Quizá el personaje más conocido en Venezuela es el doctor José Gregorio Hernández, el médico de los pobres, ese hombre que tras su muerte en Caracas el 29 de junio de 1929, generó una masiva e incontrolable veneración popular que lo llevó a los altares del pueblo. Es que José Gregorio siempre perteneció a los más vulnerables, por esa razón, unas 30 mil almas con el corazón electrizado, según escribiera Rómulo Gallegos, asistieron a su funeral. Ese día, la gente no permitió que el féretro fuera cargado en la carroza fúnebre, sino que lo llevó en sus hombros, demostrando así que el carismático médico, indudablemente pertenecía a las calles, a los cerros, a los barrios.
De esa manera se fue gestando una veneración popular que alcanzará su máxima legitimidad institucional el próximo 19 de octubre, cuando el papa León XIV realice la ceremonia de canonización, tras una larga espera por parte de los venezolanos. Ese día, la celebración será doble, pues tendremos igualmente una santa criolla, la madre Camen Rendiles, menos conocida pero igualmente milagrosa.
Particularmente, la figura de José Gregorio Hernández me ha simpatizado desde niño y su canonización me llena de muchísima alegría. También despertó mi curiosidad como investigador, lo que, en algún momento, cuando cursaba mi doctorado en Antropología Social, me llevó a interactuar con personas que le piden con fe, aseguran cumplimiento de favores y mantienen una relación estrecha con el ahora santo oficial del catolicismo. Digo oficial, porque el doctor José Gregorio Hernández siguió interviniendo en el mundo de los vivos desde el día en que murió, por lo que, en Venezuela desde hace muchísimo tiempo, abundan testimonios sobre curaciones milagrosas, consolidándose de esta forma, una relación de confianza que trasciende las fronteras nacionales, en especial en la vecina Colombia, Ecuador, Centroamérica y el Caribe, donde también afirman de su poder curativo.
La devoción a José Gregorio tomó fuerza en la década de l930, con la fuerte migración de los campos a la capital, en medio de un país que saboreaba la industria petrolera y desdibujaba su pasado rural. La trayectoria del médico seguía expandiéndose. Se fue estructurando un espacio de hibridación entre prácticas biomédicas y formas subalternas de tratar la medicina que nunca se habían visibilizado en el país o por lo menos no a este nivel. La trayectoria de José Gregorio Hernández fue aumentando. En 1949 la iglesia católica decidió intervenir e inició la recolección de información sobre los milagros. En 1958 se envió a Roma información valiosa relacionada a sus actos, lo que permitió iniciar los pasos por el camino de la canonización. En 1971 se aprobó el grado de “fama de santidad”; en 1975 su cuerpo fue trasladado a la iglesia la Candelaria, en Caracas y en 1986, el papa Juan Pablo II lo declaró Venerable.
Un gran logro se obtuvo el 19 de junio de 2020, en plena pandemia por coronavirus, con el anuncio de la beatificación. El milagro necesario fue certificado por una comisión teológica de expertos. Se trató del caso de la niña Yaxury Solórzano, quien, durante un atraco en los Llanos de Venezuela, recibió un balazo de escopeta en la cabeza. Tuvo fractura de hueso parietal derecho, edema y aire en la cavidad craneal. Lejos de un centro asistencial con equipos para intervenirla quirúrgicamente, durante el trayecto perdió masa encefálica y sangre. Pocas esperanzas de vida para la pequeña. Al llegar al hospital, la madre se aferró al doctor José Gregorio. Sintió su mano en el hombro y le dijo: “No te preocupes, que tu hija va a salir bien”. Lo demás es historia.
Testimonios sobre sus actuaciones abundan. En lo particular he escuchado algunos en los que se describen visitas y hasta operaciones realizadas por el propio José Gregorio mientras el enfermo duerme. Siempre deja rastros de su intervención, como algodones con sangre, instrumentos quirúrgicos evidentemente usados y hasta récipes con su letra. Además, familiares afirman observar sombras en las noches. La manifestación más grande de su accionar: pacientes totalmente curados, algunos al borde de la muerte.
Más allá del escepticismo de algunos sobre curaciones milagrosas, la fe y el cariño expresadas por la gente en Venezuela hacia José Gregorio Hernández está a la vista de todos. Su canonización es una victoria, un llamado a la paz, a la reconciliación, al perdón y quizá represente una señal divina de lo que será el renacer de un pueblo, golpeado por una clase política indigna, que está más cerca del azufre que de las áureas celestiales.




