Los carnavales de mi familia

Hoy, ya es miércoles de ceniza. Las caretas se guardan, hay que barrer el papelillo de las calles y que el olor a licor se desvanezca

Mi abuelo materno, Héctor Calixto Feo Cabrera, doctor en farmacia (como buen valenciano de apellido Feo que se respeta), era marcadamente agnóstico, pero, sin embargo, iba a misa porque defendía las tradiciones. No se perdía un concierto de la retreta en la Plaza Bolívar desde que nació la "Banda 24 de junio" -decía que una ciudad sin música era una ciudad sin alma-, asistía puntual a las procesiones de Semana Santa y disfrutaba las quemas de Judas el domingo de resurrección. Y a pesar de lo serio que parecía con su mirada altiva y sus sienes mostrando grandes entradas, defendía los carnavales con auténtica pasión y ayudaba a sus hijos a disfrazarse, incluso confeccionando con ellos las caretas de papel maché.

Tal vez por esta razón, mi abuela Tata (Carmen Teresa Codecido de Feo), me hacía un disfraz todos los carnavales. Por ahí están las fotos, amarillentas ya, guardadas en viejos álbumes. Incluso hay años en que tengo dos disfraces diferentes, tal vez alguno heredado de una de mis primas mayores, pero que siempre se sentían nuevos, como recién estrenados. De bailarina con tutú de tul rosado, de "bello cochero" (imagino que nombre inventado por mi abuela, con sombrero de copa, chaleco y botas), de bailarina de flamenco con castañuelas y volantes... cada año era una sorpresa ver qué saldría de la máquina de coser Singer de mi abuela, que pedaleara con fervor en las semanas previas al carnaval.

Cuando nos vinimos a Valencia, la tradición siguió. Nos disfrazábamos cada carnaval e incluso mi mamá trataba de que nos reuniéramos los vecinos y caminábamos por la calle, cual desfile de carnaval, pero improvisado y pequeñito. Era toda una aventura: recorrer la cuadra con nuestra pequeña comparsa.

Mis hermanos eran muy ingeniosos. El primero fue Miguel Ángel, que siempre trataba de ir con disfraces nada comunes: de ventrílocuo con su muñeco Venancio, de payaso triste con una lágrima pintada... Como el colegio "La Salle", además de las verbenas, hacía concursos de disfraces en el patio central, recuerdo unos increíbles. Hubo un año en que tres hermanitos ganaron el primer premio porque, como uno de ellos sufría de parálisis infantil, los padres, con una sensibilidad y creatividad conmovedoras, construyeron un auto de carreras. Los niños iban disfrazados de pilotos y el pequeño con parálisis iba dentro del carro, como el verdadero campeón, recibiendo la ovación del público. Eso era carnaval: inclusión, creatividad y familia.

Hubo un carnaval en particular que nunca olvidaremos. Salimos con amigos y vecinos caminar por la cuadra en Guaparo. En mi casa estaban hospedados, como siempre en vacaciones, mis tíos y primos de Caracas, los Correa González. También estaban unos compadres de mi mamá, los Wesemann, con sus hijos, Frederick y Alessandra. El mayor era el ahijado de mi mamá, tendría unos cuatro años e iba con un disfraz de soldadito del siglo XIX. Creo que era el único disfraz no improvisado de toda la pandilla. Los demás, incluida yo, estábamos todos de mamarrachos: con máscaras, pelucas y ropas viejas. No había unidad temática, éramos una verdadera "comparsa del caos". Pero un primito, Francisco Correa, que tendría unos diez años, decidió superarnos a todos. Se le ocurrió disfrazarse de "descabezado". La operación fue toda una producción casera: le pusimos un abrigo de invierno mío, enorme y de lana azul; le cosimos guantes rellenos de algodón en las mangas para simular manos inertes; y lo más complejo: hicimos, con alambres de perchas, un "esqueleto" que soportara la parte superior del abrigo de manera que, en verdad, pareciera un alto cadáver sin cabeza caminando por sí solo. Francisco iba debajo, con la cabeza oculta dentro del abrigo, mirando por un pequeño agujero a la altura del pecho, con los brazos atados al cuerpo y el alambre sosteniendo la estructura.

Íbamos todos por la calle, entre risas y gritos, cuando ocurrió lo inevitable. El pequeño soldado Frederick, fascinado por aquel ser sin cabeza, se acercó a inspeccionarlo y, sin querer, le metió el pie al descabezado en su momento de máxima oscuridad visual. El pobre Francisco se fue de cabeza contra el suelo sin poder meter sus brazos para atajar el golpe. Fue una caída espectacular, digna de cine mudo. Hasta ahí duró el desfile improvisado. Regresamos a casa con un chichón del tamaño de un huevo de paloma en la frente de un niño y un recuerdo que, décadas después, todavía nos hace reír cuando la familia se reúne.

