Franz Liszt: del rockstar a la sotana

Liszt no solo tocaba el piano; lo dominaba como un hechicero, con saltos de octava imposibles, trinos vertiginosos y acordes que parecían salidos de otro planeta

Cada 31 de julio, los amantes del piano -y también los de los buenos “chismes históricos”- recordamos la partida de uno de los músicos más carismáticos del siglo XIX: Franz Liszt. Sí, ese húngaro de melena suelta y manos mágicas que convirtió el teclado en un espectáculo de masas antes de que existieran los estadios.

Liszt no solo tocaba el piano; lo dominaba como un hechicero, con saltos de octava imposibles, trinos vertiginosos y acordes que parecían salidos de otro planeta. A su alrededor, nacía algo nuevo: el recital de piano. Hasta entonces, los conciertos eran más bien grupales y el piano no era el protagonista. Pero Liszt dijo: "Voy yo solo, gracias", y cambió la historia.

Hasta entonces, los recitales de piano se realizaban en salas pequeñas, con un público que rara vez superaba las cincuenta personas, y consistían en la actuación de un pianista como complemento de una ocasión especial. Liszt transformó eso para siempre.

Y como si no bastara con tocar como un dios, también era buenmozo. Alto, flaco, con rostro afilado y una cabellera románticamente desordenada, Franz generaba un fenómeno social que más tarde inspiraría el término “Lisztomanía”. Las mujeres gritaban, se desmayaban y se peleaban por sus guantes sudados. Sí, como Elvis, The Beatles, Queen, Coldplay, Shakira, Luismi o Taylor Swift, pero en 1840.

Algunos incluso guardaban colillas de sus cigarros como reliquias. Una señora llegó a pedirle un mechón de cabello… y no se sabe si Liszt accedió o huyó corriendo. Lo cierto es que esta adoración le valió la fama de “rockstar antes del rock”.

Detrás de ese glamour había una inteligencia musical feroz (lo de la inteligencia musical es un tema que desarrollaré en otro artículo). Le bastaba leer una partitura una vez para aprendérsela. Podía tocar sin partitura obras orquestales completas, con todos sus matices y entradas. Un verdadero superpoder musical.

Además, fue un viajero incansable. Entre 1839 y 1847 dio más de mil conciertos en toda Europa -uno cada 36 horas, promedio-. Subía a carruajes, cruzaba intrincadas montañas congeladas, llegaba a castillos, tocaba, cobraba y se iba. La logística era infernal, pero eso lo convirtió en el primer músico profesional “a tiempo completo” que vivía solo de conciertos.

Por si fuera poco, en el mundo orquestal, inventó el poema sinfónico, ese formato de una sola pieza inspirada en un texto literario o una imagen. Obras como Les Préludes y Tasso nacieron de esa inquietud.

Pero un día, el rebelde de las teclas se puso una sotana. En 1865 tomó órdenes menores en la Iglesia, se convirtió en “Abate Liszt” y empezó a vivir entre monasterios y sacristías. No se volvió monje del todo, pero sí un hombre profundamente espiritual que escribía música sacra… y aún daba clases a los genios del futuro. Podríamos sostener que Liszt terminó siendo religioso por una mezcla de búsqueda interior, influencia de personas cercanas, tragedias personales y madurez espiritual.

Hablando de clases, Liszt fue un maestro generoso. Nunca cobró un centavo por enseñar. Recibía jóvenes pianistas en Weimar y más tarde en Budapest, y les compartía todos sus secretos técnicos y expresivos. Cientos de intérpretes actuales llevan su influencia, aunque no lo sepan.

Otro detalle curioso: Liszt fue suegro de Wagner. Sí, ese Wagner, el de las óperas mitológicas alemanas. Su hija Cosima se casó -para ser corto en el relato, pues la historia da para una novela estilo venezolana- con el gran compositor alemán. La relación entre ambos fue una mezcla de respeto, admiración y algo de tensión, porque Wagner, ya sabemos, tenía carácter. Aun así, Liszt apoyó su obra y ayudó a difundirla.

Y no olvidemos su faceta amorosa. Tuvo romances escandalosos, como con la condesa Marie d’Agoult, con quien tuvo tres hijos. Luego vivió una larga y compleja relación con la princesa Carolyne Sayn-Wittgenstein. Esta última intentó anular su matrimonio para casarse con Liszt, pero el Vaticano no dio el permiso. Spoiler-alert: nunca se casaron. Irónicamente, fue Carolyne, su ilegítima pareja, quien lo empujó a interesarse por la teología, la filosofía cristiana y los escritos de los Padres de la Iglesia. Carolyne llegó incluso a escribir ensayos teológicos que Liszt leyó con interés.

Además de sus más de 700 composiciones, Liszt dejó cartas, escritos, arreglos, y hasta transcripciones de sinfonías completas de Beethoven para piano. ¡Sí, las nueve! Un ejercicio que pone a temblar a cualquier intérprete valiente.

Ya en sus últimos años, vivió en una especie de “triángulo musical” entre Roma, Weimar y Budapest, enseñando, escribiendo, rezando y recibiendo visitas de jóvenes artistas. En 1886, a los 74 años, su vida se apagó. Pero su leyenda apenas empezaba.

Hoy Liszt es sinónimo de virtuosismo, pasión, rebeldía y genialidad. Fue el primer gran showman del piano, pero también un pensador, un creyente y un revolucionario musical.

Así que cuando suene su célebre adaptación de la pieza de Paganini La Campanella, o alguna de sus endemoniadas rapsodias húngaras, piensa en él no solo como compositor, sino como una superestrella del siglo XIX que dejó una huella imborrable… y unas cuantas fans desmayadas por el camino.

De Franz Liszt, una de sus más conocidas obras pianísticas: el Notturno N° 3, más conocido como Liebestraum No. 3 in A-flat major, "O lieb, so lang du lieben kannst" (“Sueño de amor n.º 3 en La bemol mayor, ‘Oh ama, mientras puedas amar’”), a cargo de Daniel Barenboim. Este link en especial, muestra la partitura en pantalla mientras suena. No hace falta ser músico para darse cuenta de la complejidad de la obra: https://www.youtube.com/watch?v=Y4XEPdYO5mM 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

Franz Liszt: del rockstar a la sotana

Juan Pablo Correa