Recientemente, en la sala de espera de una clínica, fui testigo involuntario de una conversación. Una joven intentaba reconfortar a una madre cuyo hijo se encontraba hospitalizado: Tiene que agradecer que su hijo está vivo y recibiendo tratamiento —le decía—. Fíjese en la gente de La Guaira que perdió a sus hijos y sus viviendas; ellos sí que están peor.
De inmediato vino a mi memoria el viejo refrán: “Mal ajeno, consuelo de tontos”. Me quedó flotando la duda de si aquellas palabras de la joven realmente lograban tranquilizar a la afligida señora. Los proverbios suelen encerrar una gran sabiduría popular y, en este caso, la lección era evidente. Por ello me parecía que el consejo basado en esa comparación no era válido. Tras consultar diversas fuentes y conversar con una psicóloga amiga, ella me confirmó que la psicología respalda plenamente al sabio dicho: la desgracia ajena jamás sana la propia.
Las palabras de la muchacha rozan la delgada línea que separa a la empatía genuina de lo que en psicología se denomina “invalidación emocional”. Intentar consolar mediante la comparación no es una estrategia efectiva; al contrario, suele resultar profundamente contraproducente.
Cuando alguien atraviesa un trance doloroso —una enfermedad, una pérdida, una mala racha— y recibe como consuelo un “mira a los que están peor”, el mensaje implícito que se le envía es demoledor: “Tu dolor no es legítimo” o “No tienes derecho a sentirte mal”.
Esta lógica no disminuye el sufrimiento de quien padece. La madre no solo continúa sufriendo por la salud de su hijo, sino que ahora se le suma el remordimiento por sentirse “malagradecida” o por sufrir “sin motivo suficiente”.
Al exigirle gratitud en medio de la zozobra, se confunde la gratitud real con la resignación comparativa. La psicología positiva —a través de autores como Tal Ben-Shahar o Martin Seligman— promueve con fuerza la gratitud genuina: esa que nace del reconocimiento y la apreciación consciente de lo que se tiene, y no del contraste con el dolor del vecino. Buscar el bienestar en el espejo de la desgracia ajena es una trampa cognitiva que solo ofrece un alivio momentáneo y éticamente incómodo.
Quienes acuden a frases como “agradece que al menos tienes salud” suelen hacerlo movidos por la buena intención, pero también por la necesidad inconsciente de mitigar su propia incomodidad ante el dolor del otro.
Frente a la comparación, la psicología sugiere la sintonía empática y la validación. Lo primero que necesita una persona afligida es sentir que su emoción es comprendida y respetada: “Entiendo que esto que estás pasando es muy duro”, “Es natural que te sientas así”. Muchas veces no se requiere tanta palabrería ni sermones; basta con la presencia serena, la escucha atenta y el abrazo silencioso.
El dolor de cada ser humano es único y merece ser acogido en su justa dimensión, sin la necesidad de medirlo con la regla de la tragedia ajena.




