Hace nueve meses del 3 de enero de 2026; la criatura no termina de nacer. Y parece que todavía falta tiempo, mucho tiempo, dicen algunos. Pero tranquilo, sueltan los beneficiarios del status quo, que para allá vamos; con calma que del apuro solo queda el cansancio. El país está dividido de forma pareja sobre este asunto de la transición que por ahí viene pero no se siente ni termina de llegar: una encuesta de Gallup levantada para el IRI (International Republican Institute) en los meses de junio y julio pasados reporta que el 50% de la gente dice que el país va por buen camino, mientras el 47% expresa exactamente lo contrario. Para abundar un poco en el tema, 59% de los encuestados dice que su situación económica está igual a antes de la captura de Maduro; 25% ha empeorado y apenas el 16% manifiesta que ha mejorado. Al preguntar sobre el estado de la economía, 72% dice que está muy mal, 11% dice que está mal y apenas 16% la encuentra en buen estado.
Las expectativas futuras son un poco más optimistas que el momento de hoy. Entre el 55% y el 63% de los encuestados, en clara mayoría, espera que en los próximos 12 meses mejoren la economía, la libertad de expresión, el orden público, los derechos humanos, la democracia y varios otros aspectos de la vida ciudadana. Aunque el trabajo será de otros: cuando se pregunta quién debería ser responsable por la reconstrucción de la economía (respuestas múltiples), se menciona al gobierno (40%), la oposición (30%), Estados Unidos (26%), las organizaciones internacionales, la ONU, China y así hasta llegar a la categoría “otros” con el 3%. En ningún caso se menciona (quizás no se preguntó) que la sociedad venezolana, como un todo, debería ser la responsable de reconstruirse a sí misma, con la participación del Estado, los ciudadanos, la empresa privada, la academia, los gremios, los sindicatos y quien se quiera sumar al esfuerzo.
En otra sección se pregunta qué debería cambiar en Venezuela. Las respuestas comienzan con el gobierno y el sistema político (33%), todo (16%), la economía (12%), los servicios públicos (8%), nada (7%), y apenas un 5% se refiere a la mentalidad de la gente, a la cultura ciudadana. Más adelante, cuando el tema es lo que no se debería cambiar, 32% responde que todo debería cambiar, pero el 25% dice que la identidad del venezolano y su forma de ser deberían mantenerse. 45% de la gente quiere elecciones lo antes posible, 26% confía en María Corina Machado y 42% no confía en nadie. Para cerrar el tema, 62% quiere un cambio importante en el sistema político y en el liderazgo en los próximos 12 meses.
El soberano quiere salir de lo que hay, quiere mejorar y desea avanzar hacia un gobierno de libertades y prosperidad: el 80% dice que el chavismo ha sido negativo o muy negativo y 74% prefiere vivir en democracia, porque es el mejor sistema de gobierno para el país. Pero llama la atención a quién se le asigna la responsabilidad del proceso. La gente espera que la transformación se produzca desde arriba -a cargo del gobierno, los gringos o la ONU- y no pretende que la cultura de la sociedad cambie: de hecho es una de las cosas que no deberían cambiarse, según una cuarta parte de las respuestas. En otras palabras, que lo que ha pasado en este terruño desde hace 27 años va por cuenta del chavismo y ya. Que lo arregle el que venga y nosotros no tuvimos nada que ver con un sistema primitivo que fue elegido con el favor de más del 50% de los votantes y sostenido con el apoyo popular por al menos un par de lustros. Obviamente que ahora, con el país en ruinas, nadie está con la revolución.
La cultura del caudillo, del iluminado, del líder fuerte que resuelve hoy y nos lleva al paraíso mañana por la tarde, fue la que escogió el chavismo para que gobernara y se adueñara del país. Y esa cultura, nos guste o no, forma parte de la identidad que nos es tan cercana y entrañable; esa que no queremos que cambie. Pero esa cultura, que quizás se está repitiendo en el fervor y la devoción que despierta la líder máxima de la oposición al gobierno, hay que transformarla hacia un conjunto de valores que sean compatibles con la democracia, con las libertades, con una economía abierta y con el equilibrio de poderes, si es que queremos evitar que se aparezca un Chávez 2.0 dentro de unos años. La educación -la educación en valores y en civilidad- es el esfuerzo más importante y consistente que hay que emprender desde ya, sin esperar por elecciones ni transición.




