Muchas veces, cuando me pongo a escribir, me entran dudas sobre la temática a tratar. La lógica me decía que este artículo debía dedicarlo a César Peña Vigas, mi querido rector de la UNITEC, una de las personas que más he admirado en mi vida y así lo hice.
Hace muchos años, cuando terminé mis estudios en la Universidad de Carabobo, de donde egresaría como licenciada en Educación, mención Matemática, no sé por qué teníamos que esperar cerca de un año para el acto de graduación. Mi papá me sugirió visitar a un amigo suyo, el Ing. César Peña Vigas, que era rector de una nueva universidad: la Universidad Tecnológica del Centro, UNITEC, en Guacara.
Nos fuimos para allá. Llevé mi currículo y mi carta de culminación, y César, muy amable, con esa voz que solo se escucha en los medios de comunicación por su belleza y su dicción perfecta, me dijo que no era posible: mi carta de culminación no era suficiente para que me contratara como profesora. Pero, al ver mi currículo, notó que era egresada de la Universidad Complutense en Grafopsicología y, luego, encontró que había hecho un curso de Biblioteconomía, y me dijo: “Quiero abrir un Centro de Información y Documentación. ¿Quieres ser la directora?”. Por supuesto que acepté. De inmediato me dijo: “Ahora, siendo empleada de UNITEC, sí puedes dar clases”. Y desde ese momento, enero de 1983, fui la directora del CID de la Universidad Tecnológica del Centro, ganando ochocientos bolívares mensuales, sueldo que fue creciendo a medida que aumentaba mi trabajo con horas docentes.
El sistema me impresionó sobremanera. Ofrecían dos carreras: Ingeniería en Información y Ciencias Gerenciales. Pero en ambas la computadora era un requisito obligatorio. No eran años ni semestres, sino trimestres, y las clases eran magistrales, dirigidas a todos los alumnos de primer o de cuarto trimestre, con posteriores clases en cubículos pequeños, donde los docentes nos reuníamos con más o menos ocho alumnos, les explicábamos cualquier duda y hacíamos ejercicios. Por supuesto, las clases magistrales las dictaban los sabios. Recuerdo, en matemática, al maestro Restituto Ferrer.
Un día llegué a la universidad y el estacionamiento estaba casi todo ocupado por unas láminas extrañísimas. Eran placas solares para producir energía eléctrica: la tesis de grado de un grupo de alumnos. Hoy en día no me extrañarían, pero hace más de cuarenta años parecía lo que en realidad era: el futuro.
Mi marido, Sergio Ramos, cuando todavía era mi novio, y yo nos inscribimos en un taller de Lenguaje BASIC, porque queríamos estar a la par de la gente de UNITEC.
Por razones ajenas a mi voluntad, dejé la UNITEC, pero mi vínculo con César Peña Vigas no culminó ahí. De alguna manera, estábamos en contacto.
Hace unos años, cuando asumí la presidencia de la Sociedad Amigos de Valencia, me llamó para ofrecerme su ayuda, porque amaba nuestra ciudad. Una de sus ideas era hacer un sistema de agua que nos beneficiara a todos, y lo explicaba con tal sencillez que uno quedaba esperanzado. Otro de sus sueños estaba en la educación moderna: aprovechar todos los sistemas de comunicación. Nos reunimos varias veces.
Sin duda, César Peña Vigas es una de las mentes más brillantes que he conocido en mi vida. Este año, la Sociedad Amigos de Valencia le pidió que fuera el orador de orden en la ceremonia de entrega de reconocimientos el Día de Valencia, y así se hizo. César ya había recibido este merecido reconocimiento hacía muchos años, de manos de nuestra querida Subdelia Páez de Sevilla, presidente de la Sociedad, en aquel momento.
Es tanto lo que se ha escrito de este gran personaje, que sentía redundante hacerlo. Y cada artículo más bonito que el otro. Entonces decidí escribir sobre Guillermo Dávila, un artista muy querido que tiene tiempo sin manifestarse en Venezuela.
