Probablemente no me crean, aunque ya lo mencioné en otro artículo. Aquí en Buenos Aires no se escucha el tango como se escucha la salsa en Venezuela. Evidentemente es un símbolo porteño, pero la constante urgencia cotidiana fue desplazando al tango de la vida diaria. Sin embargo, el otro día subí a un taxi y el chofer estaba escuchando Volver, de Gardel. Veinte años no es nada. La frase es tan conocida que a veces uno la repite sin detenerse demasiado en su significado. Mas, viviendo en Buenos Aires, adquiere otro peso. Aunque el tango ya no ocupa el lugar cotidiano que alguna vez tuvo en la ciudad, muchos de sus temas siguen allí: la memoria, el regreso, la ausencia, el barrio, lo que se fue y lo que vuelve cambiado. Y me pregunto: ¿de verdad veinte años no son nada?
Cuando uno tiene veintitantos años quizá pueda parecer que sí. Veinte años hacia atrás nos dejan casi en la infancia y veinte años hacia adelante parecen una ilusión lejana. Después pasa el tiempo y uno descubre que veinte años pueden contener una barbaridad de cosas y, sin embargo, terminar convertidos apenas en unos pocos recuerdos: personas que llegaron y se fueron, padres que ya no están, hijos que crecieron y se marcharon, amigos que permanecieron aunque sea virtualmente, casas, mudanzas, enfermedades, viajes, muertos, amores, separaciones, reconciliaciones. Países.
Entonces uno vuelve a escuchar una canción que conocía desde joven y ocurre algo raro. La canción es exactamente la misma, pero uno no. Creíamos entender aquellas letras a los dieciocho, veinte o treinta años, y sin embargo una frase aparece décadas después con otro significado. No cambió la canción. Simplemente cambió la vida alrededor de ella.
Una canción sobre la despedida no significa lo mismo antes y después de haber tenido que despedirse de alguien. Una sobre la pérdida cambia cuando ya hemos perdido a alguien. Y una sobre volver a casa es muy distinta cuando uno ha vivido años fuera de su país. Quizás emigrar acelera todo eso. Hay canciones venezolanas que escuchaba desde muchacho y que ahora me llevan a lugares, personas, olores, calles y voces que para ese entonces no tenían para mí el significado que tienen hoy. Algunas me devuelven por unos minutos a una ciudad que ya no existe exactamente como la recuerdo.
También me ocurrió al revés. Después de años viviendo en Buenos Aires, canciones que antes escuchaba desde afuera comenzaron a significar otra cosa. Volver es un buen ejemplo. No porque me haya convertido en experto en tango, sino porque ahora entiendo mejor el regreso, la distancia, el paso del tiempo, el lunfardo y esa particular manera porteña de mirar hacia atrás.
Y entonces aparece otra vez el verso: “Que veinte años no es nada”. No estoy tan seguro, Carlitos. Veinte años son mucho. Lo que pasa es que la memoria tiene sus propios métodos y puede comprimirlos en una canción de tres minutos.
Basta que suenen unos acordes para que aparezca alguien que no veíamos desde hacía décadas. Una melodía puede devolvernos a un salón de clases, un carro, una casa, una fragancia, una fiesta o una conversación que creíamos olvidada. Una especie de foto emocional. Ya no creo que la música nos transporte literalmente al pasado; quizás hace algo más interesante: trae el pasado al presente y lo pone cara a cara con lo que somos hoy.
Por eso una misma canción puede cambiar tantas veces. A los veinte puede gustarnos por la melodía; a los treinta, por una frase; a los cuarenta, porque recuerda a alguien; a los cincuenta, porque empieza a explicar cosas que antes ni siquiera sabíamos que necesitaban explicación.
No todas sobreviven. Algunas envejecen mal o simplemente dejamos de necesitarlas. Otras se quedan, no necesariamente porque sean las mejores, sino porque se fueron pegando a nuestra biografía. Y llega un momento en que ya no sabemos muy bien si las queremos por lo que son o por todo lo que hemos vivido mientras estaban allí.
Alguien me dijo una vez que uno se hace viejo cuando empieza a entender la letra de ciertas canciones. Quizás por eso volvemos a la música de nuestra juventud. No porque antes la música fuera mejor, como suele repetir cada generación, sino porque allí todavía podemos encontrarnos con versiones anteriores de nosotros mismos.
Una canción puede ser una especie de espejo raro: siempre devuelve el mismo sonido, pero nunca exactamente la misma imagen. Hoy escucho canciones que ya conocía desde hace treinta o cuarenta años y me sorprende descubrir que todavía tienen cosas que decirme y enseñarme. Y no sé si las canciones se hicieron más profundas o yo necesité vivir todo ese tiempo para entenderlas. Probablemente lo segundo.
Tal vez Gardel tenía razón después de todo. Veinte años no son nada cuando caben dentro de una canción. Pero afuera de ella pueden ser una vida entera. Y quizás por eso volver a escuchar una canción antigua puede conmovernos tanto. La grabación permanece intacta. Los que llegamos distintos somos nosotros.




