No soy ni la primera ni la última en tener un electrodoméstico con problemas. Los insoportables cortes de energía eléctrica, además de hacernos daño físico, sin duda, estropean nuestros aparatos. Mi nevera, por ejemplo, un día decidió que ya no quería enfriar. Llamé a Miguel, nuestro técnico de confianza, y las dos o tres veces que ha coordinado venir a verla, no hay electricidad y tenemos que decirle que venga después. Y uno se queda con los brazos cruzados, porque la cortan cuando les da la gana, sin avisar, sin importarles que uno tenga vida, hijos, comida o un mínimo de organización.
Aparte de eso, la semana pasada fui al Registro Civil que me corresponde, a pedir la partida de nacimiento de mi hija y, cuando subía las escaleras vi el enorme letrero “NO HAY LUZ”. De igual manera subí hasta allá y pregunté cómo hacía. La respuesta fue: “venga mañana a las ocho, si hay luz, se la damos”. Yo soy jubilada, no tengo horarios obligatorios, pero hay quien pide un permiso laboral para hacer este tipo de diligencia. Pierdes el tiempo y quién sabe cuántas cosas más.
Estas escenas, tan domésticas y aparentemente sencillas, sintetizan el drama cotidiano que enfrentamos millones de personas en este país. No se trata simplemente de un inconveniente técnico o de la molestia pasajera de quedarse a oscuras por unos minutos; se trata de una parálisis sistemática de la vida normal. Detrás de una cita cancelada hay un esfuerzo logístico frustrado, desde una comida que corre el riesgo de dañarse hasta una agenda fragmentada por decisiones arbitrarias sobre las cuales no tenemos ningún control.
Durante años se ha hablado con rigor de las pérdidas económicas que generan los apagones: comercios paralizados, equipos industriales averiados y pérdidas millonarias en la producción. Sin embargo, poco se profundiza en el impacto más profundo y devastador: el deterioro progresivo de la salud mental de quienes vivimos bajo esta contingencia perpetua. Vivir así, sin saber cuándo cortan la luz, es como estar en una montaña rusa a la que no pedimos subirnos. El ser humano necesita un mínimo de certezas para no volverse loco: saber a qué hora trabaja, cuándo descansa, cuándo puede cocinar o sentarse a hacer algo tranquilo. Eso es lo que nos da un piso, lo que nos mantiene enteros. Cuando ese piso se rompe porque a alguien se le ocurre apagar el interruptor, el cuerpo entra en modo alerta permanente. Andamos con los hombros tensos, los oídos atentos al zumbido del ventilador que se apaga o al “clac” del protector que anuncia la mala noticia. Es vivir con los nervios de punta, esperando el golpe.
Y al estrés se le suma el calor. Porque en ciudades donde el termómetro se pasea por los 30 grados como si nada, quedarse sin luz cuatro, seis y a veces hasta doce horas, es convertir tu casa en un horno. Dormir bien se vuelve un lujo que no podemos pagar. Noche tras noche, el sueño se va por el calor, por la incertidumbre, por la incomodidad de no encontrar una posición que te deje descansar. Eso, al final, se acumula: la fatiga crónica que te quita la paciencia, la concentración y hasta las ganas de hacer cualquier cosa. La interrupción no es eléctrica, es la interrupción de la vida misma.
Como es de suponer, al día siguiente a las ocho, estaba en el registro y haciendo la cola, se hace amistad con las otras personas y comienzan las anécdotas. Por ejemplo, una señora comentaba lo mucho que le había dolido que, con las idas de luz, se le había estropeado una cafetera eléctrica que había comprado su esposo hacía unos años y que para ellos significaba mucho. Ahora no estaba su esposo y la cafetera no tiene arreglo. Otra señora contó que para ella era terrible porque como cuando se le va la energía eléctrica, se le va el agua, la lavadora ha sufrido también. Entonces vemos que existe una dimensión emocional en la pérdida material que pocas veces se nombra: el duelo por los bienes conseguidos con años de trabajo. Un electrodoméstico en un hogar venezolano no es una simple pieza reemplazable; representa el fruto del esfuerzo familiar, el ahorro de meses o la herencia de momentos prósperos. Luego vinieron años de desinversión y malos tratos al sistema eléctrico nacional, que nos trajeron a este punto, pero en los hogares la factura se paga de forma individual y silenciosa.
Ver cómo un compresor de nevera se quema o cómo un aire acondicionado deja de funcionar tras repetidas fluctuaciones produce una profunda sensación de impotencia y desamparo. La cadena de consecuencias es inmediata y agobiante: buscar presupuestos que sobrepasan la capacidad del bolsillo, coordinar visitas que se cancelan una y otra vez por la misma falta de suministro y, en última instancia, resignarse a vivir con restricciones adicionales. La fragilidad del sistema termina minando la paz que debería reinar en tu propia casa.
Sin embargo, el drama no es parejo. Hay una brecha muy grande, de esas que a veces duelen, entre lo que se vive en Caracas y lo que se sufre en el resto del país. Mientras en la capital el servicio eléctrico mantiene una relativa continuidad y los cortes son excepcionales, en el interior del país la penumbra es la norma aceptada por las autoridades, especialmente en Carabobo, Aragua, Zulia, Mérida, Trujillo, Táchira y Bolívar. Esta disparidad geográfica genera una sensación amarga de aislamiento y olvido.
Existe un mapa no escrito que divide al país en dos: los que viven en Caracas, donde la luz se cuida como un tesoro para que el mundo no vea el desastre, y los que vivimos en el interior, que somos los que cargamos con todo el peso de la crisis eléctrica.
Eso sí, el venezolano es un genio de la adaptación. Ya sabemos a qué horas cargar los teléfonos, cómo improvisar para que no se detenga todo. Pero ahí está el peligro: no podemos celebrar esa resiliencia como si fuera un logro. Porque acostumbrarse a lo inaceptable no lo vuelve aceptable, solo lo hace más invisible. La resiliencia no puede ser un sinónimo de resignación, ni mucho menos de silencio.
No nos acostumbremos a que la oscuridad decida por nosotros. Cada vez que nos vemos obligados a suspender una jornada, a postergar una visita como la de Miguel o a pasar la noche en vela, la fibra social se desgasta. Acostumbrarse a vivir en la contingencia no es un triunfo, es una derrota silenciosa. La dignidad cotidiana exige recordar que el acceso a un servicio eléctrico estable, eficiente y predecible no es un privilegio ni una concesión benévola, sino una condición básica para el bienestar y la salud mental de cualquier sociedad. El día que perdamos la capacidad de asombrarnos, de quejarnos y de reflexionar, habremos perdido la única luz que realmente importa: la que nos recuerda el valor de nuestro tiempo y nuestra tranquilidad.
Anamaría Correa




