Del trabajo que queremos al trabajo que hacemos (*)

Todos queremos un trabajo que sea flexible, con propósito, que impacte positivamente al mundo y que, además, nos deje tiempo libre para viajar, estar con la familia o cultivar hobbies


La responsabilidad es compartida. Tanto las empresas tienen que evolucionar para entender que los trabajadores somos personas integrales, no solo recursos
.
M. Sáenz

Es un tema súper interesante y muy relevante para todos hoy en día. Maite Sáenz siempre tiene una visión hiper aguda sobre cómo nos movemos en el mundo profesional, así que vamos a sumergirnos en este texto, ¿te parece?

El escrito "Del trabajo que queremos al trabajo que hacemos" es una reflexión fascinante sobre la brecha -a veces abismal- que existe entre nuestras aspiraciones ideales y la realidad cotidiana de nuestras jornadas laborales. Imagínate esto: vivimos en una época donde se nos dice constantemente que debemos buscar nuestra "pasión", que el trabajo debe realizarnos plenamente y que, si no somos felices en nuestra oficina, algo estamos haciendo mal. Pues bien, Maite desmenuza esta idea con mucha empatía y realismo. Para empezar, ella nos plantea que la expectativa ha subido tanto que se ha vuelto una trampa. Todos queremos un trabajo que sea flexible, con propósito, que impacte positivamente al mundo y que, además, nos deje tiempo libre para
viajar, estar con la familia o cultivar hobbies.

Es el "trabajo perfecto". Pero, ¿qué pasa cuando nos enfrentamos a la realidad? Nos topamos con burocracia, jefes que quizás no entienden nuestras necesidades, tareas repetitivas y la lucha diaria por conciliar.
El núcleo de su reflexión gira en torno a cómo la disonancia entre lo que deseamos y lo que ejecutamos genera una frustración constante: una disonancia cognitiva. No es que seamos exigentes porque sí; es que el mercado y la cultura actual nos venden una narrativa de "trabajo soñado" que rara vez se ajusta a la estructura tradicional de las empresas. Maite nos invita a mirar esta situación no como un fracaso personal, sino como un síntoma de un cambio de era.

Uno de los puntos clave que ella destaca es el desgaste emocional de la flexibilidad. A veces, creemos que trabajar desde casa o tener horarios libres es la solución mágica, pero… ella señala que esto -a menudo- se convierte en una "hiperconectividad". Terminamos respondiendo correos a las 9 de la noche porque, como tenemos "flexibilidad", sentimos que nunca realmente "salimos" del trabajo. Es una paradoja, ¿verdad? Queremos libertad, pero terminamos atados por la tecnología y la disponibilidad constante.

Otro aspecto súper importante que aborda es la importancia de los vínculos h umanos. En el afán de optimizar y digitalizar todo, a veces olvidamos que el trabajo, en su esencia, es un espacio de interacción. Maite argumenta que mucho de lo que nos hace sentir satisfechos en un empleo no es solamente el sueldo o el puesto, sino el sentido de pertenencia. Cuando sentimos que nuestras tareas tienen un propósito tangible y que estamos acompañados por un equipo, esa brecha entre "el trabajo que quiero" y "el trabajo que hago" se reduce un poquito.

Ella también nos habla sobre el concepto de "rediseñar el hacer". No siempre podemos cambiar el trabajo que tenemos de un día para otro, ni podemos renunciar en cuanto algo no nos gusta (¡ojalá fuera tan fácil!). Por eso, la propuesta es aprender a negociar con nuestra propia realidad. ¿Cómo podemos inyectar pequeñas dosis de eso que amamos en lo que hacemos hoy? Quizás es proponiendo un proyecto nuevo, cambiando la manera en que gestionamos nuestras reuniones o simplemente poniendo límites más claros para proteger
nuestro bienestar.

Lo que más me gusta del enfoque de Maite es que nos quita la culpa. Muchas veces nos sentimos mal porque "deberíamos estar más agradecidos" o porque "otros estarían encantados con mi puesto". Ella nos recuerda que tener ambiciones y buscar bienestar no es un capricho. Es, de hecho, la única forma de evitar el burnout (ese agotamiento tan feo del cual todos oímos hablar: la mente se fundió).

También toca un punto sensible: la trampa del salario emocional. Las empresas nos ofrecen frutas en la oficina, futbolines o charlas de bienestar, y aunque son gestos lindos, a veces se usan para maquillar problemas de fondo, como la falta de oportunidades de crecimiento o un ambiente tóxico. Ella nos incita a ser críticos: el "trabajo que queremos", ¿es realmente ese paquete de beneficios superficiales, o es algo mucho más profundo, como la autonomía y el respeto por nuestro tiempo?

Hacia el final, la reflexión nos deja una tarea pendiente: “la responsabilidad es compartida”. Tanto las empresas tienen que evolucionar para entender que los trabajadores somos personas integrales, no sólo “recursos”, como nosotros mismos tenemos que ser más honestos sobre qué es lo que realmente nos hace
felices.

El problema no es tanto que el mundo del trabajo sea hipócrita como que es mucho más fácil declarar principios que soportar las consecuencias de aplicarlos. Y ahí están los platos; no basta con que las organizaciones cambien, también hemos de cambiar nuestra manera de habitarlas.

Las madres sabemos mucho de reciprocidades y de gotas que colman vasos, por eso somos pesadas, inoportunas y plastas. ¡Los platos sucios sí que son una lata! Voy ahora mismo a recordar que son propiedad de todos en la república interdependiente de mi casa.

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( * ) Este escrito fue realizado por la Dra M. Saenzs CEO de ORH, plataforma de conocimiento e innovación en gestión estratégica de personas en las organizaciones.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Chichí Páez
Chichí Páez
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