El dedo que ilumina

Los humanos también iluminamos nuestro entorno con el toque de un dedo. Encender la lámpara que alumbra el espacio cerrado a donde entramos por la noche, accionando el interruptor


Encender la lámpara que alumbra el espacio cerrado a donde entramos por la noche, accionando el interruptor en la pared con un simple movimiento de un dedo, es lo más fácil que hay en el mundo.

La canonización de los nuevos santos venezolanos atrajo a Roma a muchos compatriotas, venidos de todas partes del planeta. La mayoría, fieles creyentes y devotos del médico y la monja, pero también concurrieron algunos a quienes la mayoría de los presentes consideraron “personæ non gratæ”, siendo repudiados y rechazados. Cosa que, como acostumbran, les debe haber importado muy poco: lo suyo era asistir a la cena en el restaurante más caro de Roma, organizada por uno de sus paisanos. Acaudalado, por supuesto, capaz de costear tan onerosa invitación.

La ocasión me llevó a recordar nuestra estadía en Roma hacen ya 21 años, y la impresión que nos causó el enorme complejo que constituye el corazón del catolicismo. Especialmente la Capilla Sixtina, donde se encuentra uno de los frescos más famosos y reconocidos del mundo: La Creación de Adán, pintada por Miguel Ángel Buonarroti entre 1508 y 1512. En la bóveda flota Dios, como un anciano robusto y majestuoso, sobre una nube y rodeado de ángeles, y su brazo derecho se extiende hacia Adán, quien yace recostado sobre la tierra, con el brazo izquierdo elevado en dirección a Dios.

Concentrémonos en esos dedos extendidos, entre los cuales debe haber saltado una chispa de alto voltaje que sacudió el cuerpo inerte para hacerlo un hombre lleno de vida. Un dedo que da la vida. Y eso me llevó a una reflexión más mundana: los humanos también iluminamos nuestro entorno con el toque de un dedo. Encender la lámpara que alumbra el espacio cerrado a donde entramos por la noche, accionando el interruptor en la pared con un simple movimiento de un dedo, es lo más fácil que hay en el mundo. Pero, detrás de ese simple movimiento del dedo hay algo mucho más complejo, de lo cual, cuando rutinariamente accionamos el interruptor, no estamos plenamente conscientes. Y es que no tiene sentido el ponernos a cavilar sobre grandes plantas hidroeléctricas, torres y cables de transmisión, medidores, tableros eléctricos,
transformadores y fusibles, cada vez que prendemos la luz del estudio para trabajar en la computadora o
cuando abrimos la nevera para sacar una cerveza.

Eso en un mundo desarrollado, por supuesto. Todos los dedos de las manos son inútiles en uno subdesarrollado, de esos donde los regímenes corruptos, que malversan los recursos públicos en beneficio propio, dejan que los activos de la nación que sojuzgan se deterioren y caigan en el abandono. Las plantas eléctricas se desgastan, las torres de transmisión se oxidan y colapsan, los cables se corroen con los excrementos de las aves que hacen nido en las torres, la corriente eléctrica no llega ni a los medidores: hay que recurrir a la leña o a las velas de cera, cuando no a las lámparas de aceite o kerosén. Y hay que olvidarse de la cerveza fría. Y peor aún, de los hospitales donde los equipos funcionan, y de las escuelas donde los niños
pueden leer en sus cuadernos de apuntes.

Lo peor es que, cuando los pueblos los toleran y los sufren sin resistencia, y esos regímenes se prolongan en el tiempo, las generaciones que nacen y crecen en ellos encuentran normal cocinar con leña y alumbrarse con lámparas de aceite o velas. No son “Generación Zeta”, y mucho menos “Generación Alfa”: son una generación anticuada que desconoce el mundo moderno, sumisa so pena de cárcel y torturas. Y no habrá un Miguel Ángel que se atreva a pintar ese mundo, temeroso de ser secuestrado por encapuchados que lo llevarán a un mundo muy distinto al Paraíso: un mundo de aislamiento, hambre y torturas

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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El dedo que ilumina

Peter Albers
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