacía.
Durante mucho tiempo la historia de la música fue contada como una sucesión de genios y obras maestras. Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Wagner... uno detrás del otro. Nacimiento, estudios, primeras obras, madurez, grandes composiciones y muerte. Y entre una fecha y otra parece que solamente hubieran compuesto. Pero vivían.
Tenían que conseguir trabajo, mantener una familia, cuidar su salud, soportar personas que no les gustaban, pedir favores, cobrar honorarios y enfrentarse a decisiones bastante parecidas a algunas que seguimos tomando quienes vivimos de la música.
Tal vez por eso una carta escrita con apuro para reclamar unos florines pueda contarme algo de Beethoven que no encuentro en la Quinta Sinfonía. La Quinta me permite conocer al compositor. La carta me deja asomarme, aunque sea por un momento, al hombre. Y las dos cosas forman parte de la historia de la música.




