Descansar no es rendirse

Descansar sí. Siempre que sea para volver. Para tomar impulso. Para profundizar. Pero que nunca sea un descanso vacío, anestesiado, resignado

Este año que recién estrenamos marca para mí una década de vida en Argentina. Un país generoso y entrañable, al que le debo mucho, y desde el cual represento, con orgullo y nostalgia, a tantos compatriotas que, agradecidos en el alma, hemos echado raíces en estas tierras del sur.

Tal vez no todos lo sepan, pero en Argentina, como en otros países que miran al polo sur, el cierre del año escolar coincide con el final del calendario. Enero, febrero y marzo se abren entonces como un largo paréntesis de vacaciones familiares, de pausas necesarias, de respiros.

Son meses en los que Buenos Aires se vacía lentamente, se abandona al calor intenso y se deja rodear por turistas que escapan del frío nórdico. La ciudad cambia de ritmo, de sonido, de ánimo. Porque para el argentino, la Navidad y el Año Nuevo no solo marcan el paso del tiempo, sino también el descanso y una pausa en la rutina. Y eso me hizo reflexionar un poco acerca de lo que significa lo que es el descansar.

En la vida de cualquier persona hay pausas necesarias y pausas peligrosas. Algunas regeneran el cuerpo y la mente; otras, en cambio, nos hunden en una sensación insidiosa de estancamiento. El miedo al descanso muchas veces no nace del deseo de superación, sino del temor a caer en algo peor: el conformismo. Ese estado en el que uno se convence de que “así está bien”, cuando en el fondo sabe que está abandonando sus sueños.

Expongo dos ejemplos. Estamos en 4° año de bachillerato y nos preparamos para un examen de biología. Estudiamos días enteros. Presentamos el examen y sacamos una excelente nota. Pero al día siguiente no recordamos nada de lo estudiado. Etapa superada, etapa olvidada. Segundo ejemplo: Estamos de viaje, nos registramos en un hotel y nos asignan la habitación 12-5. Ese número no se borra durante la estadía en ese lugar, pero apenas hagamos check-out, se nos borra automáticamente. Esa memoria útil, pero de muy corto plazo, sucede en la música que se estudia académicamente. Nos preparamos para una pieza hasta el día del examen. Luego, la abandonamos en algún rincón de la mente.

El descanso bien entendido es una herramienta de trabajo, pero confundido con la comodidad, puede volverse una excusa. Pregunta para los músicos, en especial a mis estudiantes: ¿Cuántas veces dejamos de estudiar una obra difícil, de insistir en una técnica compleja, no por cansancio real, sino porque descubrimos que el mínimo esfuerzo ya nos da una falsa sensación de logro? En ese momento, el descanso deja de ser pausa y se convierte en rendición, en resignación.

El músico que se detiene sin conciencia crítica puede comenzar a repetir lo que ya sabe, a tocar lo que ya domina, a quedarse en la zona segura del repertorio cómodo. Y aunque diga que está “tomándose un tiempo”, en realidad está construyendo una rutina de abandono lento. El conformismo no grita: susurra. No dice “ríndete”, dice “ya hiciste suficiente”.

Este peligro se agrava en contextos culturales donde la frustración colectiva alimenta una ética de “lo posible”. En muchos países golpeados por crisis o carencias, luchar por un ideal artístico se ve como una necedad, una fantasía. Y quienes siguen estudiando, componiendo o soñando con grabar un disco o tocar en otro país, son vistos como ingenuos. La mediocridad disfrazada de realismo es otra forma de conformismo.

Para el músico que todavía resiste, cada descanso mal gestionado puede volverse una grieta por donde se cuela el abandono. “Deja de estudiar unos días, total no vas a vivir de esto”, dice la voz interior. “Eso es para gente con dinero, con contactos, con suerte”. El descanso se vuelve así una forma de silenciosa claudicación: ya no es una pausa entre esfuerzos, sino un refugio del miedo.

Y, sin embargo, también existe el otro extremo: el miedo a descansar por temor a parecer conformista. Este miedo puede llevarnos a la autoexplotación. A estudiar / trabajar sin parar, a ignorar el agotamiento, a no permitirnos la duda, a generar culpa al pausar. Quien no quiere conformarse se exige más allá de lo sano. Y así como descansar en exceso nos aleja de la excelencia, el nunca descansar nos acerca al colapso.

El secreto está en el equilibrio lúcido: reconocer cuándo descansamos para cuidar el fuego interior y cuándo lo hacemos para apagarlo. Saber cuándo estamos reponiendo fuerzas y cuándo estamos, en el fondo, desertando de nosotros mismos. Porque no todos los que descansan se rinden, pero muchos que se rinden empiezan diciendo “solo me estoy tomando un tiempo”.

Sin embargo, hay otro nivel más profundo de esta aversión al descanso: una tensión ideológica y cultural heredada. Quienes crecimos en contextos de luchas políticas, de crisis nacionales o de discursos heroicos, arrastramos una sensación de deuda constante. Como si siempre se nos exigiera un sacrificio mayor, una entrega sin tregua. Descansar equivale a desertar.

Albert Camus escribió: “El verdadero artista no se conforma nunca. Siempre está intentando decir mejor lo que no puede ser dicho”. En este sentido, el músico que ama su oficio descansa, sí, pero no olvida. La pausa no es olvido, es preparación. Es cargar las pilas. No es negación, es estrategia. El conformismo, en cambio, se alimenta de olvido: de la memoria anestesiada de lo que soñábamos ser.

También hay un conformismo que se disfraza de éxito. El que dice: “Ya estoy bien así. Ya toqué en tal sitio. Ya me aplaudieron (o ya aprobé el examen)”. Ese conformismo puede ser el más peligroso, porque viene con diplomas, con seguidores, con aplausos. Pero el artista verdadero sabe que los logros no son techo, sino piso. Lo importante no es lo que ya se hizo, sino lo que aún vibra como posibilidad.

La música, como la vida, se mueve en dinámicas: tensión y resolución, sonido y silencio, acción y pausa. Aprender a descansar sin conformarse, a pausar sin desertar, es quizás una de las lecciones más difíciles del camino artístico. Implica valentía para mirarse sin engaños y compromiso para seguir, incluso cuando el entorno invita a detenerse.

Descansar sí. Siempre que sea para volver. Para tomar impulso. Para profundizar. Pero que nunca sea un descanso vacío, anestesiado, resignado. Que cada pausa lleve escondida una promesa: la de volver a tocar con más honestidad, más fuerza y más verdad. Porque los sueños -musicales, personales o patriótico/democráticos- no mueren por falta de talento, sino por exceso de conformismo.

Señores, es momento de tomarnos un descanso. De una semana o de dos meses, lo que sea necesario. La mente, el cuerpo, el corazón lo piden. Y en medio de este descanso, expreso mi más ferviente deseo de que tengamos, todos, un año maravilloso.

juanpablocorreafeo@gmail.com 

Únete a nuestros canales en Telegram y Whatsapp. También puedes hacer de El Carabobeño tu fuente en Google Noticias.

Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

Newsletters

Recibe lo mejor de El Carabobeño en forma de boletines informativos y de análisis en tu correo electrónico.

Descansar no es rendirse

Juan Pablo Correa
[code_snippet id=10 php format]