Fabián de Jesús Díaz Bejarano

Este nombre para mí significa mucho, quizás para algunos fue el médico que luchó por tener el Hospital Central de punta en blanco, para otros, un buen articulista, o todo un cronista valenciano, y quizás para los más jóvenes, “la plaza de Prebo”. En mi vida, es parte de mi familia y ahora explico el porqué.

El Dr. Fabián de Jesús Díaz era el padrino de bautizo de mi padre, Juan Correa González. Se había graduado de médico en la Universidad Central de Venezuela en 1930, y había sido discípulo de verdaderos maestros de la medicina como Luis Razetti, Enrique Tejera y Pepe Izquierdo, por nombrar a algunos. Tras finalizar sus estudios, realizó la obligatoria rural en Villa de Cura, donde conoció al amor de su vida, Paula María Carabaño Tosta, "Chuchuita", a quien amé muchísimo.

De regreso a Valencia, y bien enamorado, el joven Dr. Díaz volvió al hogar familiar en la calle Rondón, entre La Paz -hoy avenida Montes de Oca- y Carabobo, que compartía con sus padres, el capitán Fabián de Jesús Díaz y Rosa Bejarano. La casa estaba al lado de la de las González Salas (mi bisabuela paterna y sus hijas) y frente al asilo de las Hermanitas de los Pobres. Fue allí donde instaló su consultorio.

Mi padre era hijo de Bertha González de Correa, la menor de las González Salas. Por esos lazos de vecindad y familia, pasaba más tiempo en casa de sus tías y de su abuela, Carolinita Salas de González Guinán, que en la suya propia. La razón de esta cercanía tiene su origen en una noche de infancia: siendo aún un bebé, mi papá enfermó gravemente con una tos asmática. Mi abuela, desesperada, había acudido a su madre en busca de ayuda.

Fue entonces cuando el Dr. Díaz, alertado por el llanto y la tos del niño, se presentó para asistirlo sin que nadie lo llamara. Su intervención logró una mejora casi milagrosa. El agradecimiento de la familia fue tan profundo que decidieron nombrarlo padrino del pequeño Juan Germán.

El Dr. Fabián de Jesús Díaz Bejarano nació en Valencia el 15 de agosto de 1908 y era el segundo de cinco hermanos. Con apenas veinticinco años, ya había entrado en la vida de mi padre no solo como médico que lo sanó, sino como su padrino de bautizo. Mi papá contaba que el capitán Díaz, papá del Dr. Díaz, tenía un carácter muy fuerte y como él era muy tremendo, el capitán no dudaba en regañarlo, pero aun así él siempre volvía por ahí, a visitar a su padrino, aunque no estuviera. En la casa había un baño que el capitán consideraba su territorio exclusivo. Para asegurarse de que nadie más lo usara, le había puesto un candado en la puerta, y solo él guardaba la llave; además, por dentro tenía una aldaba para no ser sorprendido en sus funciones.

Un día, aprovechando que el capitán estaba… ocupado en sus aposentos privados, a ese niñito travieso que era mi papá, se le ocurrió una idea fabulosa: correr el candado (que estaba abierto) y dejarlo cerrado. Lo peor: la única llave estaba dentro con el capitán, y era imposible pasarla por debajo de la puerta.

Mi padre recordaba hasta el final de sus días, entre risas, cómo se escabulló calladito de vuelta a casa de su abuela, mientras los gritos del capitán Díaz resonaban en toda la manzana. Como es de imaginar, el único sospechoso obvio fue mi papá, y aquella travesura, por brillante que fuera, le valió su merecido castigo.
Se casó Fabián de Jesús Díaz Bejarano con Chuchuita Carabaño en 1935, y al año siguiente nació Juan José, su hijo mayor. Para todos era "John", y para mi papá su hermano menor. Mi padre contaba que, aunque él le llevaba casi cuatro años, eran inseparables. Entre sus recuerdos más felices estaban aquellos en los que el padrino los llevaba en su carro -con chofer incluido- a visitar pacientes. Esos paseos, más que un simple viaje, eran una aventura que a los dos les encantaba.

