Hoy 25 de septiembre, el pianista Glenn Gould habría cumplido 94 años. Fue uno de esos seres que parecen haber venido al mundo, como siempre digo, “con la firme intención de no hacer las cosas como se suponía que debían hacerse”.
Pianista canadiense, nacido en Toronto en 1932, Gould se convirtió muy joven en una celebridad. Su grabación de las Variaciones Goldberg de Bach, realizada en 1955 (https://youtu.be/Cwas_7H5KUs?si=YNO2hBNpjgbsBhbP), lo lanzó internacionalmente y terminó convirtiéndose en una referencia del siglo XX. Pero hablar de Gould solamente como pianista sería quedarse corto. También escribió un libro, muchos artículos y ensayos, compuso, hizo radio y televisión, produjo documentales y reflexionó muchísimo sobre qué significaba interpretar música. Y tocaba de una manera rarísima.
Para empezar, estaba aquella famosa, extravagante y bastante espantosa silla que usaba. Nada que ver con un elegante banco de concierto: era una vieja silla plegable de madera que originalmente formaba parte de un juego de muebles para jugar a las cartas. Alguien me contó en alguna oportunidad que Gould la necesitaba por problemas con la espalda, pero investigando un poco, me enteré de que era porque simplemente quería tocar sentado muy bajo: sentía que desde esa posición tenía mayor control sobre el teclado y podía desarrollar mejor aquella técnica tan particular, íntima y pegada a las teclas que tanto le servía para Bach y el repertorio contrapuntístico. Como ningún banco de piano convencional le resultaba cómodo, en 1953 su padre le cortó parte de las patas a aquella silla y diseñó un mecanismo que permitía ajustar cada una por separado. Gould terminó sentado a unos 36 centímetros del suelo, tan bajo que sus rodillas quedaban por encima de la cadera. La llevó prácticamente a todas partes durante el resto de su vida. Con los años se fue destruyendo hasta quedar casi en el esqueleto, pero él seguía aferrado a ella.
Desde aquella posición extraña se inclinaba sobre el teclado, movía el cuerpo y, para desesperación de los ingenieros de sonido, canturreaba mientras tocaba; ese murmullo todavía puede escucharse en muchos de sus discos —recordar este detalle para más tarde—. Gould reconocía que era una costumbre involuntaria y hasta llegó a explicarle por carta a un oyente que parte del “ruido” que escuchaba en una grabación podía ser su propia voz.
También aparecía con guantes, bufandas y abrigos cuando los demás parecían estar perfectamente cómodos. Era todo un personaje, no cabe duda. El problema es que sus rarezas terminaron siendo tan famosas que a veces desplazan y opacan lo verdaderamente importante: detrás de todo aquello había una cabeza musical extraordinaria.
Gould no estaba demasiado interesado en tocar una obra como la tradición decía que debía sonar. Buscaba otra cosa. Modificaba tempos, articulaciones, balances y podía llevar una pieza conocida a un lugar completamente inesperado. Para algunos era genial. Para otros, insoportable. Sus detractores lo acusaban de caprichoso, cerebral, arrogante y de tomarse demasiadas libertades con los compositores.
En 1962 protagonizó una de las escenas más famosas de su carrera. Iba a interpretar el Primer concierto para piano de Brahms con la Filarmónica de Nueva York y Leonard Bernstein. Gould proponía una versión extremadamente lenta y tan diferente de la concepción del director que Bernstein salió al escenario antes de comenzar y explicó al público que no compartía completamente la interpretación del solista, aunque había decidido dirigirla porque consideraba que su visión merecía ser escuchada. Se armó un pequeño escándalo. Con los años, tanto Bernstein como Gould insistieron en que aquello no había sido ninguna traición pública: simplemente dos grandes músicos estaban en desacuerdo.
Gould tampoco tenía problemas en meterse con las vacas sagradas. De Mozart llegó a decir que había “muerto demasiado tarde”. No celebraba, por supuesto, que Mozart hubiera muerto joven; lo que sostenía —provocador como siempre— era que muchas de sus obras tardías le parecían inferiores a las anteriores. Lo más divertido es que terminó grabando todas sus sonatas para piano. Así era Gould: podía discutir ferozmente con un compositor muerto y luego dedicar meses a grabarlo.
