Lucía Montanari, mi comadre

Hija mayor de Paolo Montanari y Giovanna Mura, un par de inmigrantes italianos dueños de una historia de amor preciosa que conté hace unos años. Lucía nació un primero de diciembre en Valencia

Habría que tener varias vidas para hacer todo lo que ha hecho mi comadre Lucía Montanari. O quizás, simplemente, hay que tener su corazón: ese que le cabe un país entero, un coro de niños dispersos por el mundo, una mujer sencilla y un puñado de amigos que encontraron en su voz —y en la de su hermana Paola— una segunda oportunidad.

Hija mayor de Paolo Montanari y Giovanna Mura, un par de inmigrantes italianos dueños de una historia de amor preciosa que conté hace unos años. Lucía nació un primero de diciembre en Valencia, con la música ya enhebrada en el alma. Tanto, que su primera actuación musical fue con un dúo que formó junto a su hermana Paola, el cual sería el ensayo de todo lo que vendría después. Porque las hermanas Montanari, cuando cantan juntas, parecen hablar un idioma que solo ellas entienden. Y es que les viene de herencia: su padre fue un excelente pianista y su mamá es todavía dueña de una voz maravillosa.

El profesor Rafael Dalmau, quien las dirigió cuando eran pequeñas en una estudiantina que había en el colegio donde estudiaban, el "María Auxiliadora", contaba que Lucía, con tan solo siete años, tocaba la mandolina mientras su hermanita, de seis, tocaba el cuatro. Cuando el maestro Dalmau ya tenía todo listo para comenzar el concierto, Lucía se paraba a afinar el cuatro de su hermanita. Y el maestro le decía "ya lo afiné", pero ella se empeñaba. Podía estar abriéndose el telón, iban a empezar, y Lucía se paraba a afinar el cuatro de Paola: para ella, tenía que sonar perfecto.

En la Escuela de Música "Sebastián Echeverría Lozano", bajo la dirección de Cristóbal Gornés, Lucía fue encontrando su camino entre las teclas del piano. Después vendría la docencia, esa vocación silenciosa que la tendría dando clases en la escuela de música “Manuel Leoncio Rodríguez” y, más tarde, en media docena de colegios: "San Gabriel Arcángel", "Los Cedros", "Santa Cruz" y "Cristo Rey". Pero antes de todo eso, el 26 de enero de 1980, una joven Lucía escribió su primera canción: “Era tan sólo una mujer”, mejor conocida como “La mujer sencilla”, dedicada a la Virgen María para su grupo "Somos Iguales". Ya entonces, sin saberlo, estaba poniendo la primera piedra de un cancionero que atravesaría décadas y océanos.

Pero Lucía también quería ser médico. Entró a la Universidad de Carabobo, aprobó dos años, y la vida le cambió el libreto. Su hermana Paola soñaba con Italia, y el padre de ambas sentenció: "Si nunca se han separado, no van a empezar ahora". Así que Lucía se fue con ella a Génova, con la maleta llena de lágrimas, partituras y libros de medicina. Allá aprobó hasta cuarto año. Pero la medicina, que es ciencia, no pudo competir con la música, que es misterio, ni con la juventud y el amor. Por razones que ni ella misma termina de explicar, colgó el estetoscopio y se entregó a lo que verdaderamente la habitaba.

Diez años en Italia. Diez años siendo niñera, terapeuta del lenguaje, hermana, hija. Porque sus padres y sus dos hermanos varones también cruzaron el charco. Pero Venezuela la llamaba, y en 1990 Lucía decidió volver.

Su país la recibió con los brazos abiertos y un regalo inmenso: entre 1991 y 1992, gracias a Wilfredo Moreno, fue corista de Ilan Chester en la gira "Contigo". Ahí, sobre los escenarios, compartió además con Frank Quintero y con Lorenzo "el Diablo" Barriendos, aprendiendo que la música grande se hace con amigos.

Y el mismo Wilfredo Moreno, mánager de Ilan, también la acogió como artista y como familia, le hizo firmar contrato con el sello internacional Sony Music y su voz como cantautora quedó grabada en Yo... Luccia, un fonograma que llevaba su esencia por nombre. De ahí se dieron a conocer, entre otras canciones, “Miedo”, "Primavera" y "Sigue conmigo" —canción de Ilan Chester que cantaba a dúo con él —.

Después vino el teatro: fue la Virgen María en el musical Ha Nacido Ya, de Ulises Dalmau y Oswaldo Aguirre. Alternó con grandes figuras nacionales e internacionales, como el grupo italiano “Neri per Caso”, Chucho Avellanet y Alejandro Sanz, por nombrar algunos. En una oportunidad, estaba comenzando "Voz Veis" y fuimos a verlos en el Teatro “Teresa Carreño” de Caracas. Cuando terminó el concierto, pasamos a felicitarlos y dos de ellos, al ver a Lucía, se volvieron locos de la emoción. La admiraban desde hacía bastante tiempo y ella no lo sabía.

