La semana pasada, revisando archivos viejos en mi computadora, me topé con uno llamado simplemente "Amhed". Así, en mayúsculas, como su presencia en nuestra familia. Amhed Ramos Landrove, el segundo de mis cuatro cuñados, falleció el 14 de mayo de 2008 a los cincuenta y seis años, víctima de un cáncer de pulmón que encendió todas las alarmas demasiado tarde. Y aunque a los hermanos se les quiere por igual, es cierto que él tenía un aura especial que lo convertía, de alguna manera, en el preferido de todos.
Los Ramos Landrove eran cuatro personalidades únicas: Lisandro, el mayor, enorme en personalidad y tamaño -tanto que su estatura (dos metros con cuatro centímetros) es lo primero que la gente nota-, está casado desde hace cincuenta años con la hermosa carupanera Carmen del Valle "Vallita" Sisco, mi comadre; Amhed, por muchos años desposado con la londinense Lynne D'Aguiar, también altísimo, rozando los dos metros; Sergio, mi esposo, de quien no hacen falta más detalles, con su 1.94 de quien mi suegra, muy seriamente alegaba que se había quedado "pasmado"; y Alejandro, el menor, casado con María Gracia Finotti y cuya experiencia ya conté en otra ocasión. Cuatro seres excepcionales, pero Amhed... Amhed era guitarrista y poeta. Es decir, en esencia, era un cantautor... y de los buenos.
Quienes lo conocieron en su etapa creativa aseguran que, de haber vivido en Buenos Aires, su nombre bien podría estar grabado con la misma fuerza que el de Charly García. Ese archivo que encontré contenía la prueba: varias de sus canciones, interpretadas por él. Al abrirlo, no solo recuperé su música, sino el torrente de recuerdos de una vida intensa.
Recordé, por ejemplo, la histórica anécdota de 1973, cuando Carlos Santana se presentó en la Plaza Monumental de Valencia. El grupo de Amhed, "Un Camino", una banda de ensueño con Laura Cassasola al piano, Alfredo "el Che" García al cello, Fernando Latouche en el bajo, Alex Pelayo en la batería, Iván Salgado en el violín y él en la guitarra, fue elegida para abrir el concierto. Sin embargo, tras escucharlos en la prueba de sonido, Santana y su manager tomaron una decisión inusual: pidieron que "Un Camino" tocara después de ellos. Sabían que, si el telonero los opacaba, el público se iría antes de que terminaran. Era un reconocimiento velado a su inmensa calidad.
Pero Amhed no fue solo "Un Camino". Su inquietud musical lo llevó a formar "ARFES Sonatem", "Silverstone" y hasta "Uf, qué nota". Incluso, con un sentido del humor muy negro, cuando supo que sus pulmones ya no soportaban más nicotina, reunió a sus amigos músicos, también en mal estado de salud, para formar un grupo que bautizaron "Terapia Intensiva". Su mente era, sin duda, privilegiada.
Mi suegra contaba que, al salir del bachillerato, Amhed quiso estudiar Turismo en Barcelona. Sus padres lo llevaron, ilusionados. Pero él, con el cabello cayendo sobre los hombros y largos bigotes, abandonó pronto las aulas para dedicarse a lo que realmente amaba: la guitarra y la vida. Recorrió Europa, aprendió catalán, inglés y hasta algo de francés… ah, y conoció a personajes fascinantes, como a Salvador Dalí, amigo de un amigo. Preocupado pensando qué regalarle al artista, un hombre que lo tenía todo, el amigo lo tranquilizó: “le llevaremos este frasco”. Era un pequeño pote de vidrio vacío, de esos que alguna vez contuvieron mayonesa, bien cerrado. Al llegar, se lo ofreció a Dalí diciendo: "Es aire de Cataluña". El pintor, emocionado, lo abrió despacio, inhaló y, con una sonrisa, lo colocó en un lugar especial para poder respirar su tierra siempre que quisiera. Toda una experiencia.
Tras dos años, sus padres lo trajeron de vuelta a Venezuela. Se aferró a la música, pero también trabajó como gerente de compras en la empresa familiar. Se casó con Lynne y tuvo dos hijos, Sebastian y Gisselle. Luego, por circunstancias de la vida, se divorció y llegó a casa de su madre con un tercer niño, Stefan. Recuerdo una vez, en una fiesta, cuando Sebastián le contestó feo a Stefan. El regaño de Amhed fue inolvidable: "¿Por qué lo tratas mal? Trátame mal a mí, que fui quien cometió la falta, él no es el culpable". Hoy, los tres hermanos son muy unidos, y Lynne lo trata como a un hijo más.
Su vocabulario, en confianza, solía ser salpicado de malas palabras. Una tarde, en Valencia, se encontró con un viejo amigo hippie y, entre abrazos, los epítetos vulgares brotaron con naturalidad. El amigo, entonces, le presentó a su esposa. La mujer, aterrorizada por el lenguaje escuchado, le negó el saludo y le espetó: "Para mí no es ningún gusto conocer a una persona tan vulgar y maleducada". Amhed, con una sonrisa, se disculpó con una cortesía inesperada: "Disculpe, bella dama, mi vocabulario tan soez que no pude controlar ante la emoción del reencuentro con mi amigo de tantos años". Y, girándose hacia su amigo, le soltó con sorna: "Pana, ¿de dónde sacaste esta mujer tan pavosa?" —por supuesto, en lugar de “mujer”, soltó otra mala palabra—
El tiempo pasó, el cáncer ganó la batalla y su voz se apagó. Pero el archivo que encontré contenía sus canciones. Se las pasé a mi hijo César, su ahijado, quien, con paciencia de orfebre, las fue arreglando una a una. El resultado fue increíble. Luego, Sergio compartió ese material con Carlos Zerpa, amigo personal de mi cuñado y autor del libro "Buen Rock esta noche", donde nombra muchas veces a Amhed como protagonista del rock valenciano de los sesenta y setenta. Y de ahí, las canciones volaron.
Llegaron mensajes del mundo entero. Francisco Noya, el aclamado director orquestal y profesor asociado de Berklee College of Music, comentó con emoción que las canciones de Amhed lo transportaron a su juventud y le recordaron cuánto se inspiró musicalmente en él.
Hoy, gracias a la tecnología y al amor de quienes lo recordamos, la música de Amhed ha rescatado del olvido a un artista que el destino quiso silenciar temprano. Sus canciones, grabadas en cintas olvidadas, han vuelto a sonar en los oídos de músicos consagrados y amigos de juventud, confirmando lo que siempre sospechamos: que su talento no era una ilusión familiar, sino una realidad incuestionable.
Amhed Ramos no necesitó vivir en Buenos Aires para ser grande. Su grandeza residía en su autenticidad, en su capacidad para conmover con una guitarra y una letra, en su lealtad a sus amigos y en el amor incondicional con el que abrazó a sus hijos, sin distinciones. El cigarro pudo con sus pulmones, pero no con su legado. Su música, rescatada del polvo digital, es ahora un puente entre el ayer y el hoy, una prueba de que el arte verdadero, aunque duerma, nunca muere. Y nosotros, su familia, tenemos el privilegio de despertarlo para que el mundo, por fin, lo escuche.
Anamaría Correaanamariacorrea@gmail.com




