Insilio

Habitar el espacio, pero sin estar realmente. Estar sintiéndose secuestrado. Estar sintiéndose extraño. Estar, pero añorando el pasado de lo que fue una patria que continúa desdibujándose.

La palabra Insilio no tiene definición oficial. Psicólogos y psiquiatras la usan como oposición a exilio.  También, la literatura latinoamericana se ha referido a esta sensación que cada día viven millones de personas. La escritora argentina Gabriela Saidón, en su novela Cartas Quemadas, refiere al termino para describir un tiempo de encierro de la protagonista en pleno siglo XXI. Y es que el insilio es precisamente eso, habitar el espacio, pero sin estar realmente. Estar sintiéndose secuestrado. Estar sintiéndose extraño. Estar, pero añorando el pasado de lo que fue una patria que continúa desdibujándose.

Aplicándolo al contexto nacional, millones de personas viven diariamente el insilio. Se sienten exiliadas dentro del propio país. El insiliado está en Venezuela, pero vive el destierro porque todo ha desmejorado; experimenta como se han ido mutilando sus libertades más preciadas, incluyendo el derecho a la expresión democrática, consagrada en la Constitución de 1999. Lamentablemente, el insiliado se ha marchado sin moverse del territorio. Observa con desesperanza que nada va a cambiar, que proseguirá la destrucción masiva que el chavismo-madurismo ha hecho en todos los sectores y regiones del país, acabando con la industria petrolera, escuelas, universidades, fábricas, bancos, teatros, museos, hospitales y medios de comunicación.

La sensación de que Venezuela no es la misma se acentúa para quienes viven el insilio, exiliados dentro del propio país. Estas sensaciones no aparecen de la nada. Quienes están en el país o los que decidieron regresar, se ven afectados por nefastas decisiones políticas y económicas adoptadas no solo desde las fuerzas revolucionarias.  La mayoría de los venezolanos ha experimentado cambios notables en los hábitos alimenticios, recreacionales. En el rostro de mucha gente se nota miedo, desesperanza, aumenta el temor por hacer pública alguna inconformidad y que esa acción los lleve a la cárcel, como en efecto ha ocurrido con muchísima gente.

En este contexto en el que reina la desesperanza, muchos optan por el silencio porque lo cercano, lo propio le resulta peligroso. Alzar la voz puede traer consecuencias trágicas. El insiliado, así como el exiliado, también extraña, en especial, porque muchos de sus seres queridos han cruzado fronteras. Es que el insiliado se siente en otro planeta, su lugar diferenciado en el mundo ya no existe, fue destrozado hace muchísimo tiempo. El insiliado habita un país hiperreal. Recorre las calles y se da cuenta de lujosos bodegones, concesionarios con automóviles carísimos y enchifados luciendo estilos de vida impagables. Todo esto, en un país con crisis humanitaria. Sin embargo, el insiliado calla. Guarda silencio. Cualquier ruido al respecto le puede costar hasta la propia vida.

Ser exiliado en el propio país no es fácil.  Resulta cuesta arriba proyectarse a futuro. El desaliento parece ganar terreno. La fe del insiliado se tambalea, va y viene. Dentro de sus muros y propias desgracias lucha por la vida y satisfacer lo básico. Pero existe evidencia histórica reciente sobre el despertar de los insiliados. El Nobel de María Corina fue un guiño de ojo para todos los venezolanos de bien. Cada día hay mayor consciencia del daño que esta gente ha hecho a Venezuela y a toda la región latinoamericana, por lo que estamos seguros, que más temprano que tarde, esa gente pagará por la miseria y desgracia causada a una patria que, en el pasado, fue cuna de la democracia americana.   

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Luis Alonso Hernández
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