La memoria y la música

Porque la música no solamente conserva recuerdos individuales. También conserva recuerdos colectivos. Un país tiene soundtrack. Una ciudad tiene sonidos propios

Juan Pablo Correa Feo

Si alguien me preguntara por distintas etapas de mi vida, probablemente no comenzaría respondiendo con fechas. Lo más seguro es que respondiera con canciones. Bastan algunos ejemplos al azar. Escuchar Había una vez un circo, de Gaby, Fofó y Miliki, me devuelve inmediatamente a mi infancia en España. El disco Aries, de Luis Miguel, me transporta a 1994, cuando trabajaba en una empresa valenciana de atención domiciliaria en ambulancias y pasaba largas horas recorriendo la ciudad, vendiendo pólizas de afiliación, acompañado por aquellas canciones que sonaban una y otra vez en el equipo de sonido del carro. El disco Yo... Luccia, producido por mi amiga y hermana de la vida, Lucia Montanari, en 1992, me lleva a una época luminosa de sueños, proyectos y cariño compartidos, al igual que sus producciones posteriores con el ensamble polifónico Las Brujas y Zuzón. Y algo parecido ocurre con las más de ciento veinte canciones que arreglé para el Grupo de Música Popular Latinoamericana de la Universidad de Carabobo: cada una representa un ensayo, un concierto, una amistad, una familia y una etapa fundamental de mi vida.

Y luego están las canciones que guardan recuerdos más difíciles. Por citar apenas un ejemplo entre muchos, en 1982 sufrimos un grave accidente automovilístico en la carretera Panamericana, a la altura de la estación de servicio Lourdes. Mi madre sufrió fuertes traumatismos y mi tío quedó con secuelas permanentes en una pierna. Regresábamos de la finca de la familia Marín, en Montalbán, mientras sonaba en la radio una canción muy popular de la época cuyo título hoy se me escapa.

Han pasado más de cuarenta años, pero las pocas veces que he vuelto a escuchar aquella melodía, la memoria me devuelve instantáneamente olores, sabores y sensaciones que creía ya olvidados: gasolina, humo, metal retorcido, caucho quemado y sangre.

Empiezo a sospechar que la memoria humana no está organizada en calendarios. Metafóricamente podríamos decir que está organizada en canciones. Si alguien me pregunta en qué año ocurrió determinado episodio de mi vida, probablemente tenga que detenerme a pensar y sacar cuentas. Tal vez dude de mi respuesta. Posiblemente me equivoque por uno o dos años. Pero si me preguntan qué música escuchaba en aquella época, la respuesta suele aparecer de inmediato. Y estoy seguro de que no soy el único.

Todos cargamos un equipaje hecho de canciones. Todos tenemos una música que nos ayuda a recordar. Un archivo invisible de temas que nos acompañaron en distintos momentos de la vida y que quedaron asociados para siempre a personas, lugares, emociones y circunstancias. Algunas nos recuerdan momentos felices. Otras nos provocan nostalgia. Algunas nos hacen sonreír. Otras todavía nos conmueven después de décadas.

Lo curioso es que la música parece tener acceso a rincones de la memoria que otras formas de recuerdo no consiguen alcanzar. Una fotografía puede recordarnos cómo era un lugar. Una carta puede recordarnos lo que alguien quiso decirnos. Pero una canción… una canción tiene la capacidad de devolvernos cómo nos sentíamos. Y, para mí, esa diferencia es enorme.

Y quizás eso ocurre porque las canciones no se limitan a acompañar nuestra vida. Se mezclan con ella. Se adhieren a nuestras experiencias. Terminan formando parte de la manera en que recordamos. Por eso hay personas que no soportan escuchar ciertas canciones. No porque sean malas. Sino porque contienen demasiado pasado.

Mi papá, por ejemplo, detestaba el tango. Más de una vez me mandó a callar cuando tocaba alguno en mi piano. Y tenía su razón: Gardel murió el día de su santo, y lo que comenzó como fiesta infantil terminó casi en un velorio con llantos. Varias de sus tías lo habían ido a ver pocos días antes.

Y también existen canciones-refugio. Esas a las que volvemos una y otra vez porque nos conectan con una versión de nosotros mismos que todavía apreciamos. Son canciones que nos recuerdan quiénes fuimos, pero también quiénes somos.

Los integrantes de una generación pueden reconocerse inmediatamente al mencionar una canción. Bastan unos pocos acordes para que aparezcan recuerdos compartidos y experiencias comunes. Una melodía puede funcionar como un puente invisible entre personas que jamás se han visto. Y eso me parece extraordinario.

Porque la música no solamente conserva recuerdos individuales. También conserva recuerdos colectivos. Un país tiene soundtrack. Una ciudad tiene sonidos propios. Una generación tiene melodías que la definen. Las parejas tienen “su canción” y las familias terminan construyendo, sin darse cuenta, su propia banda sonora.

Las fotografías guardan imágenes. Los diarios guardan palabras. Los calendarios guardan fechas. Pero la memoria, sospecho yo, guarda canciones. Y por eso, cuando quiero recordar mi vida, muchas veces no abro un álbum de fotos. Simplemente pongo play, aunque sea en mi mente.

Termino repitiendo aquella icónica pregunta de una radio valenciana: ¿Qué hacía usted cuando escuchaba esta canción?

juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Juan Pablo Correa
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