“El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca”. Esta máxima de Immanuel Kant (1724-1804) resuena hoy con una urgencia eléctrica en las calles de Venezuela. El pensador alemán, que transformó nuestra forma de entender el mundo, sostenía que la inteligencia de un individuo se mide por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar. Y cuánta incertidumbre, de manera casi estoica, ha tenido que digerir la sociedad venezolana.
El Estado como tutor o como verdugo
Cuando una sociedad deja de proteger la vida en todas sus etapas, se oscurece y se corrompe. Kant advertía que el ser humano se degrada a sí mismo cuando se acepta como un simple medio y no como un fin. La dignidad humana es inseparable de la autonomía; sin ella, el ciudadano desaparece para dar paso al súbdito.
Resulta siniestro cuando el Estado —cuya razón de ser es el cuidado de la familia y el ciudadano— se convierte en el principal desinteresado de su suerte. Al concebir la felicidad en términos meramente hedonistas (satisfacción de necesidades básicas), Kant separó la moralidad de la felicidad estatal. A diferencia de Rousseau, Kant no creía que el Estado debiera hacernos "felices", sino garantizarnos el marco de libertad legal para que cada quien busque su bienestar.
Cuando el Estado pretende "administrar" la felicidad, termina robándonos la autonomía. Sin leyes generales y abstractas que garanticen la igualdad, recaemos en el estado de naturaleza: la ley del más fuerte, la ley de la selva.
La trampa de la "felicidad obligatoria"
El siglo XX nos dejó lecciones sangrientas que hoy parecen repetirse como ecos amargos. "Obligaremos al hombre a ser feliz", gritaban los bolcheviques en 1917. "Lo obligaremos a ser justo", repetía el nacionalsocialismo en 1933. Confundir la enseñanza con el adoctrinamiento y la información con la propaganda no es "progreso", es un retroceso civilizatorio.
No se trata de encarnar a Casandra, la sacerdotisa troyana condenada a predecir desastres sin ser escuchada. Pero es innegable que se avizoran tiempos de cambio. El compromiso con el porvenir ya no se conforma con las migajas del botín nacional, transformadas en dádivas electorales que pretenden ocultar una inflación galopante o el colapso del sistema eléctrico.
Salir de la minoría de edad
La Ilustración, según Kant, es el acto por el cual el hombre sale de su "minoría de edad". Esa incapacidad de servirse de la propia inteligencia sin la guía de otro no es una falta de entendimiento, sino una falta de decisión y valor.
"Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!" Esa es la divisa que hoy debe despertar a Venezuela. La virtud de la fortaleza no es solo lanzarse a acciones arriesgadas; es la capacidad de resistir con entereza los ataques de la adversidad.
Frente a la perversidad de un sistema que se agota en su propio oscurantismo, se requiere algo más que ánimo templado: se necesita una mente lúcida que entienda qué es lo que realmente está en juego. La hora del compromiso ha llegado. Solo el valor de pensar por nosotros mismos nos devolverá la luz que el autoritarismo pretendió, durante tantos años, apagar. Manuel Barreto Hernaiz