Y estuvieron juntos toda la vida. Todavía recordamos su programa televisivo en NC Televisión: “Aquí y al lado”, con Juan Correa y John Díaz Carabaño.
Más allá de su consulta, el Dr. Fabián Díaz Bejarano dejó una huella profunda en Valencia desde tres frentes: como gestor de la salud pública, dirigiendo el Hospital Central y la Sanidad Rural; como líder del gremio médico, presidiendo el Colegio de Médicos y fundando su asociación; y como intelectual y ciudadano comprometido, ejerciendo como profesor universitario, historiador de la medicina y presidente de sociedades cívicas.

Esta trayectoria integral le valió el reconocimiento de sus pares, con el Premio "Guerra Méndez", y de la
comunidad, con la Medalla de "Buen Ciudadano" y la Orden Pontificia de San Silvestre, otorgada por Su Santidad el Papa.

De hecho, conversando con mi marido, Sergio Ramos, sobre la supuesta foto del Dr. Díaz que
adorna la plaza que lleva su nombre, y que no tiene nada que ver con él, me contó mi esposo,
que el Dr. Díaz fue su profesor en su carrera de médico y que varias veces Sergio lo llevó hasta
su casa desde el Hospital Central y las conversaciones eran muy amenas, donde recordó las
enfermeras alemanas que trabajaban allá y hasta lo regañaban si no se limpiaba los zapatos
antes de entrar.

También fue presidente de la Sociedad Amigos de Valencia, que hoy tengo el honor de presidir
y muchas veces lo siento cerca, cuando reviso sus libros “Gentes y cosas de Valencia” y la
biografía de Santiago González Guinán, que realizó conjuntamente con María Clemencia
Camarán. Porque el Dr. Díaz también fue un valenciano que amó su tierra y su gente y la cuidó.

Fabián Díaz Bejarano y Chuchuita tuvieron cuatro hijos, John, Magaly, Fabián de Jesús y
Gloria. A todos los quiero, pero a “Fabiancito” -que ahora es Fabián-, además lo admiro mucho.
Fabián hijo es abogado, miembro de la junta directiva del Ateneo de Valencia, aquel cuya sede
expropió el gobernador Luis Felipe Acosta Carles y miembro de la junta directiva de la
Sociedad Amigos de Valencia, por lo cual estamos en contacto permanentemente. Para mí, un
hermano de la vida y su esposa Elihedilia Arteaga, mi cuñada.

Quisiera aprovechar para hacer un llamado a la Alcaldía de Valencia: además de colocar la
fotografía correcta, que se le devuelva el nombre original a ese espacio. No es la “Plaza Fabián
de Jesús Díaz”. En 1991, sus fundadores -el rector de la Universidad de Carabobo, profesor
Elis Mercado Matute, y el entonces alcalde Omar Sanoja Breña- lo bautizaron como “Parque
Universitario Fabián de Jesús Díaz”.

Por eso, cuando pienso en él, no me viene a la mente ese rincón de la ciudad -aunque lo
adorna un retrato equivocado-, ni su cargo de director de hospital o de presidente del colegio
de médicos. Pienso en el joven que salió corriendo con su maletín hacia el llanto de un bebé,
en el padrino que abría las puertas de su casa y de su carro a un niño, y en el amigo cuya
familia se fundió con la nuestra. 

Su grandeza pública es innegable, pero la huella que perdura en el corazón es más íntima y poderosa: la del gesto bondadoso que, nacido de una tos en la noche, creó un lazo indisoluble. Así como lo logró con mi familia, estoy segura de que tocó de manera similar la vida de muchos otros valencianos que lo quisieron.

anamariacorrea@gmail.com

Únete a nuestros canales en Telegram y Whatsapp. También puedes hacer de El Carabobeño tu fuente en Google Noticias.

Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

Newsletters

Recibe lo mejor de El Carabobeño en forma de boletines informativos y de análisis en tu correo electrónico.

Fabián de Jesús Díaz Bejarano

Anamaría Correa
[code_snippet id=10 php format]