Cuando la música cuenta nuestra historia

La música no solo suena: cuenta historias, guarda memorias y une a la gente. En Iberoamérica, cada ritmo es un relato colectivo. Desde una cumbia que suena en un pequeño pueblo colombiano, hasta un merenguetón que se escucha en las nuevas discotecas de Venezuela, cada canción dice algo sobre quiénes somos y qué vivimos. El sociólogo Jesús Martín-Barbero escribió que “la música en América Latina es un tejido de memorias y sueños”, y no exageraba.

La sociología nos ayuda a entender cómo la música refleja y moldea la sociedad. Por ejemplo, en los años 70, la música en la voz o pluma de ciertos músicos, se convirtió en un altavoz de protesta ante autocracias y desigualdades. No solo eran melodías bonitas; eran mensajes con un destinatario claro: el pueblo.

Hoy, la tecnología ha cambiado la forma en que la música circula. Un joven de Lima puede descubrir a una banda de rock argentina con solo un clic, o un rapero de Maracay puede grabar en su habitación y llegar a miles de personas en Santiago de Chile. La globalización digital ha borrado fronteras, pero también ha mezclado estilos y acentos de maneras impensadas hace 30 años.

La música urbana, especialmente el reguetón y el trap, ha sido criticada por algunos por sus letras explícitas. Sin embargo, para muchos jóvenes, estas canciones son una forma de narrar la realidad de sus barrios. La socióloga argentina María Graciela Rodríguez comenta que “estos ritmos no inventan los problemas sociales; solo les ponen micrófono y altavoz”.

Recientemente, chateando con un profesor de música de un pueblo venezolano, me contó que sus alumnos componían canciones mezclando joropo con rap. Al principio él pensó que era una “locura”, pero después entendió que era su manera de mantener la tradición viva adaptándola a lo que escuchan todos los días. Eso es cultura en movimiento.

Por otra parte, el baile es inseparable de la música y también habla de la sociedad. En una fiesta de barrio, la salsa puede reunir a jóvenes y abuelos en la misma pista, rompiendo por unas horas las brechas generacionales. Ese simple acto de bailar juntos ya es un fenómeno social que dice: “aquí estamos todos, diferentes pero unidos por el ritmo”.

En México, un estudio de la UNAM encontró que los conciertos de música popular generan “comunidades temporales” donde desconocidos se sienten parte de algo común, aunque solo dure unas horas. Pensemos en un estadio repleto cantando al unísono “Cielito lindo” y sentiremos el peso cultural de ese momento.

En las ciudades grandes, la música callejera es un termómetro cultural. Un bandoneonista en Buenos Aires tocando tangos clásicos, o un grupo de mariachis en una plaza de Guadalajara, no solo ofrecen entretenimiento: mantienen vivas las tradiciones y las ponen al alcance de cualquiera que pase.

En el Caribe, el carnaval es un ejemplo perfecto de música, sociología y cultura. Durante esos días, las jerarquías sociales se diluyen, todos bailan juntos y la calle se convierte en un gran escenario. Como decía el escritor cubano Alejo Carpentier: “en el carnaval, el pueblo es protagonista y director a la vez”.

La migración también transforma la música. Un venezolano que emigra a Lausanne (Suiza) puede llevar el cuatro y enseñar a sus nuevos vecinos a bailar merengue caraqueño. Esa interacción crea un cruce cultural que enriquece a ambas comunidades.

La sociología ve en estos encuentros espontáneos una muestra de capital social: la capacidad de las personas para colaborar y crear lazos. Y en Iberoamérica, la música es uno de los caminos más rápidos para construir esos puentes.

En resumen, la música en la cultura actual iberoamericana es espejo, megáfono y pegamento social. Refleja quiénes somos, amplifica nuestras voces y nos une, aunque nuestras realidades sean distintas. Para ilustrar lo anterior, invito a escuchar “Venezuela habla cantando” de Conny Méndez, con arreglo de este servidor, interpretado por el Grupo de Música Popular Latinoamericana de la Universidad de Carabobo; canción que pinta un cuadro de la vida rural venezolana, donde la música y el canto son parte integral de la vida diaria: https://www.youtube.com/watch?v=lyrDf1IegGw 

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Referencias:

Carpentier, A. (1946). La música en Cuba. México: Fondo de Cultura Económica.

Frith, S. (1996). Performing Rites: On the Value of Popular Music. Cambridge, MA: Harvard University Press.

Linares, E. (2018). “Migración y música: identidad sonora de los venezolanos”. Revista de Estudios Culturales Latinoamericanos, 12(3), 45-63.

Martín-Barbero, J. (1987). De los medios a las mediaciones: Comunicación, cultura y hegemonía. México: Gustavo Gili.

Rodríguez, M. G. (2006). “Música popular urbana y jóvenes: reguetón y construcción de identidades”. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, 4(2), 1-19.

UNAM – Instituto de Investigaciones Sociales (2015). Música y sociedad: estudios sobre identidad y comunidad en México. Ciudad de México: UNAM.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

Cuando la música cuenta nuestra historia

Juan Pablo Correa