"Peinar el futuro a contrapelo es el acto rebelde de quien busca la justicia en lugar de la simple evolución cronológica"
Un grafiti escrito en el cielo
Esperábamos, luego de casi tres décadas de oprobiosa tiranía, un apoyo internacional que nos permitiese transitar hacia la democracia. Lamentablemente, la correlación de intereses globales no sacó a Maduro del poder para restituir ese merecido anhelo. Podemos entender que los países no tengan amigos sino intereses, pero esto nos lleva a un viejo adagio: salimos de Guatemala para entrar a Guatepeor.
El filósofo Walter Benjamin dejó una advertencia que hoy, en la penumbra de la realidad venezolana, resuena con una urgencia ensordecedora: la historia oficial siempre la escriben los vencedores, un desfile triunfal que marcha indolente sobre los cuerpos y las vidas de los caídos. Para Benjamin, el único acto de justicia histórica frente a la opresión consiste en "cepillar la historia a contrapelo"; es decir, arrebatarle el monopolio de la narrativa al poder y rescatar la verdad desde la mirada de los temporalmente postergados. Significa mirar la realidad, el pasado o el futuro desde la perspectiva de los vencidos, cuestionando el relato oficial, la inercia del progreso y el optimismo ingenuo. Cepillar el porvenir a contrapelo es negarse a aceptar que el futuro ya está escrito por los que tienen el poder. Cepillar el porvenir a contrapelo nos obliga a ver las grietas, las contradicciones y los peligros que esconde la promesa de un mañana perfecto.
Hoy, cuando el entramado de continuidad autoritaria pretende atornillarse definitivamente en las estructuras del Estado, la tentación del fatalismo es el enemigo a vencer. El régimen apuesta a la desafección, al cansancio, a la institucionalización de la desesperanza y a la normalización de lo anormal. Quieren convencernos de que el proceso histórico está cerrado, que su hegemonía es irreversible y que a los ciudadanos solo nos queda el papel de espectadores pasivos de nuestra propia tragedia.
Sin embargo, aceptar esa premisa sería concederles la victoria definitiva. Escribir la historia contemporánea desde el espacio de la ciudadanía no es redactar un memorial de agravios ni un lamento estéril, sino un acto de rebeldía epistemológica y moral.
La verdadera historia de estos años no se encuentra en las sentencias de los tribunales exprés, ni en la retórica vacía de las peroratas del Rodrigato. La historia viva, la que late y resiste, se escribe en la intrahistoria de nuestro pueblo: en la madre que fragmenta su alma para despedir a sus hijos en la diáspora, en el trabajador que sostiene con dignidad lo poco que queda en pie, el médico que opera a la luz de un candil, y en las redes de la sociedad civil y los movimientos independientes que se niegan a dejar morir el tejido social.
Benjamin hablaba del jetztzeit —el "tiempo de ahora"—, esos instantes cargados de fuerza perseverante capaces de romper el continuo de la opresión.
Venezuela ha demostrado tener esos destellos de dignidad colectiva, momentos donde la ciudadanía, a fuerza de coraje y organización, ha interrumpido el guion de la tiranía. Esas estaciones del calvario civil no son derrotas acumuladas, sino las reservas morales sobre las cuales se fundará la república del mañana, donde renacerá la Tierra de Gracia.
Que otros se dediquen a teorizar sobre una historia inacabada o a pactar con la resignación. A nosotros, los que seguimos aquí, los que miramos de frente a la circunstancia que nos rodea, no nos corresponde meramente contemplar el devenir de los días, sino hacer la historia. Impedir que los tramposos vencedores circunstanciales de hoy se conviertan en los dueños perpetuos del mañana es nuestro imperativo ético. La historia está abierta, la ruta del porvenir es nuestra y el compromiso se mantiene intacto... ¡hasta el final!




