Shostakovich: componer con la maleta lista

Dmitri Shostakovich nació en 1906 en San Petersburgo y desde muy joven dejó claro que era un músico fuera de lo común

No recuerdo exactamente cuántos años tenía cuando escuché por primera vez música de Shostakovich. Lo que sí tengo clarísimo es una clase buenísima de análisis musical en el Real Conservatorio de Madrid -para nosotros, simplemente “Atocha”-, en la que el maestro Juan Carlos Barbero nos fue desarmando, con calma y paciencia, la estructura, las armonías, los contrapuntos y todo el contexto del Cuarteto de cuerda n.º 8 en do menor, Op. 110, esa obra que Shostakovich dedicó “a las víctimas del fascismo y la guerra”. Ahí volví a darme cuenta, una vez más, como decía César Miguel Rondón, de que la música, al final, no es más que un pretexto.

Para quienes no lo conocen, Dmitri Shostakovich nació en 1906 en San Petersburgo y desde muy joven dejó claro que era un músico fuera de lo común. Pianista talentoso, estudiante brillante y compositor precoz, a los 19 años ya había estrenado su Primera Sinfonía, una obra fresca, inteligente y llena de ironía que lo convirtió en una de las grandes promesas de la música soviética. Todo parecía indicar que su carrera sería larga, cómoda y respetada.

Pero el contexto histórico tenía otros planes. Mientras Shostakovich crecía como artista, también se consolidaba un Estado cada vez más autoritario, dirigido por Stalin. En la Unión Soviética, el arte no era un asunto privado: debía servir al proyecto político. La música tenía que ser clara, optimista, heroica y “útil” para el pueblo. El Estado no solo apoyaba a los compositores: les decía cómo debían sonar.

El momento decisivo llegó en 1936. Su ópera Lady Macbeth del distrito de Mtsensk, que había sido un éxito rotundo, fue vista por el mismo Stalin en el Teatro Bolshói. Al dictador no le gustó en absoluto. Abandonó la sala antes de que terminara la función. Dos días después, el periódico oficial Pravda publicó un artículo demoledor titulado “Caos en lugar de música”. Allí se acusaba a la obra de vulgar, ruidosa y antipopular. En ese contexto, una crítica así no era una opinión: era una amenaza directa.

A partir de ese momento, Shostakovich pasó a vivir con miedo. Sus obras dejaron de tocarse, los encargos desaparecieron y su nombre quedó marcado. Es aquí donde aparece una de las anécdotas más conocidas -y más inquietantes- de su vida:
El libro Testimony (Testimonio), publicado en 1979 y atribuido a Solomon Volkov, comenta que Shostakovich dormía vestido, con una pequeña maleta preparada, por si en la madrugada tocaban la puerta para llevárselo arrestado, una especie de operación “tuntún”. La idea era simple y terrible: no despertar a su familia, salir en silencio y asumir el destino que tantos otros artistas ya habían sufrido.

En ese libro se describen con detalle el miedo constante del compositor durante los años del gran terror estalinista, incluyendo este hábito de dormir preparado para el arresto. Con el tiempo, algunos musicólogos han debatido la total fiabilidad del libro, pero muchos testimonios independientes coinciden en que el miedo era real y permanente, incluso si algunos detalles pueden haber sido exagerados con los años. En cualquier caso, la anécdota se ha convertido en un símbolo poderoso de aquella época.

En medio de ese clima asfixiante, Shostakovich compuso su Quinta Sinfonía, estrenada en 1937. Oficialmente fue presentada como “la respuesta obediente de un artista soviético a la crítica justa”. La obra cumplía con lo que el sistema exigía: cuatro movimientos, una forma clara, un lenguaje más tradicional y un final aparentemente triunfal. Las autoridades quedaron satisfechas.

El público, sin embargo, reaccionó de otra manera. Muchos lloraron durante el estreno. No eran lágrimas de celebración, sino de reconocimiento. Algo en esa música hablaba de ellos, de su miedo, de su cansancio y de su necesidad de seguir viviendo. La Quinta Sinfonía puede escucharse como una sinfonía heroica, pero también como una obra llena de tensión, ironía y dolor contenido. El famoso final, tan fuerte y brillante, ha sido interpretado por muchos como una alegría forzada, casi obligatoria, como si la música dijera: “esto es lo que esperan que sienta”.

Aquí aparece una de las grandes lecciones de Shostakovich: la música puede decir cosas sin decirlas explícitamente. Como no podía protestar con palabras, lo hacía con sonidos. Cumplía con la forma que el sistema pedía, pero cargaba la música de ambigüedad, de gestos incómodos, de emociones que no encajaban del todo con el discurso oficial. Su obra se volvió un lenguaje secreto entre el compositor y el oyente atento.

Esa manera de crear lo acompañó durante toda su vida. Incluso después de la muerte de Stalin, Shostakovich nunca fue completamente libre. Compuso quince sinfonías y una serie de cuartetos de cuerda que muchos consideran su obra más personal. Allí, lejos de los grandes discursos públicos, pudo ser más íntimo, más honesto, más humano.

La música de Shostakovich ha tenido una presencia profunda en la vida sonora venezolana. Sus obras han sido interpretadas por las principales orquestas del país y estudiadas por generaciones de músicos. En el contexto de El Sistema, su música ha servido para formar no solo instrumentistas, sino oyentes sensibles, capaces de entender que una partitura también puede contar una historia de vida.

No es casual que Shostakovich resuene tanto en países con historias complejas. Su música nos recuerda que el arte puede sobrevivir incluso cuando la libertad está en peligro. Que a veces no grita, no acusa, no denuncia abiertamente… pero deja huella. Escuchar a Shostakovich es escuchar a un hombre componiendo mientras el miedo duerme en la habitación de al lado. Sin embargo, nunca se fue de su país. Murió en Moscú en 1975, tras una vida marcada por la enfermedad, la presión política y una lucidez creativa implacable.

Ian MacDonald, en su libro “The New Shostakovich”, escribe que, en 1960, Shostakovich ingresó al Partido Comunista, no por convicción, sino por presión institucional. El régimen lo exhibió como artista oficial, mientras su música, paradójicamente, seguía diciendo cosas que el sistema prefería no oír. Esa paradoja lo acompañó hasta el final: crítico por dentro, funcional por fuera.

Quizás por eso su figura sigue siendo tan poderosa. Porque más allá de si dormía o no con una maleta lista, lo cierto es que vivió componiendo como si cada obra pudiera ser la última. Y aun así, eligió no callar.

Los invito a escuchar la Quinta Sinfonía de Dmitri Shostakovich, interpretada por la Frankfurt Radio Symphony, bajo la dirección de David Afkham: https://www.youtube.com/watch?v=cg0M4LzEITQ juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Shostakovich: componer con la maleta lista

Juan Pablo Correa
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