Guillermo es otro personaje que merece no un artículo, sino un programa o varios dedicados a él. Lo conocí en casa de Carlos Mata, en la urbanización el Recreo, donde vivían los Mata aquí en Valencia. Ninguno de los dos era conocido. Los Mata eran amigos míos desde pequeña, cuando vivían en Guaparo y estábamos varios de “Somos Iguales” en su casa, porque Alejandro Mata era el baterista del grupo. Además, como Luis, el papá de los Mata, era melómano, disfrutábamos mucho de sus tertulias musicales.
Una tarde nos dice Carlos que su mejor amigo, Guillermo Dávila, vendría de Caracas, y comenta: “Él es el de la propaganda del Banco de Comercio: ‘Buenos días, señora Corrales…’”. Claro, todos lo habíamos visto. Luego nos cantó una canción compuesta por él, “Mago”, que nos encantó, y nos la enseñó. Cuando Guillermo llegó, acompañado por su novia y la de Carlos, nos pusimos a cantar, y Carlos le pidió que cantara “Mago”. La cantó de lo más serio y, cuando llegó el coro, todos cantamos a varias voces: “¡MAGO!”. De inmediato soltó la guitarra y dijo una mala palabra. Fue una sorpresa que imagino agradable para él.
Desde ahí viene nuestra amistad. Pero siempre ha sido una persona muy chistosa, con salidas inesperadas. Cuando perdí el festival “El Ávila”, en Caracas, fue con Carlos a casa de mi tía a consolarme, pero yo estaba feliz, celebrando haber participado, y terminaron cantando conmigo.
Nadie sabe, por ejemplo, que Guillermo Dávila es coautor, con Bárbara Brändli, de dos libros: Así, con las manos (1979), un valioso registro fotográfico y de entrevistas enteramente dedicado a investigar y rescatar las tradiciones de la artesanía popular venezolana, y Los páramos se van quedando solos (1981), obra premiada que aborda la vida, los rostros y la compleja realidad de los agricultores andinos venezolanos. Guillermo es investigador.
Ahora, con la noticia de la muerte del «pana» —mi marido—, me llamó justamente el día de la cremación. Yo estaba devastada y con un dolor de espaldas terrible. Él, como bien lo dijo, “desvió mi atención”, y lo que hizo fue hacerme reír como nunca lo había hecho nadie, hasta el punto de que se me quitó el dolor de espaldas. Es decir, me aplicó risoterapia.
Quizá la lógica no se equivocaba del todo. Este artículo comenzó siendo un homenaje a César Peña Vigas, el hombre que me abrió las puertas de UNITEC cuando apenas era una joven egresada con una carta de culminación insuficiente y un currículo lleno de sueños. Pero terminó siendo, también, un homenaje a Guillermo Dávila, el amigo que, tantos años después, me devolvió la risa justo cuando el dolor me doblaba la espalda.
Porque hay mentes brillantes que iluminan construyendo universidades, imaginando sistemas de agua y soñando con la educación del futuro. Y hay mentes brillantes que iluminan de otra manera: con una canción, con una ocurrencia inesperada, con el gesto generoso de desviar la atención del dolor para devolverle a uno las ganas de seguir adelante.
César y Guillermo no se parecen en casi nada. Uno es el fundador de una universidad diferente; el otro es el recordado ídolo de una generación. Uno piensa en trimestres, placas solares y centros de información; el otro, en música, artesanos, páramos y libros que publicar. Ambos coinciden en que siempre debemos investigar, explorar y dar a conocer las ideas nuevas y ambos, cada uno a su manera, me enseñaron lo mismo: que la inteligencia más valiosa no es la que se exhibe, sino la que se pone al servicio de los demás.
A César le debo la primera oportunidad. A Guillermo, la risa que me sanó la espalda y el alma. Y a los dos, la certeza de que las mentes verdaderamente brillantes no se apagan: siguen encendidas en las instituciones que construyen, en las canciones que regalan y en el cariño de quienes hemos tenido la fortuna de llamarlos maestros y amigos.
Anamaría Correa




