La sinfonía que nunca se terminó

Schubert escribió dos movimientos -un allegro moderato y un andante con moto- que muchos consideran de una belleza profunda y sombría. Luego esbozó parte de un tercer movimiento (un scherzo), pero no lo terminó


Franz Schubert falleció prematuramente un 19 de noviembre de 1828, a los 31 años… ¡un chamo! Este compositor es uno de esos artistas que parecen haber dejado más preguntas que respuestas. Entre todas sus obras, hay una en particular que ha fascinado, desconcertado y conmovido a músicos, historiadores y melómanos por igual: su famosa Octava Sinfonía en si menor, conocida mundialmente como “la Inconclusa”.

A simple vista, no parece gran cosa: tiene solo dos movimientos completos, cuando lo habitual en una sinfonía clásica o romántica son tres o cuatro. Y, sin embargo, esa media sinfonía ha sido interpretada como una obra completa, aplaudida en los teatros más importantes del mundo, y convertida en uno de los misterios musicales más encantadores de la historia.

Pero la historia dio un giro extraño. Schubert escribió dos movimientos -un allegro moderato y un andante con moto- que muchos consideran de una belleza profunda y sombría, muy diferente a lo que venía haciendo antes. Luego esbozó parte de un tercer movimiento (un scherzo), pero no lo terminó. Y, sin razón aparente, abandonó la obra.

Schubert la empezó a escribir en 1822, cuando tenía apenas 25 años, y estaba en un periodo especialmente fértil: componía canciones, música de cámara, misas y, obviamente, sinfonías. Ese mismo año, recibió una distinción honorífica de la Sociedad Musical de Estiria (Austria), y como muestra de gratitud, decidió componer y regalarles una sinfonía. Aparentemente, Schubert vivió, digámoslo elegantemente, una vida algo ligera y despreocupada, tendiente a procrastinar algunas cosas, como este compromiso ante tan insigne institución austríaca. Leí una vez que, tras la intervención -o regaño- de su padre, quien, me imagino, le diría algo así como “cónchale Pancho, esta gente de la Sociedad está esperando esa sinfonía tuya, y nada que cumples…”, tal vez Schubert abrió la gaveta, sacó a regañadientes lo que tenía y se la mandó, inconclusa. Quizás fue así como nació la famosa Octava.

Hablando en serio, esto ha dado pie a múltiples teorías. Algunos dicen que no la terminó porque no estaba satisfecho con lo que había escrito. Otros, como el biógrafo John Reed, creen que “la intensidad emocional de esos dos movimientos era tan abrumadora que cualquier continuación habría parecido innecesaria o inferior”.

Una teoría bastante curiosa es que Schubert se distrajo. Sí, así de sencillo. El musicólogo Brian Newbould sugiere que Schubert empezó a trabajar en otras obras más urgentes, como la música incidental para Rosamunda, y simplemente se le pasó seguir con la sinfonía. Quizás pensó: “la sigo después”. Pero ese “después” jamás llegó. La vieja conocida y tóxica procrastinación: dejarlo todo para el final… un final que, en este caso, nunca vino.

Y no falta el humor. Se cuenta que Schubert, que tenía fama de ser muy sociable y amante del vino, solía llevar sus partituras en el bolsillo del abrigo. Un colega bromista dijo una vez que probablemente la Octava se le cayó en una taberna, y así quedó inconclusa para siempre. Obviamente no es cierto, pero la imagen tiene su chiste.

La sinfonía permaneció desconocida por más de 30 años. Schubert murió en 1828, y la partitura quedó en manos de su amigo Anselm Hüttenbrenner. Por razones no del todo claras, Hüttenbrenner no la mostró a nadie durante décadas. No fue sino hasta 1865, cuando el director Johann Herbeck la descubrió y la estrenó en Viena, que el mundo por fin escuchó esa maravilla inacabada.

Desde entonces, la “Inconclusa” ha sido objeto de amor, especulación y homenajes. Muchos se han preguntado: ¿y si la completamos nosotros? Varios compositores han intentado escribir un tercer y cuarto movimiento, imitando el estilo de Schubert. Algunos lo han logrado con bastante elegancia, pero el consenso general es que nada iguala la emoción y la tensión contenida en los dos movimientos originales.

Intentar completar la octava sinfonía de Schubert sería tan disparatado como enderezar la torre de Pisa, restaurar la nariz de La Esfinge, o pintarle cejas nuevas a la Mona Lisa.

Lo interesante es que, a pesar de estar incompleta, la obra funciona perfectamente tal como está. La estructura, el arco dramático y el cierre del segundo movimiento tienen tanta fuerza que muchos piensan que quizás Schubert la consideró terminada en ese punto, rompiendo con las expectativas de su época sin decirlo abiertamente.

El musicólogo Donald Francis Tovey escribió: “Schubert, sin quererlo, nos enseñó que una sinfonía no necesita cuatro movimientos para ser grandiosa. Su Octava es como una novela sin final, y sin embargo uno sale de ella con el alma sacudida”.

Hoy en día, la Sinfonía Inconclusa se sigue interpretando y grabando por todo el mundo. Es una obra amada por su melancolía serena, su lirismo y su atmósfera casi mágica. En sus apenas dos movimientos, Schubert nos deja una sensación de belleza suspendida, como si el tiempo se detuviera.

Y tal vez esa sea su verdadera genialidad. Al dejarla inconclusa, Schubert nos legó una obra abierta, un espacio para imaginar, sentir y completar en nuestra mente lo que él no puso en papel. En ese silencio que sigue al segundo movimiento, quizás está el verdadero final: ese instante suspendido donde la música y la emoción se confunden, y donde, como todo en la vida, lo inacabado también puede ser perfecto.

Para muestra sonora, la Sinfonía N° 8 “Inconclusa” de Franz Schubert, a cargo de la Budapest Festival Orchestra (BFO) dirigida por Iván Fischer: https://www.youtube.com/watch?v=3tisvEpblig 

juanpablocorreafeo@gmail.com 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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La sinfonía que nunca se terminó

Juan Pablo Correa
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