Si hay algo que define al venezolano es su amor por la Navidad, y al valenciano, puedo atestiguarlo, le brota por los poros. Entre los sesenta y setenta, ¿quién de esta ciudad no fue a los Salesianos, en la Redoma de Guaparo, a disfrutar no solo de las misas de aguinaldo vespertinas y las patinatas en el estacionamiento, sino del prodigioso nacimiento mecánico que a más de uno dejaba con la boca abierta? Era un belén de dimensiones asombrosas, primero expuesto en una sala cercana a la entrada y luego trasladado a un local al fondo, que después destinarían para el auditorio. Lo que más me encantaba era la magia de la noche artificial: sentir cómo el cielo se teñía de oscuridad para, en pocos y lentos minutos, dar paso al amanecer con su juego de luces. Y aquellos muñecos en movimiento: el carpintero accionando una gran sierra contra un trozo de madera, la mujer lavando en el río, otra tendiendo ropa desde una ventana, eran escenas de una vida cotidiana que hacían la historia sagrada inolvidablemente cercana.
Mi memoria guarda con especial cariño el asombro que me causó el primer nacimiento familiar grande que vi, el de mis vecinos los Brunicardi Moreno. Recién llegados a Valencia, provenientes de Puerto Cabello, la familia Brunicardi se mudó frente a mi casa en la avenida 105 de la urbanización Guaparo. Allí, en un corredor posterior de su casa, que daba al jardín, desplegaron una auténtica maravilla navideña. Un belén de dimensiones casi épicas, comparable solo al de los Salesianos, que transformaba ese espacio en un pequeño mundo bíblico. Para mí, todavía una niñita, era la cumbre de lo que un nacimiento casero podía ser. El secreto, me contaron después, residía en el amor que Aida, la madre de la familia, le imprimía a esta laboriosa y entrañable tradición.
Ahora, había algo que nos encantaba a mi hermanito Miguel Ángel y a mí, y era cuando mis padres nos llevaban, junto a algunos vecinos y a los familiares que vinieran de Caracas, a ver los nacimientos que montaban en Valencia. Recorríamos el centro. Uno muy famoso era el de los Marrero. Jesús María Marrero y Carlota Arcay de Marrero eran muy amigos de mis tíos abuelos Luisa Elena Codecido de Paz y Miguel Paz, así que con ellos íbamos cada año a ver su famoso nacimiento, que hoy sé, gracias a Diego Trejo y sus 'Vestigios del Pasado', que es el más antiguo de Valencia. La tradición comenzó con el Dr. Simón Marrero, papá de Jesús María, hace ciento cincuenta y un años. Era apenas un adolescente y él mismo fue haciendo las figuras, inspirado en la historia de San Francisco de Asís.
Cuando conocimos el nacimiento de los Marrero, recuerdo que tenía algunas figuritas que se movían y Margarita Marrero, se acompañaba del órgano para cantar aguinaldos. Y hoy en día la tradición se mantiene, aunque con un cambio significativo: originalmente estaba abierto hasta el 2 de febrero, día de la Candelaria, pero por el pedimento de mi querido amigo Paris Milonas, -el fallecido esposo de Margarita- ahora se desmonta el 28 de febrero, día en que él cumplía años.
La tradición de belenes en Valencia también tiene sus capítulos de nostalgia. En San Blas, el famoso nacimiento mecánico del relojero don Jesús López -padrino de mi suegra, Carmen Landrove de Ramos- era una parada obligada para familias como los Citerio, los Facenda, Cachazo y los Landrove. Con su fallecimiento, aquella maravilla dejó de brillar. Recientemente, en enero de este año, también nos dejó Libia Durán, cuya casa en Prebo, era otro templo navideño. Afortunadamente, su legado y pasión perduran en la Sociedad de Belenistas Jesús Marrero, que reúne a guardianes activos de esta herencia. Entre ellos están Rocco Viapianna (quien mantiene viva la llama en San Blas), Zaida Molina, Nicolás Hernández, G. Ortega -el artífice del nacimiento de la Catedral-, Jesús Calderón, Florinda Vieira y Margarita Marrero. Una de sus más bellas costumbres es la de visitarse entre sí, tejiendo una red de amistad y admiración en torno a los pesebres.
Pero este año hubo un nacimiento que me llegó al alma: el que montaron en la sede de la Cofradía de la Virgen del Socorro. Es un nacimiento criollo, con sus hallacas y su paisaje familiar, donde la valencianidad palpita en un detalle conmovedor: la imagen de la Virgen del Socorro, nuestra Virgen, en los brazos de uno de los campesinos. Marina Bencomo, presidenta de la institución -fundada en 1616-, me comentó que fue elaborado por los cofrades Antonio De Nóbrega y Carmencita Girón, su curadora desde que están en esta nueva sede. Tanto Marina como el vicepresidente, Leopoldo Fadul, extienden su invitación a que los valencianos vayamos a visitar este hermosísimo pesebre.
La sede actual de la Cofradía, en la calle Martín Tovar cruce con Independencia, trasciende su función de simple espacio físico. Este rincón del centro se ha erigido en un símbolo tangible de la fe colectiva, un refugio espiritual que ha evolucionado al ritmo de la ciudad misma. Entre sus muros no solo se resguarda una réplica de la venerada imagen de nuestra amada Virgen del Socorro, sino también la memoria y la devoción de generaciones enteras, que han encontrado aquí un punto de encuentro inquebrantable.
Así, entre recuerdos de nacimientos que se apagaron y otros que renacen con vigor, se teje el alma navideña de Valencia. No es solo una cuestión de fechas o figuras de yeso, sino de latidos compartidos. Es la paciencia centenaria de los Marrero, el eco de los aguinaldos, la nostalgia por el arte mecánico de don Jesús López y de los salesianos y la férrea voluntad de la Sociedad de Belenistas que hoy mantiene viva la llama visitándose, apoyándose, creando. Y es, sobre todo, la capacidad de vernos reflejados en un pesebre criollo, donde hasta la Virgen del Socorro parece haber bajado del altar para estar entre nosotros. Estos nacimientos, en definitiva, son mucho más que una tradición, son el espejo en el que Valencia se reconoce, se recuerda y se renueva, año tras año, en un perpetuo acto de fe en su propia identidad.
Anamaría Correa




