No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo

Víctor Hugo  (1802-1885) escritor, poeta y dramaturgo francés, figura clave del Romanticismo, autor de ”Los Miserables“.

El calendario anterior giró su última hoja y, con el nacimiento de este 2026, el ambiente que se respira en las calles parece haber recuperado un oxígeno que se sentía perdido. No es sólo el cambio del número del año lo que hoy convoca a la reflexión, sino la certeza de que los ciclos, por más perennes que pretendan mostrarse, siempre encuentran su punto de inflexión ante el peso de la realidad circunstancial.

El nuevo ciclo empieza bajo el eco de un suceso que ha marcado los primeros días de enero; un evento que, aunque muchos prefieren describir con cautela, representa el cierre aparente de un capítulo histórico.

Está haciéndose referencia a ese momento, casi cinematográfico, pero profundamente real, en el que el puente de mando (que se mostraba como inamovible estructuralmente) fue alcanzado por un largo brazo que lo pasó desde esa altura hasta la de rendir cuentas.

Este hecho, más allá de la noticia política, es el símbolo de un muro que se desploma para dar paso otras condiciones. Como bien lo señaló Víctof Hugo: No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo.

Esa idea, que ha fructificado en el corazón de los venezolanos a través del sacrificio y la resistencia, es la de la libertad. Hoy, esa idea potente no es una abstracción, sino la fuerza motriz que debe guiar el accionar en los meses que siguen.

Un compromiso ético y ciudadano

Lo acontecido no garantiza, por sí solo, el florecimiento de una condición nueva. El vacío dejado debe ser llenado, no por nuevos caudillos, sino por una voluntad colectiva indoblegable: erguir un gran país enmarcado dentro de la concepción filosófica de la revolución francesa. Las expectativas para este 2026 no pueden ser pasivas; no hay tiempo para sentarse a esperar que el país se reconstruya por inercia. El compromiso es de todos.

Este año exige enfrascarse en un accionar conjunto que sea, ante todo, digno. La dignidad nacional se recupera cuando el ciudadano vuelve a ser el centro de la política y no un simple peón en el tablero del poder. Pero esta dignidad debe estar blindada por un marco constitucional y legal. No buscar venganza, sino justicia; no buscar el caos, sino el restablecimiento de la norma. El respeto a la Constitución, esa carta de navegación que fue tantas veces ignorada, debe ser hoy el dogma civilista.

Hacia la reconstrucción moral

El avance del país hacia lo mejor requiere una profunda reconstrucción moral y ética. Durante años, el tejido social fue erosionado por la conveniencia, la impunidad y la desconfianza. El 2026 debe ser el año de la integridad. Actuar bajo parámetros éticos significa entender que el bienestar común es el único camino sostenible para la prosperidad individual. La transparencia en la gestión pública y la honestidad en el trabajo privado son los ladrillos con los que se edificará la nueva nación.

Las expectativas deben estar alineadas con la excelencia. Venezuela tiene ante sí la oportunidad histórica de demostrar que es capaz de gobernarse bajo principios normativos rigurosos, donde el mérito y la legalidad sean los únicos pasaportes al éxito.

Es el momento de que cada sector -empresarios, trabajadores, estudiantes y profesionales- se una en un solo bloque de propósito.

El horizonte que aguarda

Este 2026 no será un año exento de dificultades. Las cicatrices de un pasado reciente son profundas y los escombros institucionales requieren tiempo para ser removidos. Sin embargo, la gran diferencia radica en que ahora se  tiene rumbo y legitimidad.

La expectativa general no es otra que la entrada a la normalidad de un país que merece ser grande. Un país donde el joven no tenga que mirar hacia la frontera para imaginar su futuro, sino hacia el horizonte de sus propias instituciones.

Se está ante el despertar de una nación que ha decidido caminar erguida, con la frente en alto, consciente de que su destino ya no depende de la voluntad de un solo hombre, sino del esfuerzo coordinado de millones de ciudadanos comprometidos con el bien común.

Que este año sea, entonces, el de la consolidación. Que cada acción nuestra esté impregnada de esa fuerza moral que es capaz de transformar las ruinas en monumentos al progreso.

El tiempo de la idea ha llegado, y el tiempo de Venezuela, finalmente, ha comenzado de nuevo.

Desde acá aseveramos que podemos ayudar a preparar bien a tod@s para el éxito con la mejor disposición.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Feliz 2026

Chichí Páez
Chichí Páez
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