Pero si hay un lugar donde Lucía dejó huella imborrable fue al frente de "Las Brujas y Zuzón", la agrupación polifónica de la Universidad de Carabobo. Casi veinte años dirigiendo, arreglando, construyendo. Cuatro discos. Giras por la República Checa, Austria, España y Argentina. Un legado de voces que aprendieron, bajo su guía, que el canto conjunto, con armonías, es también una forma de hermanarse.

También formó parte del hermoso proyecto "Honrando. Artistas de Venezuela por Jesús", una producción de Wilfredo Moreno dedicada a Nuestro Señor Jesucristo. El disco contó con productores, arreglistas, músicos y cantantes increíbles. Las canciones fueron compuestas por Wilfredo en su mayoría, salvo la que canta Jorge Luis Chacín —que es de su autoría— y otras cuatro donde compartió créditos con Ilan Chester, Merci Mayorca, Soledad Sampedro (esposa de Wilfredo) y, en el caso del tema que interpreta Lucía, "La muchacha hebrea" —dedicado a la Virgen Santísima—, la coautora fue nuestra comadre. Entre los artistas que grabaron en el álbum se encuentran Guillermo Carrasco, San Luis, Jorge Luis Chacín, Sergio Pérez, Pedro Castillo, María Rivas y Delia, por nombrar solo algunos. Tuvo la particularidad, esa producción, de contar, cada canción, con reflexiones de sacerdotes y finalmente, con una bendición de nuestro ya desaparecido y querido arzobispo Reinaldo Del Prette.

Pero en Italia, los padres de Lucía envejecían. Y el miedo, ese viejo conocido, también. Ella era la única hija sin pareja, la que podía irse sin desarmar una familia propia. Así que, en 2018, con la tristeza a cuestas, volvió a Génova.

Y mientras tanto, las canciones siguieron brotando. "Regresa pronto", con arreglos de mi hermano Juan Pablo Correa y la voz de Isa Ramos —mi hija amada—, se convirtió en un himno de la Orquesta de Inmigrantes Venezolanos en Buenos Aires. Cuando el mundo se vio afectado por la pandemia, Lucía escribió "Algo está pasando". Con arreglos de Juan Pablo y Joram Betancourt, la canción dio la vuelta al mundo: más de cincuenta músicos venezolanos de once países —desde Argentina hasta Canadá, pasando por Chile, Perú y toda una red de orquestas en el continente— la interpretaron de forma digital, inundando las redes sociales. Un hecho insólito que demostró que, con música, hasta la distancia más larga se puede acortar. Otra de sus composiciones, “La dulce esperanza”, interpretada por el coro infantil “e-harmonies” —dirigido por María Gabriela Mayz—, reunió a niños venezolanos dispersos por el mundo, con Mariaca Semprún como solista. Lucía había aprendido a tejer redes de afecto a través de la música, y esas redes no entendían de fronteras.

Hoy, Lucía Montanari sigue haciendo lo que siempre ha hecho: cantar y enseñar a cantar. Está al frente del coro "Corcontigo" y, junto a su hermana Paola —aquella misma que en los ochenta puso a bailar al país con "Marinero"—, forma parte del coro "Los paticos feos". Este grupo, dirigido por Paola y con Lucía como su asistente, está integrado por adultos mayores, incluyendo a su madre, Giovanna y lleva un nombre que es pura ternura: el de la primera canción que Paola compuso a los cuatro años, a la que mi hermano Juan Pablo, mucho después, le regalaría un arreglo vocal maravilloso. Un nombre perfecto para quienes, en la música, encuentran un lugar donde ser más jóvenes. Juntas, Paola y Lucía, recorren ciudades con “Los paticos feos”, cantan, bailan y celebran la música latinoamericana, especialmente la venezolana, como quien celebra un milagro cotidiano.

La pequeña historia de Lucía está escrita en la Enciclopedia de la Música en Venezuela de la Fundación Bigott, en La huella femenina en el arte y la docencia carabobeña de Vitalia Muñoz de Chacín, y en La música en Carabobo de Aldemaro Romero. Pero más allá de los libros, la verdadera historia de Lucía está en cada niño que aprendió a amar la música con ella, en cada "patico feo" que descubrió que podía volar, en cada venezolano disperso que escucha una de sus canciones y siente, aunque sea por un instante, que regresa a casa.

Porque Lucía, que tanto ha tenido que irse, siempre ha sabido cómo regresar. Incluso cuando regresar es imposible, nos regala una canción para hacer el viaje.

Le dedico este artículo a mi comadre Lucía, que es de esas personas que hacen que el mundo sea un lugar menos desafinado.

Anamaría Correa

anamariacorrea@gmail.com

Les comparto el video de "Algo está pasando", interpretado por más de cincuenta músicos venezolanos que se encuentran en once países diferentes, desde Canadá hasta Argentina:

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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