Su relación con el público fue todavía más radical. Llegó a comparar el concierto con una especie de deporte donde el espectador esperaba que algo saliera mal —concepto que comparto, como un espectáculo circense—, y en alguna entrevista calificó al público de los recitales como una “fuerza del mal”. Detestaba la competencia y desconfiaba profundamente del ritual de aquel virtuoso exhibiéndose frente a miles de personas, a costa de romper, a veces, el encanto de la propia música.
En 1964 hizo entonces algo que parecía un suicidio profesional: dejó definitivamente los conciertos y recitales. Su última presentación pública fue en Los Ángeles, el 10 de abril de aquel año. Tenía apenas 31 años. Muchos pensaron —una vez más— que estaba loco. Gould hizo exactamente lo contrario de lo que cualquier representante habría recomendado: se encerró en el estudio de grabación. Y allí encontró su verdadero escenario.
Comprendió muy temprano algo que hoy nos parece normal: una grabación no tenía por qué ser simplemente la fotografía sonora de un concierto. Podía concebirse con calma y construirse. Repetir tomas, escoger, editar —dentro de lo que la tecnología de la época permitía—, combinar fragmentos, experimentar con micrófonos: marcas, posiciones, etc. Para Gould, la tecnología no era enemiga de la música; también podía formar parte del acto creativo. En ese sentido parecía estar pensando como un músico del siglo XXI varias décadas antes de que llegara nuestro mundo digital. Además, mientras un concierto podía llegar a cientos —o, con suerte, a algunos miles— de personas en un solo momento irrepetible, una grabación podía atravesar el tiempo y la geografía y terminar siendo escuchada por millones cuantas veces quisiera. Fue un visionario, un adelantado.
Sus detractores nunca desaparecieron. Y probablemente eso también le gustaba un poco. Porque escuchar a Gould casi nunca produce indiferencia. Uno puede amar una versión suya o preguntarse qué demonios está haciendo, pero obliga a volver a escuchar una obra que creíamos conocer.
En 1981 regresó a las Variaciones Goldberg (https://youtu.be/NOS5CJTOOKE?si=wpB-B2Pd85kv-0Q9), veintiséis años después de aquella grabación que lo había convertido en una estrella. El mismo pianista, la misma obra y una interpretación muy diferente. Las dos versiones permiten comprobar algo maravilloso: la partitura permanece, pero nosotros cambiamos.
El final llegó demasiado pronto. Gould cumplió 50 años el 25 de septiembre de 1982. Dos días después, de madrugada, llamó a su amigo y asistente Ray Roberts para que lo llevara al hospital. Había sufrido un accidente cerebrovascular. Nunca se recuperó y murió el 4 de octubre. Cincuenta años.
Una silla destrozada, un montón de grabaciones, una voz que se cuela detrás del piano y una manera absolutamente personal de entender la música.
Quizás Glenn Gould no sea un pianista modelo. Probablemente él mismo habría detestado semejante idea. Pero dejó una enseñanza que me gusta mucho: interpretar no es solamente obedecer una partitura. También es pensarla, cuestionarla, tomar decisiones, permitirse evolucionar y atreverse a decir algo propio entre nota y nota. Aunque para hacerlo haya que sentarse a 36 centímetros del suelo.
Nota personal: Llegué a Glenn Gould gracias a Natalia Acosta y me volví fanático. A principios de los 80 quise conseguir sus Variaciones Goldberg, pero el álbum original era obviamente imposible de obtener en Venezuela. Don Nelson Chalbaud tenía una enorme colección de LPs y grababa en cassette lo que uno le pidiera por un módico precio. Le encargué las Goldberg de 1981 y, cuando por fin las escuché, me molestó esa “voz de fondo”. Pensé que don Nelson había dejado accidentalmente un micrófono abierto y fui a reclamarle. Él me explicó que era el propio Gould cantando mientras tocaba. Nunca le creí. Años después, viendo los videos en YouTube, tuve que admitirlo. ¡Perdón, don Nelson, por la calumnia!




