"La indignación digital es el prólogo; la movilización física es la historia en marcha."
Un grafitero virtual
En el complejo escenario venezolano, donde la censura ha silenciado de manera sistemática a los medios de comunicación tradicionales, aunque no se nombre la Ley Resorte ni sintamos el acoso o la caza de nuestros celulares, las redes sociales se han erigido como el último bastión de la libre expresión. La labor de una generación extraordinaria de creadores de contenido, comunicadores sociales y activistas digitales ha sido indispensable para romper el cerco informativo, visibilizar los abusos del poder del régimen opresor y mantener encendida la llama de la causa democrática, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras.
Sin embargo, como acierta en señalar el comunicador Fernando Trejo Lugo bajo la premisa «Lo que no haces en las calles no lo logras en las redes», hemos llegado a un punto de inflexión donde resulta perentorio comprender los límites de la esfera virtual.
El activismo digital posee un valor incalculable para articular relatos, educar y movilizar voluntades; pero corre el constante riesgo de desembocar en lo que la sociología política denomina "activismo de poltrona". Y muchos han sido tildados de manera un tanto despectiva como "guerreros del teclado" Presionar un botón, amplificar una tendencia o reaccionar a un video genera una falsa sensación de cumplimiento cívico.
Si bien estas acciones desgastan la narrativa del Rodrigato y sus secuaces, no alteran por sí solas las estructuras físicas del poder titiritesco pero aún autoritario. Se hace menester tener presente que las dictaduras no caen por la acumulación de métricas en una pantalla, sino por la pérdida efectiva del control territorial y la presión ciudadana organizada. Así las cosas, la ocupación del espacio público, la protesta pacífica y la organización comunitaria son, históricamente, los únicos mecanismos capaces de generar costos políticos reales, forzar quiebres institucionales y demostrar la irrefutable masa crítica de una sociedad que exige su libertad.
Entender este asunto con la urgencia que amerita implica reconocer una relación de estricta complementariedad: las redes sociales deben funcionar como el megáfono y la herramienta de articulación, pero la calle sigue siendo el escenario inevitable del cambio.
Retomemos más que la consigna, la acción: Que no se calle la calle. La reconstrucción de la institucionalidad y el rescate de la democracia no serán el resultado directo de un contenido viral, sino de la capacidad de transformar la indignación digital en acción coordinada, consciente y valiente en el país real, ese que le debemos a nuestros hijos. Actuar en consecuencia es el deber impostergable del presente.
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