Seguro estoy de que el ratón no sabe que lo llamamos “roedor”. O “Mus musculus”, según los científicos. Él sigue con su vida diaria sin tener idea de que lo identificamos así, con un término científico. Para el propio ratón, no existe tal etiqueta: simplemente vive, busca comida, escapa de peligros y cumple su ciclo vital.
Los seres humanos clasificamos y nombramos a las demás criaturas de acuerdo con nuestras necesidades y conocimientos, pero rara vez consideramos cómo estos seres perciben su propia existencia.
Tampoco sabe el ratón que hubo un tal Walt Disney que se hizo multimillonario con su figura, dándole un comportamiento de humano, haciéndolo vivir experiencias y aventuras en sus tiras cómicas, sin darle retribución alguna. Por el contrario, en su casa, seguramente, tendría trampas para ratones...
Pero esta costumbre de asignar nombres a los animales nos lleva a pensar que esos nombres, categorías y etiquetas, que las personas utilizan muchas veces, solo tienen sentido desde la perspectiva de quienes las crean. Otras veces, asociamos a los animales con características propias de los humanos: El burro es bruto, la hiena hipócrita, el lobo feroz, la cucaracha repugnante, etc., sin pensar que la realidad puede ser muy distinta según los ojos (o las mentes) que la perciben. Hay animales que reaccionan a ciertas señales, los hay que saben contar, otros usan herramientas, pero sus actos sólo obedecen a impulsos cerebrales que disparan comportamientos predecibles por nosotros si antes los hemos investigado científicamente. Los actos de los animales no podemos tildarlos de brutalidad, hipocresía, ferocidad o repugnancia. Sólo pueden atribuirse un proceso evolutivo que apunta a su supervivencia y se adapta a las circunstancias.
Los ratones y las cucarachas son un ejemplo de este proceso. Al verse obligados a salir de su ambiente natural y adaptarse a las ciudades, roban nuestros alimentos y contaminan nuestros espacios.
En los bosques, las cucarachas se alimentan principalmente de materia orgánica en descomposición, como hojas caídas, madera podrida, frutas silvestres y restos de animales. Este comportamiento las convierte en importantes recicladoras dentro de los ecosistemas: ayudan a descomponer y transformar los residuos naturales en nutrientes aprovechables por otros organismos; pero en las ciudades, las cucarachas pueden recurrir a nuevas fuentes alimenticias, como el papel de los libros, porque reconocen la celulosa como fuente de energía. Aunque no “identifican” el papel como tal, su instinto las lleva a buscar materiales orgánicos que puedan digerir, y la celulosa presente en el papel es compatible con sus enzimas digestivas, y en ambientes urbanos es común que dañen libros, documentos y cartón, aprovechando cualquier oportunidad para alimentarse y sobrevivir.
En cierta forma, nos comportamos a veces como burros, hienas, lobos o cucarachas, pero algunos no siempre lo hacen por los mismos motivos que ellos, sino por otros menos nobles, como interés económico desmesurado, intriga política, fanatismo religioso, odio al prójimo.
A propósito del acto en Oslo el pasado 10/12, eso podría explicar que en una persona se conjuguen tales especies para ofender a todo un país y a un reconocido premio, al afirmar que “la entrega del Premio Nobel fue un velorio”. Tal vez hubiera preferido ver al Rey de Suecia soltando las muletas y bailando reguetón sobre una tarima, rodeado de incondicionales seguidores.
En fin, “jumento no entiende de golosinas” ...




