El Último Beso

Hay temas que parecen estar hechos de un material extraño, casi mágico

La repentina partida de Jorge Chapellín, integrante de Los 007, el pasado 15 de noviembre, golpeó con fuerza a quienes crecieron escuchando su música. Hablar de él y de esa banda tan emblemática merece un artículo aparte; pero, dado lo reciente de su desaparición física, la prensa y los portales se llenaron de homenajes y recuerdos, a los cuales me uno con sincera tristeza.

Y, justamente, aprovechando la memoria viva que despertó la banda, hoy quiero hablar de la canción que menciono en el título. Porque hay temas que parecen estar hechos de un material extraño, casi mágico: sobreviven al tiempo, viajan por países, cambian de acentos y se incrustan en la vida de quienes los interpretan. El Último Beso es uno de ellos.

La canción original nació lejos de Venezuela, en otro idioma, en otra realidad. Cruzó carreteras, culturas y décadas, hasta convertirse en una pieza indispensable de la memoria sentimental de medio continente. Durante años, la gente la bailó con alegría, sin detenerse demasiado en el drama que escondía su letra. Tal vez porque así funciona la música: a veces nos hace mover los pies antes de entender la letra y tocar el corazón.

Detrás de su melodía dulce y su letra desgarrada, se esconde una historia real que comienza en Estados Unidos a finales de los años 50. Wayne Cochran, músico de rhythm & blues y soul, dueño de una presencia escénica arrolladora y casi siempre vestido de gala, compuso Last Kiss inspirado en un accidente automovilístico. Una pareja joven, una carretera oscura, un obstáculo en la vía, un choque fatal.

Podría decirse que no solo narraba un hecho verídico, sino también la triste repetición de miles de tragedias similares que ocurren a diario en las rutas del mundo. Retomando la historia de Cochran: profundamente impresionado por aquel siniestro, transformó ese episodio doloroso en una balada que habla del último instante, del beso que se convierte en despedida: https://www.youtube.com/watch?v=yKDMRZv4SYc 

La canción tuvo un relativo éxito en su país. Nada hacía pensar que, con el tiempo, se transformaría en un clásico continental. Pero así son algunas canciones. Están destinadas a quedarse y esperan su momento.

Retomando: la versión original (en inglés) narra la historia de un joven acompañado por su novia que, mientras conducía el carro de su papá sufre un accidente al intentar esquivar un vehículo averiado en plena vía. Una maniobra desesperada, un impacto inevitable, un final trágico. Todo bastante lamentable pero comprensible. Mas en 1964, el compositor mexicano Omero González tomó la historia de Cochran y la tradujo, digámoslo así, con cierta licencia poética, adaptándola para que las rimas y la narrativa en español encajaran en la canción, pero trastornando la historia en algo un poco más bizarro.

En su versión ya no se trata de un simple, infortunado e inevitable accidente por tratar de esquivar un obstáculo en el camino; ahora el cuento trata de un osado y distraído conductor que, a más de cien kilómetros por hora, en plena oscuridad, se pone a leer y no ve un letrero de desviación, lo pasa sin precaución, sale de la ruta y cae al vacío en un precipicio. La novia, agonizante, pronuncia unas emotivas palabras de despedida y fallece. Entonces, además del cúmulo de imprudencias del torpe chofer, nos sorprendemos del cinismo del sobreviviente quien se lamenta “¿Por qué se fue? ¿por qué murió? ¿por qué el Señor me la quitó?” Una novela de Delia Fiallo se quedó corta, pues.

En ese mismo año, 1964, las voces e instrumentos del grupo mexicano Los Apson dieron a conocer entonces la versión en español de El Último Beso, más melodramática, más novelera. Nota a resaltar: la palabra “enfrenar”, tan criticada en la canción, está aceptada por la RAE como un mexicanismo de frenar. ¡Ahora entiendo!

En 1966, la banda peruana Los Doltons vuelve a grabar esta versión en castellano modificando la palabra “enfrenar”, pero con la misma cantidad de descuidos automovilísticos. Ese mismo año llega a las voces de Los 007 en la versión que todos hoy recordamos como un himno sentimental de la época. A lo largo del tiempo, la han versionado artistas como Alci Acosta, Alberto Vázquez, Leo Dan, Enrique Guzmán, Gloria Trevi, Tamara, y hasta Pearl Jam, entre muchísimos otros.

Los años pasaron, pero El Último Beso siguió ahí: acompañando despedidas, primeras tristezas, nostalgias viejas y nuevas. Hay canciones que se convierten en parte del paisaje emocional de un país, y esta es una de ellas. Para muchos venezolanos, escucharla es regresar automáticamente a la adolescencia, a un grupo de amigos, a una radio de AM, o a una noche donde el amor era sencillo y el dolor era apenas una historia cantada.

En resumen, El Último Beso pasó de un accidente real en Estados Unidos a una balada en inglés; de allí, a una adaptación mexicana; después, a un hit venezolano que marcó generaciones; y hoy, sigue viva, a veces en la voz de los nietos de quienes la bailaron por primera vez.

La música no entiende de fronteras ni de funerales. Wayne Cochran, Omero González, Los 007 y Jorge Chapellín parecen encontrarse todavía dentro de esos acordes que flotan en el aire cada vez que alguien decide volver a cantar la historia del beso final. https://www.youtube.com/watch?v=WNbpmt-3tFw 

juanpablocorreafeo@gmail.com 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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El Último Beso

Juan Pablo Correa
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