Saber esperar

Un buen músico no solo debe saber tocar; también tiene que saber esperar. Debe comprender que su silencio no significa que haya dejado de participar

Quienes nunca han formado parte de una orquesta sinfónica podrían imaginar que todos los músicos pasan el concierto tocando sin parar. Pero no siempre es así. Dependiendo de la obra y del instrumento, algunos deben permanecer largos minutos en silencio, esperando una entrada que puede durar apenas unos segundos. Durante ese tiempo no pueden distraerse ni dejar de seguir la partitura. Tienen que escuchar lo que hacen los demás, prestar atención al director y contar los compases con precisión: uno, dos, tres, cuatro… A veces veinte, cincuenta o más de cien.

Parece sencillo, pero no lo es; especialmente cuando se trata de obras poco conocidas o de estrenos. Después de muchos compases de silencio, cualquier distracción puede hacer que el músico pierda la cuenta. Entonces comienza la duda: ¿voy por el compás sesenta y ocho o por el setenta? ¿Ya pasó la señal que estaba esperando? ¿Debo entrar ahora o todavía falta? En esas situaciones, uno busca desesperadamente algún punto de referencia en la música, mira al director y confía en que una indicación de la batuta permita retomar el camino. Lo peor que puede hacer es entrar por su cuenta, llevado por la impaciencia, porque una nota tocada antes de tiempo puede escucharse mucho más que cien notas bien tocadas. Parece algo absurdo y loco, pero lo he vivido como director y como espectador.

En la percusión, por ejemplo, un músico puede esperar buena parte de una obra para tocar unos platillos, un golpe de bombo o una entrada del triángulo. A veces tiene varias partituras en distintos atriles, dependiendo del instrumento e ir saltando de uno a otro. El público ni siquiera imagina todo el tiempo que tuvo que permanecer atento para intervenir durante apenas unos segundos. Algo parecido ocurre con algunos instrumentos de viento. Pueden pasar páginas enteras sin tocar y, de pronto, deben entrar con una frase expuesta, precisa y difícil. No tienen tiempo para probar si el instrumento está respondiendo bien ni para corregir sobre la marcha. Después de una larga espera, deben tocar correctamente desde la primera nota.

Eso también forma parte del oficio musical. Un buen músico no solo debe saber tocar; también tiene que saber esperar. Debe comprender que su silencio no significa que haya dejado de participar. Aunque no produzca sonido, sigue dentro de la obra. Escucha, cuenta, respira, observa y se prepara. Su espera no es una ausencia. Es una forma distinta de estar presente.

Repito, los directores conocemos bien esas situaciones. Durante los ensayos, algún músico puede perderse después de una larga espera, dejar pasar su entrada o aparecer con tanta seguridad que hace dudar a los demás. Entonces se detiene la orquesta, se vuelve unos compases atrás y se comienza de nuevo. En un concierto, en cambio, la música debe continuar, no puede parar.

Antes de que algún músico sinfónico me salte encima, debo aclarar que la experiencia ayuda a desarrollar recursos. Se cuentan los compases de silencio en grupos, se marcan algunas referencias en la partitura y se aprende a reconocer lo que está ocurriendo alrededor. El músico deja de contar de manera mecánica y comienza a entender el recorrido de la obra. Sabe que después de cierto tema aparecerá una melodía en los violines, que luego entrarán los metales y que, finalmente, llegará su turno. Ya no espera solamente un número. Espera un momento musical que conoce y reconoce.

Con los años he pensado que la vida también tiene algo de eso. Hay períodos en los que nos corresponde avanzar, tomar decisiones y actuar con rapidez. Pero hay otros en los que, por más que queramos, solo podemos esperar. Esperamos una respuesta, una oportunidad, una noticia, un resultado médico, el regreso de alguien o el final de una etapa difícil. Y como no siempre sabemos cuánto durará esa espera, resulta fácil impacientarse o sentir que estamos perdiendo el tiempo.

Nos han enseñado a valorar la acción. Admiramos a quien se mueve, produce, decide y obtiene resultados. En cambio, la espera suele confundirse con pasividad, resignación o falta de carácter. Sin embargo, hay momentos en los que actuar antes de tiempo puede ser tan perjudicial como no actuar nunca. Una decisión apresurada, una palabra dicha cuando todavía no corresponde o una entrada antes de la señal pueden alterar todo lo que viene después.

Esperar tampoco significa aceptar cualquier cosa ni quedarse con los brazos cruzados. El músico que tiene cien compases de silencio no abandona la partitura ni guarda el instrumento. Permanece atento porque sabe que su momento llegará y debe encontrarlo preparado. De la misma manera, durante ciertas esperas de la vida podemos observar, aprender, organizarnos y reunir fuerzas. Desde afuera quizá parezca que nada está ocurriendo, pero por dentro pueden estar pasando muchas cosas.

También los países atraviesan largos compases de espera. Hay sociedades que pasan años deseando un cambio que parece no llegar. Sus ciudadanos se cansan, se frustran y, muchas veces, pierden la cuenta. Algunos creen que ya es demasiado tarde. Otros se adelantan, confiando en señales que todavía no son claras. Y hay quienes dejan de escuchar por completo porque se convencen de que la obra nunca cambiará.

Los venezolanos conocemos bien esa sensación. Durante demasiado tiempo hemos esperado noticias capaces de devolvernos algo de tranquilidad, confianza y futuro. Hemos celebrado señales que después se desvanecieron y hemos sentido más de una vez que la entrada estaba cerca, solo para descubrir que todavía faltaban muchos compases. Es comprensible que exista cansancio. Nadie puede contar indefinidamente sin preguntarse alguna vez si vale la pena continuar.

No pretendo decir que basta con tener paciencia y esperar que las cosas mejoren por sí solas. La historia no avanza de esa manera, y los cambios importantes requieren trabajo, organización, responsabilidad y decisiones concretas. Pero también requieren saber leer el momento. Hay acciones que fracasan no porque sean equivocadas, sino porque ocurren antes de tiempo, sin la preparación necesaria o sin que las condiciones estén dadas. La voluntad es indispensable, pero no siempre alcanza. También hace falta escuchar.

La música nos enseña que cada entrada tiene su momento. El director puede anticiparla con un gesto, pero el músico debe haber llegado hasta allí siguiendo todo el proceso. No puede despertar unos segundos antes y esperar que todo salga bien. La paciencia musical no consiste únicamente en aguantar. Consiste en mantenerse conectado con lo que está ocurriendo, incluso cuando todavía no nos corresponde tocar.

Tal vez esa sea una forma más útil de entender la espera. No como un espacio vacío entre dos acontecimientos, sino como parte del propio camino. Mientras esperamos, la vida continúa moviéndose. Los demás instrumentos siguen tocando, aparecen nuevos temas y la armonía cambia. Aquello que parecía lejano puede comenzar a acercarse sin que lo notemos de inmediato.

Quizás todavía nos corresponda contar algunos compases más. No sabemos cuántos. Tampoco sabemos con exactitud qué vendrá después. Pero mientras tanto conviene escuchar, prepararse y no confundir la paciencia con la resignación. En algún momento llegará una señal, una oportunidad o una circunstancia que exigirá nuestra participación. Y cuando eso ocurra, no bastará con haber esperado. Habrá que saber entrar.

Ni antes, por desesperación, ni después, por indecisión. En el momento que corresponda.

juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Saber esperar

Juan Pablo Correa
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