Del otium al entretenimiento: la metamorfosis del tiempo libre

Con el paso del tiempo, el concepto de ocio ha ido variando. A menudo, este mismo término ha arrastrado una carga peyorativa plasmada en adjetivos como ocioso

​"Ser capaz de llenar el ocio de una manera inteligente es el último resultado de la civilización."
Bertrand Russell


​El ocio es el descanso que nos permite reponernos del desgaste físico y mental que todo trabajo ocasiona, brindándonos la oportunidad de realizar actividades que nos agradan, como disfrutar de las artes y el esparcimiento, visitar a familiares y amigos, o conocer mejor nuestra ciudad y otros lugares.

​La primera definición de ocio de la que se tiene referencia aparece en la civilización griega, cuando Aristóteles lo delimitó como "tiempo exento de la necesidad de labor". En aquel entonces, ese espacio era empleado solo por la élite social en la contemplación y la preparación para el ejercicio de la política y las artes. En cambio, para los romanos —más laboriosos y emprendedores, y por ende menos dados al ocio fecundo que los griegos—, negotium significaba «ocupación, quehacer, trabajo», un término formado por la contracción del adverbio negativo nec y el sustantivo otium («ocio», «descanso», «recreación»).

​La expresión “Negotium populo Romano melius quam otium committi” («el pueblo romano entiende mejor el trabajo que el placer») vino a echar por tierra aquella ensoñadora visión de los griegos, que estimulaba la lógica y la creatividad como elementos imprescindibles del equilibrio humano. Bajo esta óptica, podemos inferir que resulta negocio aquello que da impulso a la economía de mercado, es decir, lo contrario al ocio. Si para los griegos el neg-ocio era la actividad humana contrapuesta al tiempo del pensamiento libre, el negocio se perfilaba como una actividad perniciosa y productora que enajenaba al hombre de su capacidad más sublime: la de pensar. Se dice que Arquímedes solía esconderse para no ser visto cuando se entregaba a ciertas actividades contemplativas.

​Con el paso del tiempo, el concepto de ocio ha ido variando. A menudo, este mismo término ha arrastrado una carga peyorativa plasmada en adjetivos como ocioso o sustantivos como ociosidad, que desvirtúan una rigurosa aproximación a su contenido y naturaleza. Según el Diccionario de la Real Academia Española, el ocio es el tiempo libre, fuera de las obligaciones y ocupaciones habituales, definido también como: "Tiempo libre de una persona. Diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio, porque estas se toman regularmente por descanso de otras tareas".

​La acepción del ocio como tiempo en el que simplemente no hay obligación de hacer algo adquirió su sentido actual tras la Revolución Industrial. Salvo el sector parasitario que siempre formó parte de las clases dominantes, antaño la gente no trabajaba simplemente para descansar; sin embargo, el capitalismo industrial inventó el tiempo libre de los trabajadores al dar origen a la desocupación, un fenómeno antes desconocido. Esta idea se ha transformado a lo largo de los siglos: la extensión del ocio a todas las capas sociales —sin distinción de edad, sexo, condición o clase— se ha convertido en una reivindicación generalizada de cualquier persona que reclama su espacio y tiempo para dedicarse a actividades que le supongan algún tipo de satisfacción. Hace mucho tiempo que el descanso es considerado uno de los Derechos Humanos, con la misma importancia que el derecho a un trabajo digno y socialmente útil.

​Joffre Dumazadier, pionero de la Sociología del Ocio -- y profesor nuestro hace varias décadas -- unificó diferentes definiciones en una muy amplia que precisa la idea: ​"Conjunto de ocupaciones a las que el individuo puede librarse de manera totalmente voluntaria, ya sea para descansar, para divertirse, para desarrollar su información o formación desinteresada, su participación social voluntaria, una vez se ha liberado de sus obligaciones profesionales, familiares y sociales."

​Fenómeno exclusivo de la moderna sociedad industrializada —impulsado por el acortamiento de la semana laboral de lunes a viernes y el gran poder de compra de las masas—, el ocio ha pasado a ser una esfera significativa de la vida. Su principal objetivo es el entretenimiento y la diversión mediante la realización de lo diverso: practicar actividades diferentes a las que hacemos a diario.

​Paradójicamente, aunque el ocio se ha transformado en un requisito indispensable para la construcción de la sociedad de consumo, sigue cargando con estigmas (recordemos cuando a Simón Bolívar le achacaron aquello de que «la ociosidad es la madre de todos los vicios»). Por su parte, los gobiernos a menudo lo emulan y fomentan mediante la disminución de la jornada laboral y la cultura del pan y el circo, salvo cuando tildan peyorativamente de «tierras ociosas» a terrenos que buscan justificar medidas de intervención.

​Para convertir el ocio en un concepto respetable para el orden capitalista del siglo pasado, fue menester inventar una expresión que combinara una de sus palabras más valiosas —industria— con un anglicismo tan simpático como entertainment, dando forma a la llamada "Industria del Entretenimiento". Hoy en día, el ocio está inmerso en la cadena de producción y consumo; el tiempo libre mueve dinero y se rige por las leyes del mercado económico: producción a gran escala, regulación por la oferta y la demanda, mercadeo y publicidad.
​Parece que consumir es la única manera de estimular la producción: trabajo y tiempo libre se cierran en un mismo círculo donde el consumo de productos tecnificados es central. Ocio y negocio no solo no se excluyen, sino que cada cual, a su manera, juega una parte esencial en la vida. No olvidemos, sin embargo, que el tiempo de ocio es indispensable para tomar distancia de los avatares cotidianos y reencontrarnos a nosotros mismos tras el cansancio del dolce fare niente.

​Disfrutémoslo, si el régimen nos deja. Más aún, convirtamos la defensa de ese espacio sagrado en un motor de lucha: dediquemos el tiempo de ocio que aún nos queda, y cuánto esté a nuestro alcance, a salir de este régimen que nos ha expropiado hasta la libertad de descansar, pensar y contemplar en paz. Recuperar la democracia es también recuperar el derecho elemental a vivir, y no solo a sobrevivir.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Manuel Barreto
Manuel Barreto
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