Mi amiga Marcolina me comentaba hace unos días, con cierta angustia, su preocupación por la memoria de su madre.
—¿Se le olvidan las cosas? —le pregunté.
—¡No! Al contrario, se acuerda de todo.
—¿Entonces cuál es el problema?
—Que cuando lo recuerda, ya es tarde. Vamos en el avión y es cuando le entra la lucidez: «Dejé la manguera abierta, la llave del gas sin cerrar y el aire prendido». Le digo que anote las compras en un papel y, al llegar al supermercado, me dice que se le olvidó la lista.
Traté de disimular la sonrisa que se dibujaba en mi rostro al escuchar lo que me decía, porque vino a mi memoria el recuerdo de mi primer auto. En esos tiempos, cuando el motor fallaba, la revisión era simple y metódica: batería, carburador o distribuidor. Dentro del distribuidor estaban los platinos, unos pequeños contactos metálicos cuya separación podía ser regulada por un pequeño tornillo. Si esta separación fallaba por un milímetro, la chispa en las bujías no salta en el momento preciso. La mezcla de gasolina y aire podía estar bien, pero la explosión ocurría a destiempo. Me preguntaba si con la memoria de su mamá no estará sucediendo algo parecido: la información existe en su mente, pero el «tiempo de encendido» falla. ¡Tiene la chispa atrasada!
Asociar de inmediato cualquier olvido con el mal de Alzheimer es un error frecuente y apresurado. Esos diagnósticos solo corresponden a una rigurosa evaluación médica. La realidad es que los despistes nos ocurren a todos, a cualquier edad. ¿Quién no ha perdido los lentes teniéndolos sobre la cabeza, o vuelto loco buscando las llaves? Muchas veces no es un problema del cerebro, sino de concentración y orden. Si en una fiesta nos presentan a cinco personas, es perfectamente normal olvidar sus nombres a los pocos minutos: nuestra atención estaba en el saludo, no en fijar el dato. De igual forma, si guardamos los libros de una biblioteca, en cualquier tramo al azar, encontrarlos después demandará más tiempo. La memoria necesita orden y atención en el momento del almacenamiento de la información.
El Dr. Daniel López Rosetti, destacado médico argentino, nos explica que existen dos tipos principales de memoria: la de corto plazo y la de largo plazo.
Memoria a corto plazo. Retiene datos de forma efímera —como un número de teléfono que anotamos y olvidamos de inmediato—. Solo se conserva aquello que consideramos útil y de interés.
Memoria a largo plazo. Dentro de esta encontramos la memoria episódica, la semántica y la procedimental:
Memoria episódica. Guarda las vivencias marcadas por el afecto y la experiencia personal: el primer amor, el nacimiento de un hijo, el grado universitario o el susto que pasaste cuando te atracaron. Lo que se registra en la memoria con emoción es difícil de olvidar, porque la emoción es el mejor cemento para fijar los recuerdos.
Memoria semántica. Es el archivo de datos generales y conocimiento acumulado: recordar qué es una manzana, que la capital de Francia es París, o los conceptos técnicos desarrollados durante una carrera profesional.
Memoria procedimental. Abarca las habilidades aprendidas a lo largo de la vida que difícilmente se olvidan: andar en bicicleta, conducir un automóvil o ejecutar un instrumento musical.
Además, olvidar no solo es normal, sino vital. Si el cerebro registrara cada estímulo irrelevante del día, colapsaría. Es el mismo principio de nuestros teléfonos celulares inteligentes: si no liberamos espacio, se saturan. El cerebro humano realiza esa «limpieza de disco duro» y la consolidación de recuerdos durante las fases profundas del sueño. Si no duermes bien, no puedes esperar tener buena memoria.
Así que le dije a mi amiga: deja de estar consultando a un amigo ingeniero. Nada sustituye a la evaluación de un médico. Para tu tranquilidad, lleva a tu mamá, con amor y sin miedo, a un neurólogo.




