¿Por qué ser un bastón pudiendo ser un gran paraguas?

Leonel Alvarez

Soy un caballero inglés, pero de origen chino, como la mayoría de los de mi especie. Visto de elegante negro y luzco un mango que simula ser de fina madera. La razón de mi existencia es la lluvia, pero hasta hace poco no había corrido con suerte. Fui a parar a manos de una señora mayor que casi nunca salía y, mucho menos, bajo una tormenta. Me utilizaba exclusivamente como bastón para sostener su pesada humanidad, obligándome a soportar el peso de todo su cuerpo al andar. Aquello estaba originando una escoliosis que deformaba mi esbelta figura.

Afortunadamente, los paraguas somos propensos al extravío. La primera oportunidad que tuve no la desperdicié: estando en un restaurante, me fui deslizando poco a poco hasta caer al piso sin hacer ruido y me acomodé debajo de un largo sillón, donde pasé desapercibido varios días.

El lunes siguiente me sacudió el golpe de un cepillo al barrer. Escuché una voz ronca decir: “Vaya, vaya, miren lo que hay acá”, mientras una mano me tomaba del mango. Entonces recibí mi primer cumplido en años: “Y está bien bueno”. Comprobé que los halagos son excelentes medicinas, porque inmediatamente sentí cómo mi torcida columna se enderezaba como por arte de magia. Traté de lucir amable y la señora de la limpieza, sonriente, le dijo a su compañera que me llevaría a objetos perdidos, pero que si nadie me reclamaba en una semana, me regalaría a su hijo.

Así cambié de dueño y llegué a manos de Martín, un diseñador gráfico que camina a diario varias cuadras hasta el metro. Fui muy bien recibido; el primer día me mostró con orgullo a sus compañeros. La felicidad era mutua: me sentía a gusto con él y, colgado de su antebrazo, agregaba distinción y elegancia a su indumentaria.

Esa misma noche, al salir de la oficina, comenzó a llover torrencialmente. Martín se tomó su tiempo para abrirme y tomamos un atajo cruzando el parque. ¡Esto sí era vida!: mi primer baño en mucho tiempo. Al principio temí no cumplir mi deber tras años sirviendo de bastón, pero enseguida recobré la confianza. Recordé lo placentero que es el trabajo cuando se realiza con agrado y con la certeza de que las propias destrezas bastan para vencer cualquier reto.

Es indescriptible la sensación de millares de gotas chocando sobre mi piel y verlas deslizarse hacia los bordes. ¡Por primera vez la lluvia me hacía fluir! Comprendí los años tristes que viví asumiendo actitudes duras y rígidas cuando, por naturaleza, soy flexible y abierto. Jamás perdí la esperanza ni me rendí ante lo que parecía un destino irremediable. Estar consciente de mis fortalezas y aprovechar al máximo mi verdadero propósito me ha dado grandes gratificaciones. Ahora siento la honda satisfacción del servicio prestado, y eso ha dado pleno sentido a mi existencia.

Cuando voy por la calle contemplo a tantas personas que caminan resignadas hacia empleos donde no tienen la oportunidad de hacer lo que mejor saben. Ojalá este relato de un viejo paraguas las impulse a buscar espacios donde puedan poner sus talentos al servicio de los demás y disfrutar de lo que realmente les apasiona. Al final, la verdadera libertad no consiste solo en escapar de lo que nos oprime, sino en abrirnos por completo a aquello para lo cual fuimos creados.

Lionel Alvarez Ibarra

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Leonel Alvarez
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