Debo confesar que el cine no es una forma de expresión que me atraiga particularmente. Creo que en mi caso resulta una exageración ver más de diez películas al año. No significa esto que yo subestime al séptimo arte; simplemente no he llegado a conectar del todo con él.
Sin embargo, hace poco más de una semana fui a ver La Odisea con entusiasmo. Mientras subía las interminables escaleras mecánicas del Metrópolis me di cuenta de que había pasado bastante tiempo desde que la idea de entrar a una sala de cine me produjera auténtica emoción. El universo homérico me había fascinado a través de las letras, especialmente La Ilíada, así que tuve la impresión de que valía la pena asistir.
Me senté junto a mi novia y comenzó aquello que yo, una persona ajena al mundo de la producción cinematográfica, podría calificar como un baño visual. El Ulises de Christopher Nolan es un personaje que habita una realidad estética ideada por alguien que nació en el siglo XXI, y que es poco consecuente con aquello que Homero pudo haber imaginado. Esto no me produjo ningún tipo de conflicto interno, a decir verdad, porque yo ya sabía que se trataba de una adaptación que no prometía rigor histórico. Era, en todo caso, una visión hollywoodense de un clásico de la literatura.
Y las libertades creativas del director tuvieron consecuencias evidentes que se notaron en la omisión de fragmentos importantes. Particularmente llamativo me resultó la ausencia del diálogo entre Odiseo y el cíclope Polifemo, que al igual que el resto de criaturas fantásticas de la película, parecía más bien un inciso en el mundo hiperrealista que construyó Nolan.
De hecho, los dioses de este Mediterráneo no se muestran, no hablan entre sí ni tienen disputas internas sobre el destino de los humanos. A veces se perfilan más bien como metáforas para evitar la soberbia y para tratar bien a los extranjeros y mendigos. Atenea se comporta como una amiga de Ulises, que aparece cada cierto tiempo para darle buenos consejos, y perfectamente podría ser explicada a través de alguna condición del protagonista que le induzca a tener alucinaciones.
Todo esto es real, y no solamente lo digo yo. Creo que se trata de la visión generalizada del mundo de las letras, que uno puede constatar si ve la película. No obstante, mientras salía de la sala me sentí bastante satisfecho, porque yo había ido a disfrutar de la experiencia y porque yo tenía expectativas realistas. Asumí, antes de entrar, que el fuerte de la producción no iba a ser la fidelidad al poeta griego, sino aquello que Hollywood sabe hacer mejor: entretener. Y pienso que, a veces, ese es un fin legítimo.
Entiendo la crítica que se hace desde el mundo académico y la comparto, hasta cierto punto, porque la realidad es que, quien quiera la complejidad y la magnitud de la obra, sencillamente debe ir a leerla. Es poco realista asumir que una película de un presupuesto millonario iba a arriesgarse a no hacer un producto comercial.
Y allí está la gran virtud de esta Odisea. A pesar de los “puntos negativos” que tanto se señalan, hoy hay miles de usuarios hablando de clásicos griegos en sus redes sociales. Hoy hay personas debatiendo sobre la idea de quedarse con Calipso o volver a casa; personas que hace tres meses no tenían el más mínimo interés por descubrir a Homero. Hoy seguramente se han disparado las ventas de ejemplares de esta historia en las librerías, y editoriales de todo el mundo han aprovechado para publicar y vender ediciones especiales, con ilustraciones y comentarios a pie de página. ¿Acaso no somos capaces de ver la ganancia que esto representa para nosotros, quienes nos decimos amantes de las letras? Estamos hablando de miles de potenciales lectores, que luego irán a visitar otros libros, otras historias, otras culturas. Este es el camino y da igual si el precio a pagar es una adaptación simplificada y entretenida. Debemos entender que complejizar el pensamiento es un proceso arduo que necesariamente implica una puerta de entrada, que bien podría ser una película de Nolan.





