En la lista de persecuciones oficiales, le tocó el turno a los economistas; a los que divulgan cifras sobre inflación, tasas de cambio, crecimiento –o decrecimiento- del PIB y demás datos que ayudan a desentrañar el estado en el que se encuentran las variables elementales de la economía. Si no hay quien dé números, resulta que la pobreza, la escasez y la miseria no existen, o así funciona la lógica de los que mandan. Pero en esta ola de represión hay de todo y para todos. Para darle un poco de variedad a las detenciones arbitrarias, en estos días metieron presos a varios seguidores del Deportivo Táchira que regresaban a su tierra en varios autobuses luego de asistir a la final del torneo apertura con un conjunto rival de la capital. Supuestamente se los llevaron porque agredieron a la autoridad (en Venezuela los funcionarios son autoridades, no servidores públicos), pero quedó perfectamente grabado en vivo y en directo que la policía comenzó el acoso a los fanáticos tachirenses desde temprano, hasta el punto de no dejarlos pasar por la autopista regional del Centro cuando se desplazaban hacia la capital para que no llegaran al partido, por la simple razón de que no les daba la gana. Dicen que detrás de la actuación de la policía estaba el dueño del equipo capitalino, cercano al poder y por lo tanto a la arbitrariedad y al túvaspreso. La banalidad de la violencia de Estado es así; hoy es por un partido de fútbol, mañana es por terrorismo o por conspiración contra el poder establecido y más adelante será por la ley del mato guatero, que dicen los orientales.
Los secuestros oficiales han venido por oleadas. Las más recientes comenzaron después de las primarias de 2023 con los miembros del comando de campaña de María Corina Machado, siguieron con los testigos electorales del 28J de 2024, luego le tocó a los defensores de los derechos humanos y más tarde a los periodistas, informadores y opinadores. En paralelo, y sin interrupción, han caído en los ganchos del chavismo dirigentes políticos, estudiantes, manifestantes, paseantes que tuvieron la mala suerte de cruzarse con una brigada de los cuerpos de seguridad, familiares de dirigentes opositores, gente con un mensaje de whatsapp inapropiado -según el criterio del jefe de turno- y paisanos de a pie que estaban en el momento y el lugar equivocados.
Tan alarmante como las detenciones son los elementos del proceso de captura y encierro. Una persona sencillamente desaparece de la vista del público –de sus familiares, sus amigos y conocidos- sin que se sepa dónde está, porqué se la llevaron, quién la secuestró, cómo se hace para conocer sus coordenadas y qué hay que hacer para defenderla. No dan información sobre el centro de reclusión, no le permiten nombrar un defensor privado, le suspenden las audiencias cuando por fin las agendan y en el camino la torturan, le sacan plata a los familiares y la dejan en el limbo que se ha creado para los detenidos: la total incertidumbre y el miedo a lo que pueda pasar, que va desde el calabozo indefinido hasta la muerte por desatención médica o por otras causas menos naturales.
No sabemos cuál será el próximo gremio que se gane la siniestra lotería del presidio oculto ¿Los médicos, los repartidores, los que suben el Ávila, los que hacen yoga? Lo que sí se sabe es la intención detrás de las detenciones. Aparte de castigar a los que hacen vida divulgando que la inflación mensual anda en dos dígitos y el crecimiento económico da negativo para el año, los cuerpos represivos tienen instrucciones precisas de seguir metiendo miedo en la vida de la gente. Hay que impedir que el soberano sienta algún atisbo de seguridad, o que se crea que existe algún derecho que no pueda ser vulnerado por las autoridades. Las revoluciones no se hacen para andar con contemplaciones ni para respetar libertades. Las revoluciones son de los que mandan, y al que no le guste se puede ir preparando para un paseo por las catacumbas o, si lo prefiere, para irse del país, que el chavismo estará feliz de despedirlo.




