Lola y la ética del cuidado

No fue una mascota común y corriente. Fue parte de la familia. Con el tiempo se convirtió también en símbolo de lo que significa el respeto y el cuidado hacia los animales

Esta semana murió Lola. Después de diecisiete años, su ausencia tiene el tamaño exacto del tiempo compartido.

No fue una mascota común y corriente. Fue parte de la familia. Con el tiempo se convirtió también en símbolo de lo que significa el respeto y el cuidado hacia los animales. Lola fue una hermosa schnauzer plateada que llegó a nuestras vidas para enseñar, entender y amar.

Nos enseñó, ante todo, que si decidimos sumar un animal a nuestra vida debemos hacerlo con responsabilidad. No llevamos a casa un objeto inmóvil. Se trata de un ser vivo que merece dignidad. Fue hija, sobrina, prima y hermana perruna. Famosa en la familia por su sobriedad y por su exigencia de largas caminatas. Parecía entender que la salud no es exclusivamente un asunto humano, que los caninos también necesitan ejercicio, rutina y tiempo dedicado.

Lola demostró que, como todo sujeto vulnerable, podía enfermar. Y que, como sus humanos, requería atención médica, higiene, controles, limpiezas dentales y visitas al veterinario. Estas acciones no son lujo; se traducen en vida. Lola no vivió diecisiete años por azar. Vivió diecisiete años porque fue cuidada con responsabilidad y amada con constancia.

Exigía cariño. Era mingona, como decimos en criollo. Pero el afecto era siempre recíproco. Al llegar a casa, su mirada expresaba un agradecimiento silencioso. Ladraba distinto, corría a recibirnos, brincaba desesperadamente junto a su hermana Lorenza, que ahora aprenderá a habitar la ausencia de quien fue su mentora.

Lola también fue guardiana. Percibía lo que nosotros no. Repelía lo que consideraba extraño. Cuidaba. Y acompañaba. Siempre estuvo echada a mi lado mientras escribía mis tesis de Maestría y Doctorado en Buenos Aires. Me acompañó durante cuatro años de fuertes inviernos y veranos intensos. Se acostumbró a viajar. Se acostumbró a estar.

En abril de 2023 migré a Estados Unidos. Lola tenía entonces catorce años. La recomendación médica fue clara: era demasiado adulta para enfrentar vuelos largos y escalas interminables. La decisión fue dolorosa. Se quedaba en Venezuela, pero no sola. Mi prima Danila se mudó a casa y la hizo su hija. A ella y a Lorenza. Las cuidó con entrega absoluta. En la distancia nunca dejó de estar acompañada.

Lola reconoció en Danila una madre humana. Se entendían con una complicidad que aún asombra. Y fue sobre su pecho donde partió, en paz, dormida. Antes de irse, Danila le habló. Le dijo que, si debía partir, lo hiciera sin sufrimiento, con la tranquilidad de los años vividos.

Y así se fue Lola.

Fue cremada. Hemos prometido que sus cenizas serán sembradas junto a un árbol. Como todo hijo, será recordada por lo que dejó: presencia, disciplina, compañía, amor sin cálculo.

Sonreiremos al evocarla. Siempre será nuestra perrita guerrera, guardiana y viajera.

Hasta pronto, Lola.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Lola y la ética del cuidado

Luis Alonso Hernández
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