El contexto venezolano posterior a las acciones del gobierno estadounidense en territorio nacional ha sumido al país en un profundo estado de incertidumbre. Aunque desde Washington se han anunciado pasos orientados a la recuperación institucional, la atracción de inversiones, el saneamiento del aparato productivo y la generación de empleos dignos que mejoren la calidad de vida, persisten dudas legítimas sobre quiénes gobernarán Venezuela y bajo qué mecanismos se escogerán las nuevas autoridades.
Resulta inaceptable que Delcy Rodríguez y la cúpula chavista permanezcan en el poder más allá de un período de transición claramente delimitado. Se trata de actores políticos con responsabilidades directas en la destrucción del país, con las manos manchadas de sangre y un historial que demuestra prácticas antidemocráticas, corrupción estructural y una actuación despiadada frente a la disidencia.
Esta ambigüedad política alimenta la desconfianza ciudadana. La población observa anuncios y declaraciones, pero carece de certezas institucionales. La ausencia de un cronograma claro, de reglas del juego definidas y de actores legítimos reconocidos por la mayoría incrementa el temor de que se repita una transición tutelada, diseñada más para proteger intereses de poder que para restituir la democracia en Venezuela. En escenarios como este, se impone la necesidad de aprender a gerenciar la incertidumbre.
Existen hechos que escapan por completo a nuestro control, pero también hay decisiones individuales y colectivas que pueden contribuir a preservar la estabilidad emocional y la cohesión social. Informarse, evitar la desinformación y no caer en el pánico colectivo son actitudes indispensables en tiempos de alta volatilidad política.
Gerenciar la incertidumbre, sin embargo, no equivale a resignación ni silencio. Implica sostener una exigencia firme por elecciones libres, transparentes y con observación internacional creíble, donde se respete la voluntad popular y se garantice la participación de la líder incuestionable de la oposición, María Corina Machado. Del mismo modo, resulta impostergable exigir la liberación inmediata de todos los presos políticos. A pesar de anuncios sobre la liberación de un número importante de privados de libertad, son más de 800 personas las que continúan tras las rejas por razones políticas, una realidad incompatible con cualquier proceso de transición democrática.
Como recordó Nelson Mandela, “la libertad no es solo deshacerse de las cadenas, sino vivir respetando y promoviendo la libertad de los demás”. Venezuela atraviesa una encrucijada histórica. El desenlace aún es incierto, pero el país no puede permitirse otra oportunidad perdida. Mientras se define el rumbo político, corresponde a los ciudadanos mantenerse vigilantes, organizados y conscientes de que la democracia no se concede: se construye y se defiende, incluso —y sobre todo— en medio de la incertidumbre.




