Ulises, la Odisea y la masculinidad moderna

Me pregunto, entonces: ¿realmente somos los hijos de la cultura grecolatina, guiada por un modelo de personas fuertes y sensibles en partes iguales?
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Generado con IA

No es poco frecuente escuchar en los debates políticos que la civilización occidental tiene raíces grecolatinas profundamente marcadas. Algunos americanos —gentilicio de un continente, no de un país— incluso se atreven a autodenominarse descendientes de aquella cultura.

Ciertamente, hay una visión de la vida en común, que sobrevivió al tiempo y que sufrió diversas transformaciones hasta ser lo que es hoy en día. No obstante, la mayoría de los ciudadanos que componen este crisol de culturas llamado Latinoamérica ignora, entonces, dicho origen hipotético —debo acotar, antes de continuar, que me refiero a las líneas se suelen trazar con respecto a la mitología griega y romana, y no a registros historiográficos consistentes que profundicen en la forma de vida de la época.

Toda esta parafernalia mental me surgió mientras leía la Odisea. El momento en el que Ulises regresa a Ítaca tras su largo viaje y es reconocido por Telémaco, su hijo, resulta conmovedor. El héroe, acostumbrado a ser parte de la primera línea de batallas sangrientas, no puede evitar llorar ante su retoño, al que tanto extrañó y a quien tuvo que abandonar cuando apenas era un bebé, para irse a Troya y contribuir a las represalias bélicas en nombre del rapto de Helena.

Me pregunto, entonces: ¿realmente somos los hijos de la cultura grecolatina, guiada por un modelo de personas fuertes y sensibles en partes iguales? Ni hablar de Aquiles, por cierto, cuya presencia sería directamente ridiculizada por su ambigua relación con Patroclo.

Y es que Ulises también sería criticado por la mayoría de hombres latinoamericanos que actualmente sufren una crisis de identidad por su propia masculinidad y que encuentran consuelo en influencers de ideas simplistas, que se dedican a gritar y a reivindicar consignas sin pies ni cabeza.

Sus actitudes “cuestionables” no terminan allí. Fue retenido a la fuerza por una ninfa y una hechicera, de quienes incluso rechazó la oferta de eterna juventud, solo porque anhelaba volver a ver a Penélope, su esposa, para envejecer junto a ella.

Evidentemente, mi intención no es la de enaltecer a un personaje ficticio que, dentro de su propio desenvolvimiento en la obra, tomó decisiones que también podríamos debatir. Sin embargo, más allá de someter a Odiseo a los estándares modernos de moralidad, sí creo que es válido cuestionar nuestra propia percepción de la masculinidad a través de narrativas que consideramos casi fundacionales en nuestras sociedades.

Los hombres en esta región del mundo todavía tenemos miedo a la idea de ser personas sensibles, padres amorosos o esposos responsables, porque pensamos que eso, de cierta manera, va a anular cualquier rastro de virilidad. Ni hablar de llorar o anteponer la razón en un contexto que exija emplear algún tipo de violencia.

Quizás nos falta tener a Atenea de nuestro lado, quién sabe. Mientras tanto, seguiremos vagando sin identidad y sin rumbo, pero con la absurda satisfacción de sentirnos machos.

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