Confieso que, a pesar de ser músico profesional, dedicado desde mi infancia al arte sonoro, no soy muy aficionado al mundo de la ópera. Muchos amigos míos, cantantes líricos espectaculares, me mirarán feo. Lo sé. Pero debo ser honesto conmigo mismo y con ustedes. Sin embargo, en un portal de noticias que vi por azar, encontré esta curiosa nota que quiero compartirles.
Empecemos con que, en la ópera, morir es casi una rutina constante. Es una de las pocas cosas que sé del mundo de la ópera. Los personajes mueren de amor, de celos, de veneno, de espadas o de enfermedades románticas. Ejemplos: Tosca salta desde una torre, Carmen cae apuñalada, Otello se quita la vida y Violetta expira entre suspiros. El público lo sabe, lo espera y hasta lo aplaude. Pero muy pocas veces -casi nunca- la muerte abandona el libreto y decide aparecer de verdad sobre el escenario. Anteriormente, de la mano de Mozart y su Don Giovanni, el protagonista mata al comendador, y su fantasma lo perseguirá buscando su arrepentimiento, y ante su negativa, lo arrastrará al infierno.
Bueno. Eso fue exactamente lo que ocurrió la noche del 4 de marzo de 1960, hace 66 años, en el Metropolitan Opera House de Nueva York, cuando uno de los barítonos más importantes del siglo XX, Leonard Warren, murió mientras cantaba una función de La Forza del Destino de Giuseppe Verdi. La historia parece escrita por un dramaturgo con gusto por la ironía.
Leonard Warren había nacido en el Bronx en 1911, hijo de inmigrantes judíos rusos. Su apellido original era Warrenoff, pero en el mundo artístico terminó quedándose simplemente con Warren. Desde muy joven se destacó por una voz poderosa, de timbre oscuro y brillante al mismo tiempo, ideal para el repertorio verdiano. Con el tiempo se convirtió en uno de los pilares del Metropolitan Opera, donde cantó durante más de veinte años y donde el público lo consideraba prácticamente un héroe local.
Aquella noche el teatro estaba lleno. En el escenario se encontraba un reparto de lujo: la gran soprano Renata Tebaldi, el tenor Richard Tucker y el propio Warren en el papel de Don Carlo, uno de los personajes más intensos de la ópera de Verdi.
En el tercer acto llega uno de los momentos más dramáticos de la obra: el aria “Urna fatale del mio destino”. Es una música cargada de fatalismo, orgullo y rabia. Warren la cantó con la potencia y la seguridad que lo habían convertido en una estrella. Su voz llenó el teatro y, al terminar, el público respondió con un aplauso entusiasta.
Todo parecía absolutamente normal. Entonces vino la frase. Dentro del libreto, Don Carlo pronuncia unas palabras cargadas de resignación. En esencia dicen algo que puede traducirse como “Morir… ¡tremenda cosa!”.
Warren cantó la línea con intensidad, como tantas otras veces en su carrera. Pero inmediatamente después ocurrió algo que nadie esperaba. El barítono quedó inmóvil unos segundos, dio un pequeño giro y cayó hacia adelante en pleno escenario.
Al principio algunos pensaron que formaba parte de la escena. En la ópera las muertes teatrales son tan comunes que el público suele tardar en distinguir la ficción de la realidad. Sin embargo, la orquesta se detuvo de golpe. El director Thomas Schippers comprendió que algo grave estaba ocurriendo. Los músicos dejaron de tocar y varios artistas corrieron hacia el cantante.
Leonard Warren había sufrido un infarto. Mientras intentaban asistirlo, alcanzó a pronunciar una sola palabra: “Help!”.
La función fue suspendida inmediatamente. Más de tres mil espectadores habían presenciado algo que ningún público espera ver: la muerte real de un artista en medio de la representación.
Warren tenía apenas 48 años y se encontraba en la plenitud de su carrera. Era uno de los grandes intérpretes de Verdi de su tiempo, famoso por papeles como Rigoletto, Germont en La Traviata y Amonasro en Aida. Muchos críticos consideraban que su voz era una de las mejores del mundo en ese momento.
Como si la historia necesitara todavía un elemento más dramático, la obra que se estaba representando ya tenía fama de ser una ópera “maldita”. Desde su estreno en San Petersburgo en 1862, La Forza del Destino había acumulado una serie de accidentes, cancelaciones y problemas que alimentaron la superstición entre cantantes y directores. Después de la muerte de Warren, la leyenda creció aún más. A lo largo de los años también se reportaron accidentes escénicos durante los duelos con espadas y algunos artistas heridos en escena. En el caso de Warren, la explicación fue simple: un infarto fulminante.
Pero la coincidencia fue demasiado poderosa para pasar desapercibida. Un cantante que pronuncia en escena la frase “morir es algo terrible…” y muere segundos después. Pocas historias en la música tienen una fuerza simbólica tan grande.
Tal vez por eso el episodio sigue contándose más de medio siglo después. Porque Leonard Warren terminó encarnando algo que muchos artistas sienten en silencio: la idea de vivir para el escenario hasta el último instante. En su caso, no fue una metáfora. Fue literalmente así. Murió cantando.
Los invito a escuchar a Leonard Warren, cantando la misma aria con la cual lamentablemente falleció: https://www.youtube.com/watch?v=vOqv5Lci3NY




