De Amores y Odios

El peligro está ahí, latente; las otras opciones no son muchas, y ninguna depende del pueblo, como no sea que éste tome una decisión, desesperada, pero valiente y patriótica, como la que tomaron nuestros libertadores

Odio la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.

Odio la hipocresía.

Odio la violencia, la tortura, el asesinato, el secuestro, el robo.

Odio las drogas, los excesos, los fanatismos religiosos, la discriminación racial.

No sé si esos odios están incluidos en la “Ley contra el Odio” que el régimen se inventó para secuestrar a sus opositores, y que además reza que es “por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia”, aunque en realidad esa ley ha resultado un pretexto para privar de su libertad a todo el que se manifieste en desacuerdo con los desaciertos y arbitrariedades de quienes la impusieron.

Pero creo que odiar todo eso, y en su lugar amar la humildad, la generosidad, la caridad, la paciencia y la mansedumbre, la castidad, la templanza y la diligencia y la sinceridad, es lo que está faltando en los pueblos de eso que llamamos “América Latina”. Están revueltos en un lodazal de inquinas, miseria, confusión y angustias. Con excepción de algunos países ubicados en esa estrecha franja que separa a los océanos Atlántico y Pacífico y que llamamos “América Central”, tal vez por servir de muro de contención entre dos colosos están más conscientes, sin saberlo, de la necesidad de mantener la cordialidad y la paz cívica entre sus fronteras. O más o menos.

Entre el río Bravo y el Estrecho de Magallanes parecemos todos seres partidos en dos mitades irreconciliables: La mitad derecha detesta, por no decir odia, a su mitad izquierda. Y viceversa. Una mitad de nuestros cerebros parece enemiga de la otra, y actuar siempre en su perjuicio. Tenemos dos manos y brazos, dos piernas y pies, dos pulmones, dos riñones, dos ojos y dos oídos. Pero sólo tenemos una boca, un estómago y un hígado que trabajan todos para ambas mitades, haciendo que estas puedan, cuando consiguen alimento, mantenerse vivas, aunque tenazmente enemigas. Pero también tenemos un solo corazón, que a veces ama, pero también a veces odia, e influye en nuestro carácter.

Si alguien lee este enrevesado escrito, sabrá disculpar mi ignorancia sobre anatomía y fisiología, pero no encuentro otra forma de expresar mi percepción sobre el gris panorama.

Trae de cabeza a los dirigentes de los países latinoamericanos la actitud del señor Trump, al tratar de disfrazar su deseo de ponerle las manos a nuestro petróleo y demás riquezas naturales con un manto de “protección del pueblo norteamericano” contra el narcotráfico, que a fin de cuentas es estimulado por los consumidores de drogas dentro de su propio territorio. El discurso de varios mandatarios de países al sur del río Bravo parece rechazar la intervención en Venezuela por el vecino del norte al “estilo Noriega”, para acabar “manu militari”, con el régimen madurista, cuando, según otros opinadores más versados, detrás de todo está la preocupación por perder el control que sobre Maduro y su corte comparten los mundos socialista-comunista e islámico-terrorista.

Ya una vez comenté en esta columna el peligro que corremos de convertirnos en otra Corea u otro Vietnam, con tropas extranjeras y sus tanques de guerra, cañones y lanzacohetes, o sea, con todo su poderío militar, combatiendo en nuestros campos y ciudades, con los venezolanos como simples espectadores, cuando no como colaboradores de esas tropas invasoras.

El peligro está ahí, latente; las otras opciones no son muchas, y ninguna depende del pueblo, como no sea que éste tome una decisión, desesperada, pero valiente y patriótica, como la que tomaron nuestros libertadores.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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De Amores y Odios

Peter Albers
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