Cuando la noticia llegó a mis oídos, me negué a creerla. William Alvarado era, es y será uno de los barítonos venezolanos más notables que hayan pisado los escenarios del mundo. Su partida deja un vacío profundo, pero a la vez, una estela armónica que se niega a apagarse.
A finales de los años setenta, mi hermano Miguel Ángel y yo entramos a formar parte de la Coral Filarmónica de Carabobo. Allí creció nuestro amor por la música coral y, sobre todo, por Federico Núñez Corona, un maestro que nos abrió las puertas de un universo donde la armonía era el centro de nuestra existencia. Con él recorrimos Venezuela, conocimos gente fabulosa y aprendimos que el canto en conjunto es mucho más que notas: es un lazo invisible que une almas. Gracias a Federico, tuvimos el privilegio de compartir escenario con grandes figuras, como mis queridos Alfredo Sadel y William Alvarado. También fuimos dirigidos por músicos de la talla de Modesta Bor e Inocente Carreño. William, un valenciano nacido en Barquisimeto, desde aquellos primeros encuentros me pareció, además de un barítono excelso, una persona increíblemente sencilla, divertida y jovial. Con el tiempo, dejamos la Filarmónica, pero Juan Pablo, otro de mis hermanos —el verdadero músico de la familia— tomó la posta y la Coral se convirtió en su segunda casa.
Años después, ya casada y con dos hijos, Federico Núñez coordinó el montaje del Réquiem de W. A. Mozart, con la Coral Filarmónica de Carabobo, la Orquesta Juvenil de Valencia “Juan José Landaeta” y los solistas Morella Muñoz, Isabel Palacios, Euro Navas y William Alvarado, todos bajo la excelente dirección de mi querido amigo Leonardo Panigada. Luego de la actividad, nos correspondió atenderlos.
Fue un reencuentro cargado de nostalgia. En aquella ocasión, el único desconocido para nosotros era Euro Navas, otro personaje de una sencillez entrañable. La velada se realizó en la “Tasca de Juan Correa”, como se llamaba la tasca del jardín de la casa de mis padres, en Guaparo. Allí, entre risas y copas, compartimos una noche inolvidable. Aún conservo las fotos de aquellos cuatro grandes artistas posando junto a mi papá y Federico Núñez Corona.
Los años siguieron su curso y, tanto mi esposo Sergio Ramos, como yo, estrenamos una nueva etapa: la mención de Educación Musical en la Escuela de Educación de la Universidad de Carabobo, la misma escuela que mi padre había fundado unos veinte años atrás. Al principio éramos pocos docentes, pero el proyecto creció y tuvimos que abrir concursos para incorporar nuevos profesores. Fue entonces cuando llegó William Alvarado. Así comenzó su carrera como profesor universitario en las asignaturas Historia de la Música y Formación Coral, Vocal y Auditiva en nuestra mención. Su currículo era apabullante: dio sus primeros pasos de la mano de Federico Núñez Corona, ingresó en la Coral del Liceo Pedro Gual, formó parte de la Coral del Martín J. Sanabria y de los Madrigalistas de Aragua, e incluso fue integrante del Quinteto Cantaclaro. Había estudiado en Estados Unidos, donde obtuvo la licenciatura en Música en la Universidad de Wisconsin, Madison, y cursó un posgrado en Pedagogía Vocal en el Conservatorio de Música de New England, en Boston. Se presentó con importantes compañías de ópera no solo en Venezuela, sino también en Colombia, Costa Rica y México. En los Estados Unidos, actuó con las Orquestas Sinfónicas de Dallas, San Francisco, Brockton, Minnesota y Pittsburgh, y tuvo el honor de presentarse con la Orquesta del Festival de Compositores de América en el emblemático Carnegie Hall de Nueva York. En resumen, recorrió casi toda América y parte de Europa, pisó los mejores teatros del mundo, acompañado por las orquestas más connotadas y bajo la batuta de directores como Eduardo Mata, Alfredo Rugeles y el maestro José Antonio Abreu. De vuelta a Venezuela, se integró a la Ópera de Caracas, dirigida por Carlos Riazuelo, Isabel Palacios y José Ignacio Cabrujas.
