Juan Pablo Correa Feo
Hay personas cuya ausencia se siente únicamente dentro de la familia. Otras son despedidas por un grupo de amigos o compañeros de trabajo. Pero existen seres humanos cuya partida produce algo difícil de explicar. Durante varios días las notificaciones del teléfono no han dejado de sonar. Las redes sociales se llenan de mensajes. Aparecen fotografías olvidadas, anécdotas que nadie conocía y testimonios de personas cuya relación con Sergio muchos de nosotros desconocíamos y que agradecían haberlo conocido. No es casualidad. Es la consecuencia natural de una existencia bien vivida.
Sucede que, hace apenas unos días, falleció Sergio Ramos Landrove, mi cuñado; aunque esa palabra, en su caso, siempre se me quedó corta: desde que llegó a nuestra familia se convirtió en otro hermano de verdad. Y mientras leía, uno tras otro, los cientos de mensajes que llegaban desde distintos lugares del mundo, comprendí que todos intentaban decir lo mismo con palabras diferentes: gracias. Gracias por haber estado. Gracias por haber ayudado. Gracias por haber escuchado. Gracias por haber predicado.
Vivimos en una época que suele medir el éxito por la cantidad de dinero, por los títulos, por la notoriedad o por la cantidad de seguidores en las redes sociales. Sin embargo, la muerte tiene una curiosa manera de poner cada cosa en su sitio. Cuando una persona muere, ya no importan demasiado los cargos que ocupó ni los reconocimientos que recibió. Lo que permanece es otra cosa: el bien que hizo, las vidas que tocó, las enseñanzas que transmitió y el recuerdo que dejó en quienes tuvieron el privilegio de conocerla.
Siempre he pensado —y lo he escrito en esta misma columna— que los compositores nunca mueren del todo. Mientras alguien interprete una de sus canciones, una parte de ellos sigue viviendo. Lo mismo ocurre con los escritores. Cada vez que un lector abre uno de sus libros, el autor vuelve a conversar con él, aunque hayan pasado décadas o siglos desde su partida.
Con Sergio he descubierto que esa idea puede ir todavía más lejos. Aunque suene paradójico, a veces es la ausencia la que termina revelando la verdadera dimensión de una presencia.
Él seguirá vivo en sus canciones, en sus libros, en sus conferencias y talleres, y en las ideas que defendió con tanta pasión. Permanecerá también en su manera profundamente humana de entender la medicina, una visión que se atrevía a romper esquemas para volver a colocar a la persona en el centro. Seguirá presente en Fitocell, el proyecto en el que depositó tanta fe y al que dedicó buena parte de su vida; y, sobre todo, en quienes encontraron en Sergio, el alivio, esperanza o una nueva oportunidad, tanto en lo físico como en lo emocional y espiritual. Seguirá vivo en su lucha permanente por una Venezuela mejor, en su profunda fe cristiana, en el proyecto Somos Iguales, que fundó y dirigió con tanto entusiasmo, y en esa disposición casi anónima de ayudar a quien lo necesitara, sin esperar reconocimiento alguno.
Pero sospecho que ninguna de esas será su legado más importante. Su obra más hermosa fue la familia que construyó. Pienso en mi hermana Anamaría, compañera inseparable de tantos sueños compartidos. Pienso en Isa, mi sobrina y ahijada, cuya inteligencia, sensibilidad artística y calidad humana muestran la indudable influencia de su padre. De él heredó tres grandes pasiones: la música, la educación y la vocación de sanar y acompañar. También comparte su generosidad y esa manera discreta de ayudar sin buscar reconocimiento. Pienso en César Andrés, brillante en el mundo de la informática, sensible, sereno y dueño de una inteligencia excepcional. Y pienso en Juanse, otro genio, que hace años emprendió su propio camino en Madrid y utilizó las herramientas recibidas de su padre para echar raíces, por su propia cuenta, en una tierra lejana. Cada uno de ellos lleva algo de Sergio, no solo en sus evidentes rasgos familiares sino en la forma de mirar la vida, de relacionarse con los demás y de entender el compromiso con el trabajo y con las personas. En esa inteligencia emocional de la que tanto se habla, pero que tan pocas veces se practica de verdad.
Esa, quizás, sea la verdadera herencia de un ser humano. No aquello que deja escrito en un testamento, sino lo que deja escrito en el corazón de los demás.
Recuerdo siempre a Sergio sonriendo. Con esa sonrisa del rostro y otra, todavía más luminosa, la del alma. Con esa juventud de espíritu que parecía no abandonarlo nunca. Con esa curiosidad permanente por aprender, por conversar, por crear nuevos proyectos, por soñar y por aprovechar cada día como si supiera que el tiempo es demasiado valioso para desperdiciarlo. Hoy se habla mucho del carpe diem; él no lo citaba: simplemente lo vivía.
Su partida ha sido profundamente dolorosa para quienes lo amamos. Pero, curiosamente, el sentimiento que más permanece no es la tristeza. Es la gratitud. Gratitud por haber compartido tantos años con un hombre bueno.
Y es que la bondad auténtica deja una huella imposible de borrar. No hace ruido. No necesita publicidad. Muchas veces trabaja en silencio. Pero cuando falta, el vacío revela la dimensión de su presencia.
Quizás esa sea, al final, la verdadera dimensión de una vida. No la cantidad de años que alguien vivió, ni los bienes que acumuló, ni siquiera las obras que publicó. Una vida se mide por el bien que deja sembrado. Y si esa fuera la medida, Sergio Ramos Landrove fue inmensamente rico.
Este artículo está dedicado, con todo mi cariño, a mi hermana Anamaría, a César Andrés, a Isa —su ñumiñumi— y a Juanse —su Juanchechachán—. Ellos seguirán encontrando a Sergio al cerrar los ojos y escucharlo en el alma; en el verdadero amor que demostró, en los valores que transmitió y en esa manera tan suya de recordarnos que una vida solo adquiere verdadero sentido cuando ayuda a que la de los demás también florezca. Pero tampoco podemos dejar por fuera a sus amigos: los gatos Ariel, Sombrita y Richard Parker, y el canino argentino Vermú Alejandro.
P. D.: Me llegaron algunos videos de su funeral y también logré conectarme a la transmisión en vivo durante la misa. Fue, como creo que tenía que ser, una celebración de la vida, con canciones interpretadas por voces de sus amigos de siempre, nacidas del alma, la guitarra de Álvaro Granadillo, el bongó de Guaguancó y el cuatro venezolano tocado por mi misma hermana. Sergio se fue rodeado de la música, la amistad y la esperanza que lo acompañaron toda su vida.
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