Como en el cine, un grupo de malvados urdió y adelantó una conspiración para asaltar, apoderarse, de nuestra Nación. Para tal propósito alegó promesas incumplidas, falencias, errores de actores cuestionados de nuestra democracia, pero simultáneamente valiéndose de mecanismos democráticos consolidados, como los procesos democráticos de elección nacional, para desde allí desarticular nuestra institucionalidad, liquidar la libertad.
Astutamente y con los cuantiosos recursos del país, desplegaron una cultura de control social autoritario, destrucción material y moral, manipulación humana e implantación del terror, envolvente como una interminable noche sobre la noble nación.
Más allá de los cientos de presos políticos, crímenes de lesa humanidad, denunciados por ONU, OEA, Ongs, la larga mano del mal que nos ahoga, ha sido detectada en escándalos de otras latitudes, tráficos dañinos a la salud, corrupción, lavado financiero, financiamiento de candidaturas nacionales en procesos electorales, oscuro mercadeo de petróleo, oro, coltan, de minerales peligrosos para la paz, asesinatos políticos como el ocurrido en Chile, siembra internacional de bandas delictivas con propósito político, intromisión en procesos de EE.UU., Europa, Oriente Medio, África, etc.
El mundo ha comenzado a comprender la dimensión del horror que sufre nuestro país, del mal expedido por el bigote súper, del mal, un mal inédito, sustantivo, el cual desborda el bien como valor ético y espiritual, moral, no solo para Venezuela sino para la especie humana, tal como lo fue el Nacional-Socialismo de Adolfo Hitler, amplificados hoy por cuantiosos recursos económicos y tecnológicos.
El mundo también ha comenzado a valorar las fuerzas del bien, del espíritu, de la fe, encendidas por los venezolanos en su lucha , liderados por María Corina Machado y Edmundo González, presidente electo. El Premio Nobel de la Paz, a María Corina, es el reconocimiento a ese epopéyico esfuerzo, una transición pacífica, a la paz, la libertad, la democracia, que ella encarna.
Pero como "Dios no abandona a sus hijos", como diría un venezolano desde lo más profundo de su corazón y picardía, nos envía un mensajero plenipotenciario San José Gregorio Hernández, el bigote del bien, para que se estrene como Santo con el maravilloso milagro de hacer resplandecer la democracia, la libertad, la prosperidad en Venezuela, su país.




