Como perros que se disputan una gallina que, al final, queda hecha despojos sobre el estiércol del gallinero, las grandes potencias se pelean por el dominio de los países subdesarrollados. La mejor oportunidad para ellos es cuando las luchas políticas internas debilitan la capacidad de defensa de esos países. Dentro de ellos, las facciones se pliegan a una u otra potencia, según sus intereses.
¿Venezuela una nueva Corea? Concluida la Segunda Guerra Mundial, Corea fue dividida tras una cruenta lucha entre comunistas y demócratas; los primeros con apoyo decidido de China y la URSS y los segundos respaldados fuertemente por los Estados Unidos, dando origen a dos naciones contrastantes: Corea del Norte, con un régimen comunista, y Corea del Sur, que evolucionó hacia una economía capitalista y democrática. Mientras Corea del Norte permanece aislada y económicamente rezagada, Corea del Sur se ha convertido en una potencia tecnológica y económica mundial.
Pero en Venezuela, la lucha va más allá de la política: es el saqueo de las riquezas del país y el narcotráfico contra la legalidad y la decencia; es la opresión ejercida por poderes ilegítimos contra la constitucionalidad. Evitar el camino hacia el aislamiento y el estancamiento requeriría un proceso de adecentamiento del gobierno en todos los niveles, y el aprovechamiento de sus propios recursos y talento humano. Así, considerar si Venezuela pudiera ser “una nueva Corea” es también preguntarse qué decisiones y compromisos marcarán su futuro. La situación geopolítica y social de Venezuela no es idéntica a la de Corea en su momento, pero sí existen ciertos paralelismos en cuanto a polarización ideológica, influencia de potencias extranjeras y la división profunda en la sociedad.
También podríamos preguntarnos: ¿Venezuela otro Vietnam?, y tocaría reflexionar sobre las similitudes y diferencias entre el conflicto venezolano actual y la guerra de Vietnam, larga y devastadora, con alto costo humano y la destrucción social y económica, marcada por la intervención directa de grandes potencias extranjeras (principalmente Estados Unidos y la URSS) así como por una profunda división interna entre norte y sur, impulsada por ideologías opuestas.
En Venezuela no se trata de la polarización política y las tensiones internacionales, sino de algo peor que los venezolanos saben de sobra. Y, aunque hasta ahora el país no ha experimentado una guerra civil de la magnitud de la de Vietnam, ni una intervención militar directa de potencias extranjeras, la pugna interna ha generado un ambiente de inestabilidad y crisis prolongada. Vietnam muestra los peligros de la injerencia externa y la incapacidad de alcanzar consensos nacionales, y Venezuela no escapa de esa posibilidad, remota ciertamente, pero que da un toque de alarma ante las manipulaciones soterradas por parte de las potencias que tienen el ojo puesto sobre ella a espaldas nuestras. Un régimen apegado a la legalidad debe enfocarse en la búsqueda de soluciones propias, evitando así caer en una tragedia similar.
Trump, arrogante y poco convencional, no es Kennedy, Johnson, Nixon o Ford, presidentes de USA durante esa guerra, y apegados a las pautas constitucionales, y Xi-Ping no está dispuesto a perder la posición influyente que ha logrado en Venezuela; cualquiera cosa puede esperarse: los “perros de la guerra” andan ansiosos por ponerles las manos a las riquezas de Venezuela, y el gobierno y sus secuaces los están ayudando.