Durante mucho tiempo fui la coordinadora de la mención, así que solíamos reunirnos con frecuencia, y nuestra amistad fue floreciendo con cada encuentro. Recuerdo que siempre nos saludábamos a la española, con dos besos, uno en cada mejilla. Cada día me recibía con un chiste, una ocurrencia o una nota simpática que me alegraba la jornada.
Sus anécdotas eran deliciosas. Por ejemplo, cuando William contrajo matrimonio, Isabel Palacios y Cayito Aponte se encargaron de la música de la ceremonia. En el momento del Ave María, Isabel se percató de que Cayito no había llevado la letra y, conociéndolo, sabía que él solía olvidarla. Pero Cayito, con su desparpajo característico, aseguró que podía cantarla sin partitura porque se la sabía de memoria. William contaba que la risa fue incontenible cuando Cayito comenzó a entonar: “Ave Maríia, Ave Maríiiia, Avé Maaría, AveMaría, Avé Maríiiiiiiia…”. Esa fue su letra improvisada. Isabel Palacios escondió su rostro y sus risas detrás de la partitura para disimular, pero era imposible, William, su esposa Liulay, los asistentes, y hasta el sacerdote, reían abiertamente. Sin duda, una boda inolvidable.
En 2015, después de cuarenta años de carrera, William decidió retirarse del canto lírico y se despidió con un concierto en el que interpretó las piezas más emblemáticas, aquellas que guardaban un significado especial para él. Así sonó “Me he perdido en el mundo”, de los poemas de Friedrich Rückert musicalizados por Gustav Mahler, una obra que habla del retiro y que siempre le conmovió profundamente. También cantó el Polo doliente de Antonio Estévez, con letra de un poema de Aquiles Nazoa. Por cierto, William tuvo la fortuna de conocerlos a ambos y contar con su apoyo y simpatía. A Aquiles lo conoció un par de años antes de su muerte, gracias a Alecia Castillo y, al maestro Estévez le profesaba tanto afecto que, cuando iba a Caracas, solía hospedarse en su casa de Baruta. Una de las obras que más lo encumbró fue precisamente la Cantata criolla, del maestro Estévez. En aquella despedida, lo acompañó la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela, formó un cuarteto con las sopranos (sus alumnas) Erika Ramírez y Greilys Bracho y el tenor Alberto Colmenares, y también interpretó piezas de Federico Ruiz, Rossini, Donizetti, Bellini, Verdi y Puccini. Fue un broche de oro para una trayectoria impecable.
Recuerdo que, en los finales de semestre, William y mi hermano Juan Pablo se apoyaban mutuamente; solían nombrarse jurados el uno del otro y disfrutaban enormemente esas jornadas académicas. Claro, también participaban Merlina Bordones y Henry Herrera. Éramos una gran familia, unida por la música y el cariño.
William, te fuiste en silencio, como solo saben irse los grandes, pero tu voz grave y aterciopelada aún resuena en los teatros del mundo, en las aulas de la Universidad de Carabobo y, sobre todo, en los corazones de quienes tuvimos el privilegio de compartir la vida contigo. Hoy, desde mi balcón, el aire se siente más quieto, pero sé que en algún lugar del cielo ya estás ensayando con aquellos que se te adelantaron —como Frank Eliú Hernández, Olson Aramburu y Sergio Ramos,— con tu sonrisa pícara y un chiste bajo la manga. Gracias por tantos acordes compartidos, por tu sencillez, por tu amistad y por haberle regalado al mundo la belleza inagotable de tu canto. Que la tierra te sea leve, querido amigo. Tu música jamás callará.
Anamaría Correa




