Cuando estaba en bachillerato, llegó a mis manos un libro que me marcó: El Arte de Amar de Erich Fromm. Allí su autor explica que amar implica responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento del otro, y distingue entre diferentes formas de amor: el amor fraternal, erótico, filial, maternal, el amor a uno mismo y el amor a Dios. Según el autor, en una sociedad dominada por el consumo y el egoísmo, muchas veces se confunde el amor con la posesión o el deseo de poder, cuando en realidad amar es un acto de entrega genuina que fortalece tanto al que ama como al que es amado.
La música y el amor son fuerzas universales, presentes en todas las culturas y épocas. Ambas nos atraviesan sin pedir permiso y tienen la capacidad de transformar lo cotidiano en algo trascendente. Juntas forman una pareja inseparable que nos acompaña desde los primeros latidos de la humanidad.
Fromm decía que el amor es una decisión, un compromiso activo. En la música pasa lo mismo: no basta con escuchar pasivamente, sino que hay que abrirse a ella, entregarse. El que hace música da un acto de amor, y quien escucha, al recibirla, también participa de ese intercambio afectivo.
Desde tiempos antiguos, la música ha sido el medio para expresar emociones amorosas donde las palabras no alcanzan. Ya los trovadores y juglares medievales lo sabían: una canción podía conquistar el corazón más difícil, porque decía con melodía lo que la voz sola no podía transmitir.
El amor en la música no siempre se viste de alegría. También lo hace en forma de nostalgia, pérdida o tristeza. El bolero, el tango y el blues son testimonios de cómo el dolor amoroso se transforma en arte, y cómo cantar lo que hiere puede ser la mejor forma de sanar.
La ciencia ha confirmado que música y amor hablan el mismo idioma biológico. Escuchar canciones románticas o cantar en pareja libera dopamina y oxitocina, las hormonas del placer y la unión. Lo que los poetas intuían, hoy lo certifica la neurociencia.
Compartir música con alguien querido fortalece vínculos. Todos tenemos “esa canción” que nos recuerda a una persona especial. Con el tiempo, se convierte en un espacio compartido, una especie de álbum sonoro que acompaña nuestra memoria afectiva.
En la ópera, el amor ha sido el motor de las historias más intensas: Tristán e Isolda, La Traviata, Carmen. En ellas, el amor se pinta con colores de pasión, deseo, sacrificio y tragedia. Los compositores encontraron en la música el modo más profundo de narrar lo que late en el corazón humano.
La música popular no se queda atrás. El rock and roll, las baladas románticas, el pop latino y hasta el reguetón han puesto al amor en el centro de sus letras. No hay género que no haya querido contar las aventuras y desventuras del sentimiento más universal.
Pero el amor musical no se limita a la pareja. También se expresa en el vínculo más primario: el de una madre o un padre con su hijo. Las canciones de cuna son actos de amor puro, donde la melodía calma, protege y abraza antes de que las palabras puedan hacerlo. Y lo mismo sucede con el amor a Dios, expresado en hermosísimas melodías: desde los cantos más antiguos, aquellos primeros que fueron escritos, hasta los grupos y coros contemporáneos dedicados a la alabanza.
En los rituales de matrimonio, la música siempre está presente: desde el clásico “Marcha nupcial” (viví de eso muchos años, por cierto), hasta los ritmos locales como grupos bailables, gaitas y mariachis en plena celebración. El amor celebrado públicamente pide ser acompañado por música, como si la melodía sellara el compromiso de las palabras.
El desamor, a su vez, ha generado repertorios completos. El fado portugués, el flamenco andaluz y el ranchero mexicano son ejemplos de géneros que nacen del dolor amoroso. Curiosamente, esas canciones no solo expresan tristeza, también consuelan: al cantar juntos, compartimos la pena y encontramos alivio.
En Venezuela, el folklore ha sido un refugio para hablar del amor. El joropo llanero canta tanto al paisaje como a la persona amada, mezclando la pasión por la tierra con la devoción por el ser querido. El cuatro, el arpa y las maracas se vuelven portadores de afecto y de identidad.
El amor a la patria también se canta. Los himnos nacionales, los cantos de trabajo, las tonadas campesinas y las gaitas zulianas son expresiones de un amor colectivo, que no se dirige a una sola persona, sino a toda una comunidad, a una tierra que nos sostiene. Ese amor patriótico, cuando se hace música, se convierte en fuerza de unión.
Reitero que, para el migrante, la música de origen, bien sea de carácter folklore como la popular, aviva el amor a los recuerdos. Porque la patria significa eso: recuerdos, añoranzas, nostalgias, esperanzas; la música se convierte en un puente que nos ata a la nueva tierra y a la que dejamos atrás.
La música también expresa amor a la amistad y a la familia. Hay canciones dedicadas a la madre, al hermano, al amigo. El amor, entendido como cuidado y ternura, no conoce límites, y la música ha sido siempre su mejor vehículo.
Hoy en día, incluso en la era digital, seguimos usando la música para expresar amor. Una lista de reproducción enviada por WhatsApp puede equivaler a una carta de amor en tiempos pasados. O así como antes se dedicaba un casete o un CD grabado, hoy se envía una playlist. Cambia la forma, pero no el fondo: seguimos confiando en la música para decir lo que sentimos.
Y no podemos olvidar lo esencial: hacer música es un verdadero acto de amor. Amor hacia uno mismo, porque nos conecta con lo más profundo de nuestro ser; y amor hacia los demás, porque cada canción compartida es un regalo que toca el alma del público. Quien canta o toca no solo ejecuta notas: ofrece una parte de sí mismo.
Al final, música y amor son inseparables. La primera le pone melodía al sentimiento más poderoso, y el segundo da sentido a esas melodías que nos hacen vibrar. Cada vez que una canción nos conmueve, entendemos que allí está latiendo la unión perfecta entre el arte de amar y el arte de hacer música.




