11-S: El día que no pudimos tocar

Ese día la música se quedó guardada, en modo stand by. Simplemente no tenía sentido subir a un escenario y tocar como si nada hubiera ocurrido

Hay fechas que uno recuerda por lo que ocurrió en sí, y otras que recuerda también por lo que estaba haciendo cuando algo ocurrió. El 11 de septiembre de 2001, día del atentado al World Trade Center, pertenece a las dos categorías. Han pasado veinticinco años y sospecho que casi todos los que hoy tenemos más de cuarenta podemos decir dónde estábamos en aquel instante, quién nos avisó o cuál fue la primera imagen que vimos. Hay acontecimientos que terminan metiéndose en la memoria personal aunque hayan ocurrido a miles de kilómetros.

Yo estaba dormido. O, mejor dicho, recuperándome de una noche larguísima de ensayo, ya que ese mismo 11 de septiembre, por la noche, teníamos previsto presentarnos en el Centro Cultural “Eladio Alemán Sucre” (CCEAS), uno de los espacios más importantes para la vida artística de la ciudad, ubicado en la magnífica sede de este mismo diario, El Carabobeño, en Naguanagua: una edificación hermosa, moderna, imponente, disruptiva. 

Ensayamos la noche del 10 de septiembre; éramos varios amigos músicos y no los menciono para evitar el riesgo de olvidarme de alguno. Habíamos ensayado en la Tasca (sí, con mayúscula) de mi casa hasta cerca de las cinco de la mañana. Era de esos ensayos un tanto especiales, donde no buscábamos la perfección sino el feeling. El comentario que aporta uno, la sugerencia musical de otro, partituras corregidas o cambiadas al momento, un acorde que el guitarrista hizo accidentalmente y que a todos nos gustó y adoptamos, algunos con café, otros con vino o cerveza… Alguien dice cualquier tontería, nos reímos y de pronto otro mira el reloj, observa la ventana y descubre que ya amaneció.

Pero aquella noche yo me sentía raro. No sé cómo explicarlo de otra manera. No me sentía físicamente mal (¿o sí?); era más bien como si algo estuviera descuadrado. Había algo que no terminaba de entender. Tal vez lo estaba somatizando porque no pegaba una nota con mis dedos. Pero, sobre todo, sentía algo que partía de una tristeza tremenda sin una razón concreta. Tan incómodo estaba que les comenté a mis amigos que prefería posponer el recital. Habíamos trabajado muchísimo, dos o tres días seguidos. Faltaban apenas horas, todo estaba prácticamente listo, y aun así yo no quería tocar. No sé qué fue aquello. Tampoco quiero convertirlo, veinticinco años después, en una historia de premoniciones. Simplemente sucedió así y así lo recuerdo.

Dormí apenas unas horas. Entonces sonó el teléfono Cantv de mi casita, un anexo que estaba justo al lado de la Tasca, ya que mi moderno celular Nokia estaba apagado, cargándose. Contesté medio dormido, era mi hermana Anamaría y me dijo:

—¡Prende la televisión y pon Radio Caracas!

La prendí. Durante unos segundos pensé que estaba viendo una película. Mi cerebro recién despertado no podía asociar aquellas imágenes con la realidad. Las torres, el humo, la gente corriendo. En pocos minutos entendí que aquello no era una película. Era verdad.

Las Torres Gemelas estaban siendo atacadas y el mundo entero estaba mirando. Aquel 11 de septiembre de 2001 murieron casi tres mil personas en los atentados contra el World Trade Center, el Pentágono y el vuelo 93. Pero las cifras nunca alcanzan para explicar lo que significó ver aquello en directo. Había personas dentro de esos edificios, familias llamando por teléfono, bomberos subiendo mientras otros intentaban bajar. El desastre en los alrededores de la zona en cuestión. Pánico, incertidumbre. Sentíamos cómo el mundo estaba cambiando. Y había millones de nosotros, lejos de Nueva York, tratando de entender qué demonios estaba pasando.

Lógicamente, suspendimos el recital. No hizo falta llamar uno por uno a los involucrados. Bastó un SMS global corroborando la suspensión y una llamada al CCEAS, que estaba a punto de llamarnos para lo mismo. Lo curioso, y lo que todavía hoy me impresiona, es que yo ya había querido suspenderlo desde la noche anterior. No porque sea adivino. Simplemente algo no me cuadraba. Tal vez era musical, tal vez algo no sonaba bien, ¡qué sé yo! Hoy, con la distancia de los años, inevitablemente termino asociándolo con lo que ocurrió después.

Ese día la música se quedó guardada, en modo stand by. Simplemente no tenía sentido subir a un escenario y tocar como si nada hubiera ocurrido. Seguramente en otros lugares hubo conciertos que sí se hicieron y personas que encontraron precisamente en la música una manera de soportar el espanto. Cada quien procesa el dolor como puede. Nosotros callamos ese día.

Y después ocurrió algo interesante: la música empezó a hablar. Un año más tarde, la Filarmónica de Nueva York estrenó On the Transmigration of Souls, de John Adams (https://www.youtube.com/watch?v=oNTBzkpnKfk), encargada para recordar a las víctimas. Adams la concibió como un espacio para la memoria, utilizando orquesta, coros, sonidos grabados y textos relacionados con quienes habían desaparecido. Se estrenó el 19 de septiembre de 2002 y recibió al año siguiente el Premio Pulitzer de Música.

Años después, Steve Reich escribió WTC 9/11 para cuarteto de cuerdas y voces pregrabadas (https://www.youtube.com/watch?v=e49h2zUKEts&list=RDe49h2zUKEts&start_radio=1). Reich había vivido durante veinticinco años a cuatro cuadras del World Trade Center. En la obra aparecen registros de Norad y del Departamento de Bomberos de Nueva York, además de voces de personas que vivieron o trabajaron en el bajo Manhattan. La estrenó el Kronos Quartet en 2011.

Me interesa esa diferencia. Mi primera reacción ante la tragedia fue no tocar. Otros músicos, con el tiempo, necesitaron hacer exactamente lo contrario: tocar, escribir, grabar, convertir en sonido algo que las palabras no alcanzaban a contener.

Quizás allí esté una de las funciones más antiguas de la música. La usamos para celebrar, pero también para despedir. Cantamos cuando nace alguien y cuando alguien se va. Tocamos en bodas y funerales. Ponemos música cuando estamos enamorados y cuando nos dejan. La música no arregla nada de eso, por supuesto. No reconstruye una torre, no devuelve una vida ni consigue explicar una tragedia. Pero acompaña. Y acompañar no es poca cosa.

Cuando pienso en aquel 11 de septiembre no recuerdo únicamente los aviones, las torres o las imágenes repetidas durante horas en televisión. También recuerdo mi casa, mi Tasca, los vasos y algo de basura que quedaron allí después del ensayo, el cansancio de haber terminado casi al amanecer, a mis amigos, aquella tristeza inexplicable de la noche anterior y el teléfono sonando para despertarme. La historia grande siempre termina desplazando nuestras pequeñas historias.

Por eso creo que casi todos guardamos nuestro propio recuerdo de aquel espantoso 11 de septiembre. Alguien estaba llevando a sus hijos al colegio. Otro llegaba al trabajo. Alguien desayunaba. Alguien ensayaba. Otro estaba preocupado por algo que parecía importante y que, pocos minutos después, pasó a parecer una bobería. Yo tenía un recital, y no tocamos.

juanpablocorreafeo@gmail.com 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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11-S: El día que no pudimos tocar

Juan Pablo Correa
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