“Pueblo grande, infierno chiquito”

El diseño urbano no puede desligarse de las personas que habitan la ciudad.

1- No estoy seguro de si su nombre era Luis Gotto, y quienes podrían corroborarlo ya no están. Lo recuerdo largo, flaco y huesudo, no muy abundante cabello peinado hacia atrás. Pero lo que mejor tengo grabado en mi memoria son sus grandes pies calzados con sandalias bajo las cuales, entre sus trenzas de cuero, se asomaban unas medias impecablemente blancas.

Lo esperaba al salir de clases en el antiguo Colegio de La Salle, lamentablemente sustituido por un gris centro comercial, en la parada del Teatro Imperio. Venía don Luis conduciendo su autobús con carrocería de madera y rugiente motor, desde la Plaza Santa Rosa, rumbo a La Entrada.

  • Buenas tardes, don Luis.
  • Buenas tardes, “mijo”.

Me bajaba frente al club ubicado en el entonces llamado “Camoruco Viejo”, donde recibía clases de tenis. Ya anocheciendo lo esperaría en el mismo lugar, para que me llevara hasta nuestra casa en La Ceiba en un posterior recorrido de la ruta. Y si no tienes la “locha” del pasaje, otro día se lo pagarás.

  • Gracias, don Luis, hasta mañana.
  • Hasta mañana, “mijo”.

2 - Al frente de nuestra casa paterna estaba, y sigue estando, la llamada “Bomba La Ceiba”, un punto casi obligado para hacer llenar el tanque de sus automóviles a quienes iban a Puerto Cabello, por asuntos de negocios o simplemente a la playa.

Esa nuestra casa paterna, en el norte de Valencia fue construida en la década de los 40 del siglo pasado, y pasaron un par de años antes de que nos instalaran el servicio telefónico, de manera que la única forma de comunicarnos con la familia en Puerto Cabello o Caracas, sin molestar a los vecinos, era la de utilizar el de la “Estación de Servicio La Ceiba”, cuyo propietario, a quien conocíamos como “el señor Rondón”, muy gentilmente había puesto a la orden de nuestro padre sin costo alguno. De manera que bastaba cruzar la línea del tren, que tenía sus rieles donde ahora está la zona verde central de la Avenida Bolívar, para hacer llamadas. Claro está, de emergencia, para no abusar. Pero lo complicado era cuando llamaban por algo importante, pues un empleado de la Bomba tenía que venir a casa a avisar a nuestro padre, teniendo él que dejar lo que estaba haciendo y salir apresuradamente a atender la llamada, mientras el cronómetro avanzaba contando los segundos.

Henry S. Churchill, en su libro “La Ciudad es su Población”, plantea que el diseño urbano no puede desligarse de las personas que habitan la ciudad. Su enfoque humanista defiende que la arquitectura y el urbanismo deben responder a las necesidades sociales, culturales y emocionales de la población, y no solo a criterios técnicos o estéticos. Y creo poder agregar que tampoco deben responder a alardes de un poder ilegítimo para afianzarse en la credulidad de sus seguidores, o en la búsqueda de beneficios infamantes, como el lucro ilegal a través del otorgamiento de contratos para obras suntuarias.  

Las ciudades no las conforman sus edificios sino sus pobladores, que se conocen y, a pesar de las diferencias sociales o económicas, mantienen lazos de solidaridad y respeto entre sí. Siempre y en cualquier parte hay un conductor de autobús que conoce a sus pasajeros por su nombre, o un “señor Rondón”, dispuesto a ayudar al vecino. Cuando la ciudad se acrecienta, te conviertes en una lámina de plástico con un número, a cualquiera se le ocurre tomar un fusil y matar niños a mansalva en una escuela, y una luz roja sustituye a la cortesía en un paso peatonal. Resulta, como decía mi padre: “Pueblo grande, infierno chiquito.”

Únete a nuestros canales en Telegram y Whatsapp. También puedes hacer de El Carabobeño tu fuente en Google Noticias.

Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

“Pueblo grande, infierno chiquito”

Peter Albers