La lección del otoño: todo cambia

Y quizás por eso el otoño se parece tanto a la vida. Hay momentos en los que nos inunda el color, la alegría, la energía y hasta la sensación de que todo está en su mejor momento

Vivir en un país del norte me permite experimentar el otoño, una estación que, en lo particular, me gusta muchísimo y que cada año me reafirma una idea: en la vida, todo cambia. Mercedes Sosa convirtió esa sencilla verdad en canción y, quizás, con el paso del tiempo uno aprende a comprenderla mejor. Las hojas de los árboles transforman su tono. Aparecen el amarillo, el ocre y el rojizo durante unas semanas, regalando un espectáculo visual realmente fascinante. Después llega el frío, las hojas caen y la naturaleza entra en otra etapa de su ciclo.

Y quizás por eso el otoño se parece tanto a la vida. Hay momentos en los que nos inunda el color, la alegría, la energía y hasta la sensación de que todo está en su mejor momento. Pero también existen períodos en los que aparece la nostalgia, algunas cosas terminan y debemos aprender a desprendernos de aquello que ya cumplió su ciclo.

Luego, poco a poco, llega otra etapa. Se recupera la firmeza, vuelve a proyectarse el horizonte y aparecen nuevos motivos para continuar hacia aquello que todavía anhelamos en este tránsito por el mundo. En este sentido, más allá del color propio de una estación, el otoño nos recuerda que en la vida todo se transforma. Hay momentos intensos, de una compleja belleza, que debemos aprender a disfrutar mientras están presentes, pero también debemos abrir espacio para recibir nuestras propias transformaciones y agradecer al universo por permitirnos experimentarlas. En lo personal, mi proceso migratorio me permitió vivir mi propio otoño: una temporada de mucho color que, sin saberlo, me preparaba para lo que venía, dejarlo todo atrás y empezar de cero en una nueva tierra, con otra cultura y otro idioma.

Este proceso me hizo un mejor hombre. Me enseñó a ser más tolerante, a comprender a personas de otros países de Latinoamérica, con otras formas de pensar, otra educación y otras maneras de ver el mundo. No todo es como yo lo veo. Esos vínculos reforzaron la paciencia que me dio la docencia durante 20 años. También me convirtieron en una mejor pareja, más atento y detallista; en un mejor hijo, hermano y —eso creo— en un extraordinario tío. Ahora me voy de paseo a grabar para mi canal de YouTube con mis sobrinos y realmente lo paso genial. Tengo a toda mi familia cerca, la disfruto, comprendemos nuestras diferencias y eso se valora.

La adaptación no fue dramática, pero estuvo llena de grandes lecciones. Nos llenó de humildad y de otras formas de ver el mundo que hoy agradecemos. Aparecieron nuevos afectos, nuevos oficios y nuevos proyectos. Y así, poco a poco, como en los ciclos de la naturaleza, la vida va reconfigurándose ante lo que enfrentamos. Aprendemos y vamos asimilando lo que nos ofrece este nuevo entorno, lleno de costumbres y tradiciones que en otros tiempos solo veíamos en películas o leíamos en libros. Esa es la propia metamorfosis de la vida: más allá de lo biológico, lo cultural se apropia de nosotros y fortalece a un nuevo ser humano, capaz de vivir las alegrías en sus tiempos de color, pero también de abrigarse en tiempos de frío, porque, a pesar de todo, el invierno también es hermoso.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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La lección del otoño: todo cambia

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