Juan Pablo y Toby, mis hermanos menores, también tuvieron sus carnavales gloriosos, pero Juan Pablo era más creativo que Miguel Ángel o, al menos, estaba más abierto a nuestras ideas "experimentales". Hubo un desfile en su colegio, el San Onofre, en el que ganó el primer premio, pero no por el disfraz en sí, que era sencillísimo, sino por la actitud. Se disfrazó de pamplonica: vestido de blanco inmaculado, con una pañoleta roja al cuello, un cinturón de tela del mismo color y una boina roja calada. Nada más. Pero en el momento de pasar ante el jurado, después de desfilar diez Supermanes, cuatro Batman, dos Robin y unos cuantos Hombres araña, Juan Pablo hizo el papel de un pamplonica "pasado de copas" (por la edad, aclaramos, que era pura actuación). Caminaba zigzagueante, se tambaleaba, saludaba con exagerada torpeza al jurado, y hasta fingió un tropezón. El público y el jurado estallaron en carcajadas y le dieron el primer premio. Allí aprendimos que el ingenio puede más que el presupuesto.

Hablando del "descabezado" y su chichón, me vino a la memoria otro percance similar, esta vez con Juan Pablo de protagonista. Decidimos hacerle un disfraz de espantapájaros, de esos clásicos de las películas. Después de llenarlo de "paja" y pintarle la cara de amarillo con témpera, se nos ocurrió un "efecto especial": le metimos un palo de escoba por dentro de la camisa de rayas, que pasaba de una manga a la otra, por supuesto, camuflado con la paja y los guantes rellenos. El palo fue cuidadosamente acortado para que tuviera el largo exacto de sus brazos completamente abiertos, dando la impresión de que siempre estaba en cruz, como un espantapájaros de verdad.

Juan Pablo volvió a ganar el primer premio en otro concurso. Pero al salir del desfile, eufórico con su triunfo, un amigo entusiasta le dio un empujón amistoso sin calcular las consecuencias. Con los brazos rígidos por el palo de escoba, Juan Pablo no pudo estirarlos para detener la caída. Fue un golpe seco, directo al suelo, y el resultado: otro chichón en la cabeza, gemelo del de Francisco. Mi mamá empezó a bromear diciendo que los disfraces premiados de la familia dejaban huella... literalmente.

Mis hijos no abandonaron esta costumbre, especialmente Isa, que todavía se disfraza. Con ellos hicimos una vez la familia Picapiedra, Pedro, Vilma y Bambam, porque Juan Sebastián se hubiera muerto si lo disfrazamos de Pebbles. 

Y Juan Pablo recordó también la vez que se disfrazó de momia, utilizando papel toilette para su traje. Mi madre le había llevado en un maletín, la ropa para cuando terminara el desfile en el colegio, pero no sé por qué, tuvo que retirarse y sin querer, se llevó el maletín con la ropa. El hecho es que Juan Pablo fue perdiendo el traje con el sudor y las carreras y terminó en la dirección, envuelto en una toalla.

Y cómo olvidar cuando una noche en una fiesta de carnaval del Club Hípico, fuimos Sergio y yo vestidos de Pollos Knorr, (en pareja) Eduardo Sanoja de Príncipe inglés y Juan Pablo de lacayo. Cuando llegamos a la redoma de Guaparo, se nos espichó un caucho y Sergio tuvo que cambiarlo vestido de Pollo. Conmigo de “gallina” al lado, muy elegante con un collarcito y una carterita y los dos jóvenes de la nobleza. La gente pasaba y moría de las risas. Esa noche, por cierto, el premio lo ganaron Eduardo Sanoja y Marena Bencomo, quien, en sus quince años, había ido vestida de princesa y parecían pareja. Fue increíble. Para colmo, alguien fue de “huevo frito” y nos dieron un premio de consolación a los tres.

Hoy, ya es miércoles de ceniza. Las caretas se guardan, hay que barrer el papelillo de las calles y que el olor a licor se desvanezca. Y, sin hacerle caso a mi abuelo -aunque quizás siguiéndole el ejemplo sin saberlo- con aquello de respetar las tradiciones, iremos a la iglesia. Porque el carnaval termina, la Cuaresma empieza, y las buenas costumbres, como los buenos recuerdos, merecen continuar.

anamariacorrea@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Los carnavales de mi familia

Anamaría Correa
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