A los regímenes totalitarios les encantan los borregos, que las personas sigan ciegamente sus opiniones sin oponérseles, que aplaudan e idolatren al líder hasta más no poder. El borrego en política, bien sea por ignorancia, intereses particulares o maldad pura, no permite que se cuestione a su partido. Detesta el pluralismo político y toda forma humana de pensamiento crítico, pues por lo general, el borrego carece de reflexividad, aplaude con excitación, demostrando que el cerebro se lo mutilaron al nacer.
Los borregos hacen mucho daño. En la Alemania nazi, en parte debido a la inmensa maquinaria propagandística, los borregos endiosaron a Hitler. Lo elevaron al pedestal sagrado, por lo que fueron incapaces de ver lo que ocurría a su alrededor. Racismo, xenofobia y un poderoso discurso de odio, caracterizó al nacionalsocialismo alemán representado en este hombre que tanto daño le hizo a la humanidad. Tuvo poca oposición en su entorno por los millones de borregos que seguían sus premisas y soñaban con un nuevo orden mundial.
Otro ejemplo de borregos extremos lo hemos visto en la macabra ejecución del socialismo del siglo XXI. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 y el sucesor Nicolás Maduro, se ha explayado una especie de liturgia revolucionaria que impide a muchos de sus seguidores ver cuando el presidente y su séquito la embarran. Aunque muchos de estos borregos se alejaron del rebaño, aun siguen algunos que vibran ante un discurso que usa el antiimperialismo, la guerra económica y una supuesta igualdad como bandera. Aun se pueden observar a algunos que callan ante la injusticia y prefieren mirar para otro lado, quizá por miedo, porque han visto de lo que son capaces las fuerzas de seguridad del estado -la máxima representación del borreguismo- cuando alguien piensa distinto.
Otros callan por fanatismo, complejo revolucionario, conformismo, una bolsa de comida o intereses económicos. En Venezuela también son muy conocidos los “enchufes”, esos que se adhieren al rebaño para conseguir negocios. Son famosas algunas tiendas de electrodomésticos, granjas de pollos y otros alimentos cuyos accionistas entran en esta categoría. En plena crisis hicieron plata bajo sospecha de lavandería y siguen pegados ordeñando hasta la última gota, exhibiendo su nueva riqueza con autos del año, avionetas y casas amuralladas, sin dejar de lado una visible ordinariez y chabacanería.
Quienes se atreven a alzar la voz en un régimen protegido por la complicidad del borrego, son señalados públicamente, perseguidos y encarcelados. En Venezuela, por ejemplo, abundan los presos políticos que se atrevieron a contrariar al régimen. Igualmente son cientos los medios de comunicación que fueron cerrados ante las presiones del gobierno, porque no les sirvieron de instrumento de propaganda. Por suerte, algunos borregos despertaron del engaño socialista y cada día son menos, lo que llena de esperanza a un país secuestrado y ultrajado como nunca antes en la historia Latinoamericana.




